Tyler Ballgame
Hay historias que parecen escritas con el pulso de un guion de Hollywood, pero que encuentran su verdad en el surco de un vinilo. La de Tyler Ballgame es una de ellas. Tras años de anonimato en su Rhode Island natal, trabajando en bares y tocando versiones mientras la sombra de la depresión y el aislamiento pandémico amenazaban con silenciarlo, el cantautor estadounidense ha emergido con un debut que la crítica no para de ensalzarlo. Su álbum “For The First Time, Again” no es solo una colección de doce canciones; es el testimonio sonoro de un hombre que decidió apostar por sí mismo cuando no le quedaba nada que perder.
La génesis de este disco se remonta a un momento de desesperación creativa. La llegada de la pandemia y un diagnóstico de depresión lo llevaron de vuelta al sótano de su casa familiar a los 29 años. Fue allí, en el silencio forzado, donde la música dejó de ser una ambición para convertirse en una tabla de salvación. Ballgame sintió que su destino -«cantar para la gente»- se le iba escapando. Con el apoyo de un terapeuta y la guía espiritual de las enseñanzas de Alan Watts, solicitó un empleo de oficina en Los Ángeles, una ciudad que nunca había visitado. Fue ese salto al vacío el que detonó su transformación.
Ya en Venice Beach, Ballgame comenzó a frecuentar bares donde ofrecían las noches de micrófono abierto. Allí su portentosa voz empezó a generar seguidores y pronto llegó a oídos de la industria. Su estilo, que evoca la elegancia de Roy Orbison y la cercanía de Harry Nilsson, capturó la atención de Jonathan Rado -conocido por su trabajo con Weyes Blood y Miley Cyrus-, quien, tras ver un vídeo en Instagram, le invitó a su estudio.
“For The First Time, Again” se presenta como un triunfo del corazón, de los sentimientos sobre la tecnología. Producido por Rado y Ryan Pollie, el álbum fue grabado en apenas dos sesiones intensivas de tres días cada una, utilizando cintas de dos pulgadas y máquinas analógicas. «Te hace usar los oídos y el alma, en lugar de los ojos ante una pantalla», explica el artista sobre un proceso que huye de la frialdad del software moderno para abrazar la presencia de tocar en directo sus canciones.
El resultado es un sonido cálido y orgánico que navega entre el rock clásico, el indie y la Americana. Con la colaboración de músicos de la talla de la batería Amy Aileen Wood (Fiona Apple) y el bajista Wayne Whitaker, el disco respira una nostalgia atemporal. Canciones como el single “I Believe In Love” funcionan como himnos a la perseverancia, mientras que baladas como “You’re Not My Baby Tonight” llevan el registro de Ballgame más arriba, capaz de pasar de un susurro a un rugido operístico. Con una gira internacional que lo llevará a compartir escenario con figuras como Alabama Shakes, lo que para muchos podría ser un primer disco, para él es la culminación de una década de falsos comienzos, y que sitúa su voz entre las más singulares y poderosas de la escena actual.

Jill Scott
Tras una década de silencio discográfico, la “reina del neo-soul” reclama su trono. Jill Scott, tres veces ganadora de un premio Grammy y figura capital de la música soul contemporánea, presenta su sexto álbum de estudio. Tras volcarse en la poesía desde su disco “Woman” (2015), Scott regresa con una obra centrada en la conectividad humana y la resiliencia colectiva. Grabado en estudios emblemáticos como Blackbird y Dark Horse, y producido por colaboradores históricos como Andre Harris y Adam Blackstone, el disco fluye entre el soul clásico y el hip hop vibrante, contando con las voces de JID, Tierra Whack y Trombone Shorty. Scott no busca reinventarse, sino expandirse. Es un testimonio de madurez.




