La regresión turca, más allá de un ataque concreto

Un doble ataque perpetrado en Estambul mató el sábado a 38 personas e hirió a 155. La autoría de la acción fue asumida ayer por los Halcones de la Libertad del Kurdistán (TAK), un grupo que no tiene vínculos orgánicos con el mayoritario Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), según asegura uno de sus cofundadores hoy en estas páginas. Poco importa al presidente Recep Tayyip Erdogan, que no distingue entre unos y otros. Tampoco importa que la izquierda prokurda agrupada en el Partido Democrático de los Pueblos (HDP) denunciase el ataque. Para Ankara todo forma parte de un mismo magma kurdo, que combate tanto en territorio turco como en sirio.

El cierre de filas internacional en torno a Erdogan –incluido el extemporáneo minuto de silencio en los estadios de fútbol– impide un análisis sereno sobre la involución democrática acentuada en Turquía tras el intento de golpe de Estado. Sin ir más lejos, ayer eclipsó por completo la propuesta de reforma constitucional que el partido de Erdogan, el AKP, presentó de la mano de los ultraderechistas del MHP. Una reforma que blinda un régimen presidencialista y que supone para Erdogan la posibilidad de seguir concurriendo a las elecciones hasta 2029.

La presentación de la reforma ha ido de la mano de un recrudecimiento de la ofensiva contra la población kurda en la provincia de Sirnak, que se suma a las espectaculares purgas que siguieron a la fallida intentona golpista. Decenas de miles de profesores, funcionarios, académicos y profesionales han sido detenidos o apartados desde julio, acusados de ser gulenistas –la corriente a la que se achaca el golpe de Estado–. El retrato final es el de toda una reconfiguración política, económica, académica, territorial y demográfica del Estado turco. Lo (poco) bueno de la República kemalista está siendo enterrado ante la pasividad de una desvergonzada Europa que prefiere mirar hacia otro lado mientras Ankara siga conteniendo a los refugiados.

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