«Hemos construido un palacio con los ladrillos del terror»

Con cuarenta y cinco años, saltó de la precariedad pertinaz al estrellato mundial con su primera novela, “La mala costumbre”(Seix Barral). Por una vez, no exagero: publicada a día de ayer en veinticuatro países, veinte traducciones. Chavala gótica y trans de barrio obrero, para colmo medievalista y teatrera, Alana S. Portero (Madrid, 1978) cerró Gutun Zuria en Bilbo con atronadores aplausos. Es tan cautivadora que cuesta dejarla en paz, ni para que termine su próxima esperadísima novela. Me cortaría la lengua antes de decir que las demás mujeres trans que triunfan se merecen el desdén con el que son maltratadas, pero Alana tiene algo que desarma. Algo como describir a una madre, la suya, la de tantas, una misma, cierta feminidad pocas veces reconocida como subversiva, así. «A pesar de fumar como si tuviera un hijo en la cárcel, siempre parecía que acababa de salir de la ducha. Como las santas que desafían la putrefacción oliendo a flores después de muertas».
Llevas tres años viajando con «La mala costumbre». ¿Cómo sientes que se ha expandido por el mundo esa heroína tuya con la que tantísima gente conectamos, desde lo situado a lo universal? Lo vivo con mucha alegría y también con mucha perplejidad. Me he dado cuenta de que lo local es universal. He repasado muchas historias que a mí me parecen fantásticas, historias de gente que me inspiran un montón, y están contadas desde sitios muy pequeños, desde contextos muy concretos. Me parece que aspirar a contarlo todo, a escribir una novela que abarque la universalidad, esto es una cosa como de escritor centroeuropeo de principios de siglo XX. Y no funciona, además: no sale bien. Sin embargo, en lo local, en las cosas pequeñas, y en las vidas que por fuerza tienen que desarrollarse a la contra, ahí es donde está la universalidad realmente. Porque todo el mundo, incluso la gente más privilegiada, puede llegar a reconocerse en la fantasía de la rebeldía. Independientemente de que tengan el valor para llevarla a cabo o no lo tengan, pero la fantasía de la rebeldía sí que es una cosa universal.
De promoción has hecho un recorrido por las realidades trans del mundo... Nunca pensé que diría algo así, pero ahora aprecio mucho más cómo estamos aquí, los pasos que hemos dado. Me ha encantado cómo se mezclaba el público en las presentaciones: gente que asistía desde un lado más cultural, o si quieres hasta burgués, y de repente aparecían tías que trabajan en la calle, y a mí eso me ha vuelto loca. Gente de dieciséis años y gente de setenta y cinco. Y muchas mujeres mayores que han tenido vidas heterosexuales y me decían que el libro les había hecho pensar en todas las cosas que no habían hecho en sus vidas. O lo enamoradas que habían estado de otras mujeres y nunca lo habían dicho. Se ha dado una mezcla, una transversalidad extrañísima, que a mí me ha gustado mucho.
Retratas un barrio obrero que casi ya no existe porque ha dejado de funcionar como barrio. Las vecinas ahora son fantasmas. Y, a la vez, cuando las vecinas estaban tan presentes, la niña trans era el fantasma. Yo sigo buscando dentro de mí la mediación entre esos dos contrarios. Se ha producido una pérdida de masa vecinal y de solidaridad de clase, pero también se ha ganado en determinadas libertades individuales, porque tener a gente muy pendiente de ti en el mal sentido era una cosa muy complicada. Entonces es muy extraño, yo lo vivo de manera muy extraña. La pérdida de solidaridad vecinal nos ha debilitado mucho como sociedad. San Blas, mi barrio, tenía un movimiento vecinal superbestia. Entre otras cosas, por eso la heroína arrasó como arrasó, porque eso era muy complicado mantenerlo. En Euskal Herria sabéis más que nadie de esto, de lo que es una juventud incómoda a la que se le arrastra. Me gusta cuando estoy en el barrio, cuando voy a ver a mis padres, ver a la gente mayor conservar un poco de esa vecindad, me da mucha pena ver cómo se pierde. Esta cosa que hacemos casi ya involuntariamente de oír al vecino en el rellano y esperarte para salir para no cruzarte con él, con ella. Esto es raro y creo que tiene mucho que ver con las inercias políticas que estamos viviendo. Pero, claro, no era fácil estar ahí. A mí nadie me ha hecho más daño que los hombres de clase obrera. Hoy en día siguen siendo quizás las personas con las que me relaciono con más dificultad, y eso tampoco se me olvida. Y esos son los vecinos, esos son los héroes de clase también. Casi prefiero sacrificarme yo y que la gente esté un poco más unida, pero es una tensión rara y creo que me voy a morir con ella.

