Kepa ARBIZU
ESTOUCHA, MEMORIA HISTÓRICA VASCA EN POLACO

Las mil vidas antifascistas de Esther Zilberberg

El libro «Estoucha» (Alberdania, 2026), de Georges Waysand, rescata del anonimato la lucha internacionalista llevada a cabo por una militante polaca que inauguró su práctica antifascista combatiendo desde nuestro país contra la sublevación franquista.

Estoucha, liderando un grupo comunista en Irun. (Colección Roelfsema-van der Wissel, H.G. Cortesía del International Institute of Social History (IISH), Ámsterdam)
Estoucha, liderando un grupo comunista en Irun. (Colección Roelfsema-van der Wissel, H.G. Cortesía del International Institute of Social History (IISH), Ámsterdam)

Para que el rastro humano no sucumba a ese agujero negro del olvido en el que se convierte muchas veces el paso del tiempo, resulta necesaria la existencia de un “notario” que deje constancia de sus huellas. Si multitud son los biógrafos que se agolpan para ilustrar el perfil de los considerados grandes nombres de la historia, hay una legión de imprescindibles anónimos a la espera de encontrar narradores que les salven de esa injusta invisibilización.

Aunque nadie es capaz de dominar en su totalidad el destino que le aguarda, sí es posible dirigir ese timón hacia coordenadas deseadas. Georges Waysand no escogió ser el hijo de dos militantes antifascistas, Jean Waysand y Esther Zilberberg, pero sí es responsable de iluminar en forma de libro el glorioso legado, hasta ahora escondido, que ambos llegaron a firmar. “Estoucha”, título que hace referencia al apodo de su madre, es una obra, traducida por Ibon Plazaola y editada ahora por Alberdania, que recoge el fascinante -pero también doloroso- relato tras el que se esconde una figura que atravesó algunos de los episodios más trágicos del pasado siglo con la determinación de que existía otra manera, sin los dictados del terror y la opresión, de habitar el mundo.

EL SURGIMIENTO DE UNA REBELDE

Nacida el 9 de agosto de 1910 en Kaliszn, localidad ubicada en una Polonia por entonces fruto de las particiones ofertadas entre las grandes potencias y sin la consideración de país independiente, estatus que adquiriría con el final de la Primer Guerra Mundial pero bajo un tutelaje de facto alemán, Esther Zilberberg fue espectadora de una ciudad devastada por las bombas. Ruinoso escenario que todavía cobraba más precariedad si, como era su caso, nacías en una familia humilde con cinco hijos. Precoz a la hora de mostrar un laicismo como respuesta a las férreas normas de comportamiento judías, sin embargo fueron las premuras económicas, que le obligaron a buscar desempeños con los que pagar sus tasas escolares, el desencadenante para tener que abandonar su tierra natal. Sin trabajo digno ni oportunidades de futuro universitario, su mirada se posó en Bruselas, un lugar lo suficientemente cercano y residencia de una pariente. Con poco más de la mayoría de edad cumplida, su primera separación de la familia iba a ser, sin sospecharlo, también la definitiva.

Fotografía de Esther Zilberberg, Estoucha. (Cedida por Georges WAYSAND)

Como tantas emigrantes polacas, sus tareas se alternaban con el fin de conseguir un montante suficiente como para pagar el ingreso en una carrera para la que además era imprescindible hablar francés, un idioma que obviamente desconocía. En la constante y difícil persecución de objetivos que iba a convertirse su biografía, el logro de matricularse en medicina, una disciplina en la que encontraba ese aspecto solidario que ya anidaba en ella, era el primer escollo relevante superado. Intercalando estudios y trabajo, su rápida adhesión al llamado Socorro Rojo Internacional, una herramienta para ayudar a sus compatriotas presos, ponía en práctica un incipiente compromiso que asumía a sabiendas de que las actividades políticas estaban prohibidas para los extranjeros, tejiendo una madeja de grupúsculos con los que reunir dinero que enviar a las familias de los represaliados. Daba forma así a dos constantes a lo largo de su existencia: mostrar una determinación encomiable por tomar partido y sobreponerse a todo tipo de leyes que zancadillearan esa decisión.

De las diversas rutas que llevan hasta la toma de conciencia revolucionaria, la activista polaca recorrió la que reside en la búsqueda de lazos comunitarios. Un concepto humanista germen de ese impulso que, al contrario de muchos otros casos, ni se fraguó entre reivindicaciones de condiciones laborales más justas ni, mucho menos, a través de una instrucción intelectual, ya que sus lecturas, lejos de los grandes tomos de luminarias voces insurrectas, se dedicaban a textos relacionados con su profesión. Ajena a una parte teórica que la percibía estancada e inane si no era acompañada de una puesta en práctica, para ella el cambio social era una forma de vida, no una sucesión de renglones escritos.

