Pirómanos en un escenario inflamable

Las noticias se suceden sin solución de continuidad en Egipto, como si la masacre cometida por el Ejército la semana pasada hubiera roto la relativa incertidumbre que sucedió al golpe de estado. Ayer se conoció que Hosni Mubarak ha sido absuelto de uno de los cargos por corrupción que pesaban en su contra, y si bien el expresidente sigue preso por otros casos, su abogado confía en que pronto sea liberado. No parece una esperanza infundada viendo el cariz que están adoptando los acontecimientos en un país fragmentado donde el miedo y la rabia ocupan el protagonismo que hace dos años adquirió la esperanza de cambio.


Lo ocurrido en el Sinaí, con la muerte de un gran número de policías y un general de ese mismo cuerpo, podría ser el preludio de una etapa de enfrentamiento abierto entre los uniformados y sectores islamistas. Es cierto que no es el primer episodio violento en la península asiática, pero el desengaño masivo de los seguidores de los Hermanos Musulmanes, en trance de ser ilegalizados, y la violencia de los militares, parecen abonar el terreno para el resurgimiento de grupos armados cuya influencia había menguado últimamente.


Y mientras Egipto avanza hacia una confrontación fraticida, los ministros europeos de Exteriores discutirán mañana sobre la situación de la república árabe. Conscientes de que la brutalidad del Ejército había dejado a la UE en una difícil posición, mandatarios como Herman Van Rompuy y José Manuel Durao Barroso han endurecido su discurso, y se ha difundido la posibilidad de que Bruselas adopte medidas de presión como el embargo de armas o la suspensión de programas de cooperación. El objetivo sería obligar a las partes a retomar el diálogo, algo que hoy por hoy se antoja irreal. El británico William Hague considera que Oriente Medio padecerá años o décadas de inestabilidad, y es posible que así sea, pero la responsabilidad será, también, de quienes desde Occidente se han dedicado a echar gasolina al fuego disfrazados de bomberos.

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