Solo la izquierda con sus valores, compromisos y propuestas puede revertir la inercia autoritaria
Pocos errores intelectuales y políticos hay más graves que el reduccionismo. En estructuras y sistemas complejos –y desde la familia hasta las naciones, todos los sistemas humanos lo son–, intentar reducir la explicación de todo lo que sucede en un momento histórico a una única causa empobrece el debate. Conduce a dicotomías en las que se intenta dilucidar si algo ha ocurrido por esto o por aquello, cuando en muchos casos es por ambas cosas y por muchas más.
¿Quién tiene la culpa de la victoria de Donald Trump? ¿Por qué ha sido tan abrumadora la derrota de la candidata demócrata, Kamala Harris? Identificar los factores que han alimentado a ese oligarca violador y han desmovilizado a quienes aspiran a la igualdad y a la libertad es difícil e importante. Porque ante un autoritarismo sin límites, se abre en todo el mundo una fase de resistencia que deberá preceder a una de rearme de las luchas por la emancipación.
«La culpa es de la izquierda», como mantra
Desde tesis reaccionarias a libertarias, pero desde la propia izquierda, echar la culpa de cada derrota a ese ente se ha convertido en un cliché.
Un primer riesgo es la incongruencia. Por ejemplo, casi la única forma de situar a Harris en la izquierda es compararla con Trump. Algo que tampoco conviene despreciar, porque en la historia los dogmas de «cuanto peor, mejor» y «no existe el mal menor» se han demostrado políticamente peligrosos para las mayorías sociales y los pueblos.
Desde una perspectiva radical, en EEUU han fracasado tanto las estrategias entristas en el Partido Demócrata –encarnadas por Bernie Sanders– como las alternativas al bipartidismo a través de los verdes –Ralph Nader antes, Jill Stein ahora–. También las disidencias de carácter personal –como la de Cornell West–, por mencionar solo las más actuales.
El antimperialismo no debería utilizarse como excusa para no reconocer las tradiciones antirracistas, feministas, socialistas y revolucionarias norteamericanas. Asimismo, se puede discrepar con esas estrategias sin minusvalorar la dificultad de los retos que afrontan y el compromiso de esas personas y sus comunidades. No se trata de romantizarlas, porque han fallado en sus objetivos, no han acertado en sus campañas, han perdido poder. Pero eso no anula la honestidad de su compromiso y el valor de su lucha.
En ese sentido, la victoria de la demócrata Rashida Tlaib adquiere un mérito especial. En este contexto, las campañas y las candidaturas tienen una renovada importancia. La campaña de Tlaib contiene lecciones para esta fase. De nuevo, reducir ese apoyo a sus orígenes y postura respecto a Gaza sería un error.
Estas elecciones han demostrado que una política transformadora y radical obliga a atender tanto las condiciones materiales como las guerras culturales. Contraponer unas a otras, lo mismo como explicación que como estrategia, solo sirve para debilitar las opciones de cambio.
Otros factores y perspectivas
Hay que evaluar bien el factor disruptivo del grupo de oligarcas tecnológicos liderados por Elon Musk. Desde un poder económico incalculable, amasado gracias a la connivencia de distintos gobiernos, una banda de megalómanos sociópatas han comprado el poder ejecutivo de la mayor potencia mundial.
Quizás este nuevo escenario lleve a simplificar estrategias, propuestas y discursos, pero no precisamente porque el mundo sea más sencillo de comprender, sino porque acertar frente a esos medios económicos y tecnológicos masivos y decantar mayorías es cada vez más complicado. Solo los valores, los compromisos y el talento de la gente y las fuerzas de izquierda puede revertir esa inercia autoritaria.