Las trans, las bolleras, las migrantes, las desgraciaditas de este mundo, tenemos más claro que somos imposibles sin comunidad, que no sobrevivimos solas. Ojalá la gente heteronormalizada, al vernos, comprendiera lo que el capitalismo les ha arrebatado al aislarles. Hay que queerizar el mundo, hay que transexualizar el mundo. Mi gran aprendizaje de esta vida con mis amigas, con mis madres trans, es la manera de formar comunidades. Yo lo he aprendido casi todo en la calle y no he visto nunca en ningún otro sitio esta manera de persistir en lo comunitario, de existir en lo comunitario, incluso hasta con gente que no te cae bien. Pero sabes que esa persona va a estar ahí si lo necesitas, y que tú vas a estar para ella. Y esto creo que es una gran pérdida del mundo cisheterosexual, y sobre todo capitalista, no experimentar algo así. No experimentar lo comunitario es vivir a medias, yo no encuentro nada positivo en el crecimiento individual. El crecimiento es comunitario, es crecer con tus amigas o hasta crecer con tus enemigas, porque perteneces a un todo.
Vamos al precioso poemario que acabas de republicar, «La habitación de las ahogadas». «Presentadme ante las descartadas, las paradas, las inútiles, las monstruosas, las construidas con desechos,... Dejadme entrar». Esto lo he aprendido de tías como tú, leyéndote a ti, leyendo como una loca “Devenir perra”, que nos dio una hostia maravillosa. Y, cuando otras son presentadas como lo monstruoso, al final tú te das cuenta al ser tratada como un monstruo que, efectivamente, igual hay que tener un orgullo monstruo y decir: vamos con todas esas descartadas, taradas, locas, feas. Me imagino en un jardín de locas siendo una persona felicísima, la verdad.
Y a las que se nos trata de excluir tenemos precisamente el plan de no dejar a nadie afuera. Al final todo en este mundo se limita a corregir las cosas. Hay una vía muy estrecha por la que tiene que caber y todo lo que queda fuera o no entra, pues o se le mete a martillazos o se le echa adonde sea. Y hay tanta sabiduría en ese afuera, fuera de las vías. Sin locura, por ejemplo, no existiría prácticamente buena literatura. Las mejores obras o las obras más interesantes se han escrito desde lugares en los que la mente no funcionaba en esa línea recta. Lo que entendemos por belleza y fealdad, la fotografía de Nan Goldin ya nos enseñó que no era así hace cuarenta años. Por definición, la cultura es aculturación, es decir, es la suma de saberes y descartar otros saberes porque no se ajustan a una norma concreta. Y esto me parece, insisto, una pérdida. El mundo normativo es un mundo de pérdidas, es un mundo de estrecheces, es un mundo que te permite ver muy poco. Es como ponerte unas anteojeras.
