La realidad desmiente los mitos infames

Un reconocido estudioso de los mitos, el etnógrafo navarro Jose Mari Satrustegi, aseguraba que estos son generalmente una construcción a partir de una base real. Según esa conclusión, el mito de la «imposición» del euskara estaría fundamentado en una realidad. Y, ciertamente, lo está pero, como el mismo Satrustegi a buen seguro puntualizaría, se trata de una creación a partir de una realidad virtual. Una realidad construida a conveniencia y difundida machaconamente hasta adquirir apariencia de verdad a los ojos de muchos. Una realidad virtual que sencillamente es falsa, especialmente en Nafarroa. Una base inventada para sostener un mito al que se aferra el recién defenestrado régimen para mostrar el «peligro» del cambio.

La pretendida «imposición» del euskara no es sino un penoso y ridículo argumento de ese régimen que consiste, precisamente, en intentar esconder una realidad que algunos probablemente no quieran ver, pero que otros muchos viven y padecen. Por ejemplo, los ciudadanos navarros que quieren y no pueden aprender euskara, o quienes no pueden expresarse habitualmente y en todos los ámbitos en la lengua primigenia de los navarros. Y es un argumento con un objetivo inconfesable pero al que los anteriores gobiernos ha dedicado muchos esfuerzos, como es la desaparición de la vía pública del euskara. Por eso, si bien inadmisible, no resulta incomprensible ese empeño en discriminar a la ciudadanía en función de su lugar de residencia por medio de la zonificación lingüística del territorio, e incluso dificultar a la población de las zonas donde el euskara es oficial expresarse y ser atendida en todos los ámbitos de la administración pública en su lengua.

El cambio era imprescindible, pero no sencillo, lo cual no puede justificar la inacción o la duda. Lo logrado no es poco, pero queda por delante lo más difícil. Por encima de mitos infames, son necesarias medidas correctoras de las consecuencias de la verdadera imposición. Sin prisa pero sin pausa y sin complejos, pues hay mucho por cambiar.

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