Los enemigos de la solución son cada vez menos, menos fuertes, menos unidos y solo más crueles

La semana que acaba hoy con la presentación de la nueva red por los derechos humanos de los presos y exiliados ha estado plagada de noticias relevantes e imágenes novedosas. Una de las más potentes sin duda, aunque haberse producido al norte del Bidasoa amortigüe su impacto, es la de la manifestación celebrada ayer en Baiona y en la que confluyeron prácticamente todas las sensibilidades políticas, desde la derecha jacobina y neoliberal a la izquierda independentista y anticapitalista. Solo causas muy obvias que atañen a derechos humanos muy básicos reúnen tal variedad de gentes detrás de una misma pancarta. La situación de los presos y exiliados vascos es una de ellas.


Durante los casi tres años transcurridos desde la Declaración de Aiete, las formaciones más inmovilistas al sur del Bidasoa se han parapetado tras argumentos simplistas, como el de que los presos son solo un problema de la izquierda abertzale. La implicación de los dirigentes de UMP, PS o Modem reduce esa declaración a lo que es, una boutade, una estupidez, ergelkeria bat. Habrá que concederles, en el mejor de los casos, que efectivamente las gentes de esos partidos seguramente no tengan familiares y amigos por los que recorrer cientos de kilómetros, ni la cuestión carcelaria está en el catálogo habitual de sus demandas políticas. Sin embargo, es precisamente eso lo que hace más poderoso su impulso a la marcha de Baiona. Están ahí porque son conscientes que defender esta política carcelaria criminal y absurda no es ético, tampoco es estético y ni siquiera es práctico, porque no acerca un futuro mejor sino que enquista un pasado que nadie que se considere humano y tenga cierto sentido común debería añorar.


Mirando al conjunto de Euskal Herria, el avance político provocado por esta movilización en Baiona (sin olvidar que similar unidad ya se reflejó en el caso de Aurore Martin) deja solas en el búnker de la política carcelaria a una formación como Front National –que no tiene a Euskal Herria en su agenda y al que ningún partidario de los derechos humanos va a echar en falta– y a cuatro fuerzas del sur: PP, PSOE (sin diferencia alguna entre sus dos sucursales, PSE y PSN), UPN y UPyD. Hay un denominador común entre todas ellas, constatado en las últimas elecciones: cada vez son menos, cada vez más débiles (el 29,89% del voto en el conjunto de este país en las europeas). La modificación de los mayorías políticas y sociales en Euskal Herria es un hecho evidente y que parece acelerarse. Y un logro claramente atribuible a la izquierda abertzale, que lo auguró al decantarse por el terreno exclusivo de la política. Acertó.


En el búnker del búnker
Si existe un búnker dentro del búnker del inmovilismo, se llama Audiencia Nacional. Por eso, la sentencia que absuelve a los 40 jóvenes independentistas conocida el miércoles tiene una relevancia extra además de los propios efectos judiciales. La posición del tribunal nos remite de nuevo a la ética y la estética. Por primera vez, una mayoría de jueces no solo ha llegado a la conclusión de la absolución (de la que empieza a haber bastantes precedentes en los últimos macrojuicios), sino que además ha decidido admitir unas cuantas realidades que la mayoría vasca sabía o intuía desde que el «todo es ETA» se inventó hace ya 16 años: que las imputaciones resultan falsas, que en consecuencia los informes policial-periciales son una chapuza, que la tortura pasa a ser el único modo de construir algunas «pruebas» y que por tanto las personas detenidas pierden sus derechos humanos.


Pese a su claridad y contundencia, el fallo no puede alimentar ninguna expectativa más allá de este caso. De hecho, el juez más señalado por esta reveladora sentencia, Fernando Grande-Marlaska, no fue precisamente apartado de sus funciones como parecería lógico tras tal atropello, sino que resultó ascendido y hoy preside la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. A lo sumo, la sentencia de los 40 jóvenes muestra que incluso dentro de los aparatos más férreos del Estado hay quienes empiezan a tomar una posición autónoma respecto al único camino que se les ofrece: la prolongación de la sinrazón, la intensificación de la crueldad, la pura venganza. Y todo ello sin perder de vista que más allá todavía existe el búnker del búnker del búnker: la Guardia Civil con una agenda propia cada vez más disparatada, desde el asalto a Aritxulegi a la captura, incomunicación y agresión a Tomás Madina, que parece haber puesto en posición incómoda incluso a personas como Rodolfo Ares, presentadas oficialmente como supuestas víctimas de una fantasmal «conspiración».


Tener razón, razones, no conduce siempre a ampliar las mayores sociales y políticas. Pero sí termina siendo efectivo cuando se acompaña de una estrategia adecuada, aunque ciertamente en el tránsito la sensación de injusticia e impotencia resulte difícilmente insoportable y genere grandes dosis de impaciencia. En este sentido, la sentencia de los 40 jóvenes no se podría entender sin los herri harresiak, ni la manifestación de ayer en Baiona sin pasos valientes como las peticiones de acercamiento de los miembros de EPPK. Iniciativas unilaterales que hacen que hoy los partidarios del futuro sean más y más fuertes; y los del pasado, menos y peores.

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