DESDE EUSKAL HERRIA SE CONJUGA EL INTERNACIONALISMO

Fruto de esa elogiable inconsciencia que mueve a todo espíritu dispuesto a entregarse a una causa común, las noticias en boca de compañeros belgas que habían acudido a Barcelona para participar en las Olimpiadas Populares -“contraprogramación” a las celebradas en Berlín como exaltación patriótica del nazismo-, alentaron profundamente su interés por esa zona. La sublevación del bando franquista contra la República parecía un destino propicio para pasar a la acción, un pensamiento rápidamente convertido en realidad. Una maleta con pocos enseres personales pero repleta de material médico y una ametralladora desmontada era el equipaje necesario para cruzar los Pirineos y hacer frente a la barbarie.

Pasaporte polaco de Esther Zilberberg. (Fotografía cedida por Georges Waysand)

Con previas escalas en París y Hendaia, la llegada de los pocos milicianos belgas fue recibida en Irun por un comité del Frente Popular. La Zona Norte, como así se conocía a ese terreno, era un espectro especialmente diverso y también desperdigado en un momento primerizo y atomizado de la contienda donde todavía no se habían consolidado las Brigadas Internacionales. Juanita Lefevre, su nuevo bautizo, rápido enroló en las filas del Partido Comunista de Euzkadi, siendo su fiel deseo integrarse y seguir la línea recta del movimiento internacional, una característica que alargaría hasta casi el final de su vida, como su total devoción por la URSS y sus líderes. Contradictoria como todo ser humano, Estoucha, apelativo que sería acuñado durante su paso por Euskal Herria, era al mismo tiempo una figura movida por sus deseos y ejecutora sin mácula de la ortodoxia doctrinal.

A pesar de que su cometido en las trincheras era el sanitario, no solo interviniendo, sino ofreciendo clases y conocimientos, su experiencia estuvo teñida constantemente de riesgo y violencia. Integrada en el batallón Perezagua, uno de sus primeros episodios delató esa constante incertidumbre, cuando al ser abatido un camarada encargado de la ametralladora no se lo pensó para tomar el relevo y, cerrando los ojos, apretar el gatillo repetidamente. Detonaciones que observó en el sanguinario bombardeo de Durango y que encaró en primera fila en las batallas de Legutio y Otxandio, donde terminó herida en un brazo. Convalecencia que le trasladó hasta Bilbo para encargarse de la publicación del periódico “Mujeres”, donde además ejercía de redactora, una aptitud reseñable para quien llegó sin ninguna noción del castellano y que ya fue capaz de escribir un bello artículo en homenaje a los pescadores vascos. Reflejo de que su estancia en Euskal Herria retumbaba como una experiencia iniciática pero trascendente para los restos.

Con la capital bizkaitarra sitiada, la evacuación de los gudaris tuvo que atravesar buena parte del Cantábrico para buscar un enclave menos peligroso en Santander. Será allí donde tome contacto por primera vez con los cuadros soviéticos que ofrecen armamento e instrucción militar. Por una cuestión de origen, Estoucha fue encargada de aprender ruso para hacer de intérprete, una condición políglota que supuso también ser la conductora de un programa de la radio en francés con el fin de elevar el ánimo de un frente que se sentía especialmente débil y diezmado a pesar de la “profesionalización”. En esa tarea de enlace con los mandos, fue oyente de primera mano de las palabras de Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República, exhortando a abandonar las trincheras en un intento por evitar un todavía mayor número de bajas. La guerra se había perdido, y aquellas personas que habían dado su vida por evitar la dictadura se convertían ahora en fantasmas, consecuencia de unas leyes que les retiraba la nacionalidad de su país de origen, vagando sin identidad ni futuro.

Anotaciones del diario de Estoucha durante su estancia en Euskal Herria. (Fotografía cedida por Georges WAYSAND)

UNA VIDA FAMILIAR EN CLANDESTINIDAD

Fue gracias a su estatus de veterana comunista, pese a su juventud, y los contactos en Bélgica que le facilitaron una beca para seguir cursando sus estudios de medicina, lo que apaciguaron algo esa epopeya que suponía a los combatientes regresar a sus casas. La expansión del terror nazi no conocía límites y si su hogar, Polonia, había sido invadido, no tardó mucho en suceder lo mismo con su lugar de acogida, Bruselas, de la que tuvo que huir con destino al pequeño pueblo de Monteliu, situado en el Estado francés. Un recorrido en el que coincidir con otro polaco judío, de nombre Jean Waysand, Mouni, iba a cambiar su vida, también sentimental.

