Otra Aste Nagusia, otro país posible
Un gran cartel domina la zona del puerto en que se instala La Flamenka, el recinto pirata de la Aste Nagusia donostiarra: «Edozer dugu posible». A estas alturas queda claro que no se trata solo de una mera invitación a la utopía, sino de la constatación creciente de una realidad: la capital guipuzcoana, antes denostada en este terreno, se consolida año a año como referente de unas fiestas para todos y todas, plurales, participativas, divertidas e incluso reconciliadoras.
Frente a modelos festivos que han estado basados durante muchos años en exclusiones, prohibiciones o priorizaciones, y que en consecuencia solo separaban a la ciudadanía local entre sí o la reducían al papel de mera consumidora, Donostia está sabiendo construir año a año otra Aste Nagusia que mantiene actividades anteriores de éxito indudable pero incorpora otras no menos atractivas, abriendo el abanico. Dos propuestas, la oficial y la pirata, igualmente populares por su arrastre y que no se enfrentan, sino que se complementan.
Donostiako Piratak, además, está teniendo efectos añadidos positivos, como dar personalidad propia e intransferible a la Aste Nagusia, poner a trabajar en red a miles de personas y crear ilusión y hasta orgullo de ser donostiarra entre sectores de la población que antes presenciaban –y a veces hasta padecían– esta semana como algo ajeno, diseñado solo desde las alturas y casi exclusivamente para los visitantes.
El éxito de iniciativas como el abordaje no se limita a aspectos cuantitativos como las 400 balsas repletas de jóvenes y no tan jóvenes que ayer se echaron a las aguas de La Concha. Dichas iniciativas tienen un componente cualitativo, de valores, que es lo que las convierte en modelo para otras fiestas e incluso para otros ámbitos de este país con tantos retos pendientes: autoorganización, colaboración, colectividad, corresponsabilidad, diversidad, imaginación...
Toda una lección que merece la pena felicitar, pero sobre todo seguir. Era posible, es posible.