Vamos a otra de nuestras obsesiones, querida, el feminismo transexcluyente. Llevamos años ya con este espanto, ha prendido más de lo que esperábamos. Siento que nos hacen competir entre nosotras también como víctimas para que no derribemos juntas la casa del amo. Y que también conecta con horrores y heridas femeninas. También te he escuchado decir que estás harta de estar enfadada por las corrientes feministas que te rechazan por ser una mujer trans... Por mucho que nos empeñemos en negar el feminismo transexcluyente, existe. Entonces, si yo estoy intentando que me reconozca que existo, no puedo negar la realidad de las demás. Yo tengo derecho a enfadarme, tengo derecho a sufrir, tengo derecho en un momento dado a una mala contestación, como todas, pero he ido aprendiendo a verlo de otra manera. Porque quiero pensar que, efectivamente, todos los miedos vienen de una herida, de algo que ha condicionado tu vida, de lo que sientes que no te puedes librar. Yo no puedo obligar a otra mujer a que me vea de un modo que no me quiere ver, aunque me gustaría que eso cambiase. Igual habrá que llegar a un entendimiento, a una política de mínimos de convivencia, y me gustaría poder convencer a estas mujeres de que yo no soy el enemigo. Si tu herida te previene contra la manipulación masculina, pues yo puedo llegar a comprender que veas mi vida como la última y más refinada manipulación masculina posible, que es estar en tus espacios. Me parece retorcido, me duele, pero no puedo negar que eso está ahí. No sé, me gustaría poder tener una conversación calmada, o quizás realmente lo que hay que hacer es dejarse en paz. Si es así, yo prefiero dejarlas en paz. Yo tampoco quiero estar en un espacio en el que voy a molestar, voy a provocar una sombra de duda, de problemas. Pero no voy a dejar de ser feminista, no voy a dejar de enunciarme desde la mujer que soy, y tampoco es justo que yo me vaya, pero podemos encontrar una distancia de convivencia. Convivir es vivir juntas, incluso con personas con las que no te apetece estar. Es poder estar en la misma habitación que alguien que no te hace ninguna gracia, pero no mataros. Bueno, pues podemos empezar por ahí, por convivir.

Ver a aquellas mujeres celebrar exultantes en Londres que el Tribunal Supremo había arrancado la mujeridad legal a las trans fue aterrador. Aquí trazo la línea y digo, «no, amiga, los derechos no, los derechos son para todas». Y, si tenemos que discutir, discutimos, pero no me expulses de la vida pública porque entonces me cago en Dios y doy la vuelta a la mesa. Dicho lo cual, esto es también una cuestión legislativa, es una cuestión de legalidad burguesa. Una vez que mis derechos están garantizados igual que los tuyos, que siempre están muy por debajo de los que realmente tienen más, que son los tíos y los tíos ricos. Pues una vez que nuestros derechos están equiparados, vamos a discutir todo lo que tú quieras. Y, cómo no voy a entender yo el miedo, si es la dinámica rectora de mi vida. ¿Cómo no voy a entender yo el miedo de otra mujer? Es que lo voy a entender mejor, creo que ahí nos podemos encontrar. Igual tenemos que hablar desde el miedo en vez de desde el orgullo. A lo mejor es el miedo lo que nos va a unir y que una mujer diga, “es que me da miedo quedarme contigo en una habitación por si me violas. No te voy a violar”. Y yo le diré, “a mí me da miedo que me pegues, me da miedo que me insultes, me da miedo que me hagas la vida un infierno”.
Un periodista tuvo el papo de soltarle en televisión a Camila Sosa Villada: «Ya te puedes morir tranquila. Ya escribiste “Las malas” y no creo que vuelvas a escribir algo tan maravilloso». Cómo les jode el tremendo éxito de las que nunca habíais tenido ni la oportunidad de publicar. Ya que has mencionado a Camila, ella dijo que tiene derecho a ser universal. Yo esto lo defiendo a capa y espada, me pongo detrás de ella y digo, yo también. Sin nuestra perspectiva, la literatura no está completa. Mi lugar en el mundo literario me pertenece del mismo modo que le pertenece a cualquier otro al que no se le pone en duda. Tratarnos como anécdotas puntuales de lo cultural es lo mismo que tratarnos como anécdotas puntuales de lo existencial, como esa cosa rara trans que surge en el mundo y que se queda en su lugar trans, aparte. Pues no. Y, la misma cabeza que ha pensado “La mala costumbre”, ya piensa otras historias. Mi cabeza y mi literatura están intactas y piensan quedarse. Yo no he venido a poner un pósit de colores encima de los libros importantes. Entonces, decirle eso a una persona que ha creado una novela como “Las malas”, que si la hubiera escrito un hombre estarían hablando de la reinvención del realismo mágico latinoamericano… Bueno, un hombre no podría haber escrito esa novela. Hay que lavarse la boca con jabón antes de decirle a una mujer que ha escrito esa novela que no va a ser capaz de escribir. Y esta es la primera vez que lo digo en voz alta: efectivamente creo que cada vez voy a escribir mejor. Independientemente de que las cosas luego funcionen o no, porque si la gente supiera por qué los libros funcionan, solo publicarían los que funcionan. Nuestra literatura, en lo que se puedan llegar a aparecer, surge de una herida que sigue abierta. No te atrevas a negar la profundidad del lugar de donde está saliendo esto y pienses que se ha cerrado porque he vendido no sé cuántos miles de ejemplares o porque me has sacado en la portada de tal sitio. No, es que la herida sigue intacta. Y esa herida ya no se va poder cerrar, porque tengo 47 años, esa herida ya no se cierra. Así que fíjate si tengo yo material para ahondar.