Una relación que surgió en la clandestinidad y que se iba a desarrollar -también acabar trágicamente- en ese mismo estado. Instalados en una lacerante precariedad, el anuncio del embarazo de Estoucha obligó a la pareja a desempeñar algunos trapicheos y trabajos mal remunerados, mientras no interrumpían su conspiración contra el fascismo, y su traslado al pueblo de Montoulieu, muy cerca de la frontera con Bélgica. Es allí donde pronto pasarán de pequeñas acciones de sabotaje a enrolarse en el grupo guerrillero FTP, lo que les abocaba a una extrema clandestinidad, escondida ella ahora tras el nombre de Jeanne Dubois, y que se traducía en estar separados como pareja y de su recién nacido bebé. Una responsabilidad asumida con dedicación hasta el punto de que el constante incremento de la repercusión de sus acciones despertó un mayor celo en la respuesta de las autoridades, derivando en la encarcelación, y pronto fusilamiento, de Mouni. Estoucha, una vez más, había antepuesto los intereses colectivos a los propios, obteniendo como resultado una precoz viudedad que, sin embargo, lloró internamente mientras seguía clavando su mirada en un mapa donde la barbarie mantenía el poder.

Fiel a sus principios, y con el apoyo de una familia que ofrecía alojamiento y cariño a su hijo recién nacido, sus denodados intentos por desestabilizar el paso del ogro que asolaba Europa fueron interrumpidos cuando en un intercambio con un camarada fue detenida. A los golpes y las torturas, inútiles, al contrario que pasó con otros detenidos, en su función de descorchar una delación, le siguió una ruta por cárceles que entre cuarentenas por contagios y huelgas de hambre acumulaba un sufrimiento que ponía su cuerpo al límite de sus posibilidades. Lo que desconocía aquella polaca universal es que todavía no había descubierto la verdadera cara del terror.

certificado de extranjería, donde es identificada como judía, expedido tras su regreso de la Guerra Civil española. (Cedida por Georges WAYSAND)

SE ABREN LAS PUERTAS DEL HORROR HUMANO

En las reuniones políticas o entre los muros de las prisiones se hablaba mucho de los campos de concentración, pero el estremecimiento que se sentía al escuchar esas historias no tenía nada que ver con lo que significaba entrar como prisionera en uno de ellos. Ravensbrück fue el primero al que fue trasladada Estoucha, y la demostración de que uno solo sabe que ha llegado al infierno cuando pone un pie en él.

Con casi treinta grados bajo cero, semidesnuda, pasa las horas a la intemperie mientras observa un constante desfile de cadáveres que se dirigen hacia la morgue. Tras ser desinfectada y rapada, ingresa en una “carpa” donde pasa una cuarentena en un terreno pantanoso cercano a un lago. A partir de entonces se convertirá en una de las integrantes del singular bloque 32, denominado “NN”, las siglas de “noche y niebla” en alemán, y donde se reunía a las mujeres más resistentes y reacias a colaborar a las que se les mandaba un mensaje muy claro: ese era el final del trayecto. Un cautiverio que, con el paso de los meses, y cuando se atisba la derrota del Ejército nazi, aumenta su rigor, conjugando la visión del humo que sale de los hornos de cremación con un incremento en las agresiones físicas y jornadas laborales de once horas. Un paisaje devastador donde solo eran cinco metros cuadrados de los que disponía cada mujer para hacer su vida diaria y donde algunas compañeras eran utilizadas de “cobayas”, con un cuerpo lleno de heridas, a las que con cristales rotos se les impedía cicatrizar, que servía de experimentación para probar la eficacia, o no, de ciertos desinfectantes. Nunca la vida y la muerte se ha conjurado de manera tan íntima como en aquellos instantes.

Las condiciones en Mauthausen, siguiente escala de su cautiverio, no eran mejores, pero la única idea a la que convenía aferrarse, una victoria de los aliados, cada vez se intuía más cercana. Fue la aparición de una ambulancia de la Cruz Roja con bandera canadiense atravesando aquel vallado la manifestación de que era una realidad la derrota del Ejército nazi y el consiguiente intercambio presos. Con 34 años, menos de cuarenta kilos, los tímpanos perforados, sin un tercio de los dientes y descalcificada, Estoucha iba camino de Toulouse. Su vida había cambiado para siempre y el reencuentro con su antigua realidad no iba a ser un paso fácil.

