Los retos del futuro piden reforzar el multilateralismo
China anunció ayer la creación de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (Waico, por sus siglas en inglés), impulsada por 29 países. Entre ellos están Rusia, Pakistán e Indonesia, y también países latinoamericanos como Brasil, Cuba y Venezuela. El secretario general de la ONU, António Guterres, estuvo presente en el acto. La entidad tendrá su sede en Shanghái y buscará, según sus impulsores, garantizar «que la IA sea beneficiosa, segura y justa (...) para beneficiar a toda la humanidad».
El movimiento de Pekín, evidentemente, no responde al mero altruismo. Se enmarca en la pugna que China y EEUU mantienen en múltiples frentes, incluido el tecnológico. Que la presentación de esta organización llegue a las pocas horas de que Donald Trump acusase a su adversario asiático de robar los datos de 220 millones de votantes difícilmente responde a la casualidad. La soterrada lucha entre gigantes no se limita a la competición puramente tecnológica, sino que también abarca cuestiones más sutiles como quién y cómo delimita las normas y los consensos internacionales en los que se enmarcan esos desarrollos tecnológicos. Esta Waico parece responder a esa lucha por el diseño del terreno de juego.
Con todo, es también un intento por regular y consensuar algunas normas básicas, algo que siempre es mejor a la ley de la selva que, con el patrocinio de Trump, defienden las grandes tecnológicas estadounidenses y, pese a algunos matices, la mayoría de empresas surgidas al calor del auge de la IA. Las grandes potencias emergentes, como es el caso de China, necesitan alianzas y foros que le permitan homologarse y legitimarse en el concierto internacional, y en esa lógica entran en juego países y pueblos de escalas menores, que pueden hacer oir su voz. Que lo hagan en pie de igualdad no depende tanto de la cuestionable voluntad de una gran potencia, como de la capacidad de los más pequeños de tejer asociaciones y jugar con habilidad sus bazas. Euskal Herria debe también aprender a hacerlo, porque igual que los viejos conflictos, los nuevos retos del futuro necesitan del multilateralismo y la diplomacia. La alternativa es la guerra y la ley del más fuerte.