Recuerdo cuando, para el cambio de milenio, sacaron colecciones de los 100 mejores libros de la literatura publicada hasta entonces. En una había tres autoras; en otra, cinco. Claro que tampoco había autores negros, ni gitanos, ni asiáticos... Yo no niego que haya grandes obras maestras escritas por hombres blancos privilegiados, porque las hay, pero nos falta todo el resto del mundo. La cultura, por definición, tiene que ser la participación del mundo entero. Entonces, claro, si el recuerdo del mundo entero va a ser el recuerdo de cincuenta, que son todos del mismo barco, y un par de exotismos escogidos al azar, alguno de Latinoamérica por ejemplo, entonces llamémoslo de otra manera, pero no cultura. Porque esa inercia es tan grande que parece que las personas subalternas tenemos una inclinación natural a no producir cultura, a dejar de leer, a dejar de estudiar, a dejar de formarnos, a no apreciar las cosas hermosas, etcétera. Los chavales de barrio de clase obrera no abandonan los estudios porque es lo propio de su naturaleza. Los chavales de barrio abandonan los estudios porque hay un sistema entero forzándoles a que se aburran, a que no les guste, a ofrecerles otras cosas. Está montadísimo todo para que la burguesía siga controlando el relato y qué es la cultura. Nosotras hemos venido a romper eso. Y yo al final solo soy una trans de barrio, quiero decir, soy blanquísima, no soy gitana, no soy una mujer de Botswana. Si a mí que soy una mujer trans blanca de barrio se me considera una periferia, imagínate a todo el resto.
Has dicho que no pensabas que ibas a sobrevivir a este poemario, que publicaste por primera vez en el 2017. Esa estirpe de poetas suicidas, desde Silvia Plath hasta nuestras amigas Roberta Marrero y Patricia Heras. Yo entendía que mi vida ya no tenía ninguna posibilidad de continuar, escribir “La habitación de las abogadas” es una pequeña prórroga que yo me tomé. Y, durante esa prórroga, mi vida cambió por completo. Yo me estaba poniendo la moneda debajo de la lengua para ser enterrada. Nunca escribiré desde tanta verdad, nunca jamás, independientemente de que esté cuajado de metáforas. Roberta Marrero hablaba mucho de que todas las travestis estábamos condicionadas por la pulsión de muerte. Y esto nos lleva a los lugares de placer más entregados del mundo, pero también a estar siempre bordeando una orilla en la que tarde o temprano vas a quedar sumergida. Y tenía razón, y tiene razón. Yo ahora ahora mismo ya no tengo la pulsión de muerte en la mesilla de noche, la tengo en un trastero. Y tengo que salir de casa para ir a buscarla, la tengo en un sitio un poco más lejano. Pero sé que está allí, ¿sabes?
Y que tú estés aquí es una victoria para todas nosotras. Gracias. La necropolítica se llama así por algo, es una política impulsada a que haya vidas que no se desarrollen. Sobrevivir es nuestra manera de hacer la revolución, estar vivas. Rafael Chirbes, que era gay, dejó escrito en sus diarios algo como «yo escribo para callar el ruido que hace la rata que llevo dentro del cuerpo que tanto me asusta». Creo que esa rata nos la han metido, la rata del miedo, la rata que hace que nuestras vidas sean tan difíciles de vivir o lo hayan sido. La mía ahora mismo no es muy complicada de vivir, solo es cansada.