Portada del libro «Estoucha», de George Waiysand (Alberdania, 2026)

RECUPERAR LA VIDA Y LA LUCHA

Aquel casi bebé que había dejado en manos de un matrimonio amigo contaba ahora con siete años y no conseguía ver a aquella mujer recién llegada como su madre, término que siguió utilizando con quien había compartido hogar en los últimos tiempos, algo que enervaba a Estoucha. Por primera vez, aunque sin abandonar una militancia a la que ni todas las torturas habían conseguido apaciguar, pretendía llevar una vida ordenada y eso pasaba por recuperar su trabajo relacionado con la medicina, un intento solo logrado tras un sinfín de escollos burocráticos. Reducidos sus ingresos a las dádivas que le ofrecían como veterana de guerra y viuda, sus nuevas necesidades pasaban por encontrar un trabajo estable y conseguir recuperar, o quizás obtener por primera vez, el vínculo sentimental con su hijo.

El reconocimiento por parte de Bélgica de su título en medicina, sin embargo, no era válido en el Estado francés sin antes obtener la nacionalidad, algo mucho más trabajoso de lo esperado y que no se consumaría hasta 1950. Decidida a vivir en París, su trabajo en la Cruz Roja le proporcionaba el sustento suficiente y el impulso para tomar la decisión de, tras pasar un acordado verano con su hijo, no devolverlo al lugar donde residía e internarlo en una sucesión de orfanatos con el fin de mantener una relación fluida con él, aunque todavía por carta. En ese trasiego epistolar, todavía frío, quedaba en evidencia que el desarrollo escolar del joven avanzaba a un ritmo muy lento y lejos de las capacidades lógicas de su edad.

Los problemas familiares de Estoucha ahora se debían conjugar con otra amenaza colectiva, la Guerra Fría entonaba sus primeros movimientos y el pequeño piso donde residía ya con su hijo demandaba mayores ingresos, por lo que no dudó en aceptar la oportunidad para trabajar a sueldo del Partido Comunista Francés, lo que suponía dedicar largas horas en su dedicación médica y a la vez mantener su compromiso militante. Unas jornadas extenuantes que alimentaban todas las huellas que en su condición física y mental habían depositado su cautiverio en los campos de concentración, crisis que solo apaciguaban sus escapadas a la costa Mediterránea. En ese proceso que había comenzado hace un cuarto de siglo, por fin, en 1955, un tribunal del Estado francés le nombraba a todos los efectos legales doctora en medicina. Una rúbrica que, además de una victoria personal, era un horizonte abierto para ejercer su disciplina de manera autónoma.

George Waiysand (Alberdania, 2026)

UNA LLAMA APAGÁNDOSE

A pesar de su infranqueable doctrina comunista, su idea de una consulta privada siempre había rondado sus sueños, y gracias a una primera aportación de los vecinos de la comuna donde residía, Malakoff, pudo poner en marcha un negocio que en dicha localidad y alrededores se convirtió en el centro de referencia donde asistir a las consultas. El desahogo profesional que suponía un negocio que se asentaba con paulatina naturalidad, era inversamente proporcional a la relación con un ya adolescente hijo, a quien igual observaba con admiración por su común ideario político pero que exasperaba por sus posiciones menos ortodoxas y esquivas a las normas del partido. Las revueltas en torno a la independencia de Argelia, o incluso el mayo del 68, suponían acontecimientos que, si ambos abordaban desde la misma barricada, los detalles que les separaban cada vez se alejaban de ser anecdóticos para ser sustanciales. Vivían juntos, pero la comunicación seguía siendo una asignatura pendiente.

Fueron unos cálculos renales mal curados el primer aviso importante de salud que sufría ya una veterana que desde esa posición social y laboral más holgada no había dejado de viajar. Sumado a viejos y nostálgicos destinos, lugares como Cuba, la URSS o incluso Indonesia, donde conoció las reivindicaciones de la guerrilla de Timor, eran en paralelo sitios para el descanso y de los que extraer aprendizajes ideológicos. Una dedicación turística que fue espaciándose cada vez más según aumentaba una debilidad trasladada a una incipiente sordera y cojera y la llegada, sobre todo, de episodios graves de colapso. En 1994, y ya con el muro de Berlín derribado y la palmaria inestabilidad de URSS y de todo el bloque comunista, aquella ya abuela de un nieto se desplomaba mientras se acercaba a su cama, en la que a sus pies y acurrucada parecía velar en un silencio eterno.

Esther Zilberberg, Juanita Lefevre, Jeanne Dubois o Estoucha fueron los diversos nombres que adoptó una misma identidad, la de una mujer que también representa a todas esas heroínas anónimas que ofrecieron su vida en busca de un bien colectivo. Su legado, más allá de los reconocimientos que merece, no debe quedar expuesto solo en las páginas de una historia que todavía les es esquiva, porque la única manera de honrarles como se merecen supone entender que el fascismo, encarnado de formas distintas en cada época, es un monstruo que se tambalea cuando asumimos que una persona nunca podrá ser libre de verdad hasta que todas las demás también lo sean.