A mí me obsesiona que no se conviertan nuestras muertas en tragedia. O asumir la tragedia, pero sin que eso nos quite la posibilidad de seguir aprendiendo de ellas, de adorarlas, de compartir una genealogía. Igual la nuestra sí es una genealogía trágica, pero es una genealogía orgullosa. Y seguimos juntas, habitamos el mismo mundo con ellas. Esa es nuestra pulsión de muerte positiva, creativa. Yo no siento que habite un mundo diferente ahora mismo al de Roberta, al de Patricia. Estamos en el mismo lugar, aunque unas ya no vivan y yo sí. Yo cada día me las imagino en un sitio diferente, pero pertenecemos todas al mismo mundo. Ellas no son perdedoras de ese mundo, ni yo una ganadora.

Hay un poema precioso que es el número nueve, que es pura esperanza, «Me seguirás queriendo». Sí, es que creo que en realidad todo está movido por el amor. Al final tú quieres amar y que te amen. Y ya está. Porque con el amor bien debería venir el respeto, debería de venir la convivencia, deberían venir un montón de cosas. Parte de lo que hago tiene que ver con situarme en el centro de la plaza pública y decir, queredme. Creo que las mayores veces que me he puesto en peligro en mi vida fue por buscar el deseo de otras personas. Entre el amor y el deseo hay una conexión muy corta. No tenemos miedo de decir que queremos amor, que queremos que nos deseen, que queremos provocar pasiones en los demás, y me parece que esa es una de nuestras grandes contribuciones a la cultura, a la literatura, al arte, a la opinión pública, porque es lo que se nos ha negado siempre. ¿Con qué nos amenazan? Te vas a morir sola, no te va a querer nadie, quién te va a desear a ti, monstruo, con ese cuerpo raro que tienes. Hemos construido un palacio con los ladrillos del terror, con las profecías que nos aseguraban que nuestra vida iba a ser una mierda y que era mejor morirse. Entonces, ¿de qué queréis que escribamos, de viajes en tren por Baviera? Yo voy a escribir sobre amor, deseo, miedo, horror, también sobre felicidad, fiesta, y de lo que me dé la mano.
El 17 de abril se estrena «Mi querida señorita», con guion tuyo. ¿Cómo ha sido reescribir aquella extraña pero delicada película? La película original es del 72, y evidentemente tuvieron que jugar con lo que tenían. Para mí hace de lo que no cuenta su gran virtud. Y hemos querido iluminar lo que entonces no se pudo decir, encender completamente la luz. ¿De qué estamos hablando? Porque al personaje de José Luis López Vázquez, en realidad, no sabes lo que le pasa en la película. Y lo que le pasa es que es una persona intersexual. La película original tiene un tipo de oscuridad que le sienta muy bien pero, al iluminarla, desde ahora es un camino de descubrimiento, de cómo a una persona le han ocultado toda su vida quién es. Y, para encender la luz, hemos preguntando a gente intersexual, “¿qué queréis que contemos?”. La película empieza exactamente con un diagnóstico a un bebé y cómo se le manipula a un bebé. ¿Por qué escoger a un bebé y toquetearlo, toquetear su cuerpo, cortarlo, para que sea presentable al mundo? La construcción de una persona nunca es a solas, y en esto sí que hemos puesto mucho énfasis, que al final tú eres quien eres porque también te hacen las demás. Necesitas a las demás para que definan tus contornos, queriéndote o odiándote, pero te tienen que definir. Del mismo modo que, cuando te pegan una paliza, te definen muy bien, y yo lo sé, porque te han definido perfectamente los límites de tu mundo. También ocurre cuando te acarician.
Y de tú próxima esperadísima novela, ¿qué puedes contarnos? Es una novela de brujas que tiene lugar en la Guerra Civil, concretamente en un pueblo de Sevilla, donde mataron a diecisiete mujeres de una manera muy bestia. Es un cuento gótico, lorquiano y antifascista.
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