09/09/2018

Reportage
Contra viento y marea
Cuando la Concha se pone brava

A veces el deporte depara momentos inolvidables que se quedan fijados en la retina del espectador, como ocurrió hace justo un año en la segunda jornada de la Bandera de La Concha cuando se conjugaron todos los elementos para culminar una regata que trajo cola. ¿Pero, cómo se prepara a las traineras para una situación así?

Miren Sáenz
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Se suele decir que «no hay Bandera de La Concha tranquila» y la segunda jornada de la cita más importante del Cantábrico del pasado año confirmó esa máxima no escrita, que acompaña a las grandes competiciones. Alimentaron la épica una mar embravecida, la posibilidad de una suspensión que finalmente no se produjo y un desenlace inesperado con sendas remontadas que otorgaron la victoria tanto a las bateleras de San Juan como a los aguiluchos de Orio, para decepción de Hibaika y Urdaibai. Fue una jornada meteorológicamente dura para todos, pero a las chicas les tocó el peor momento.

Físicamente hay que estar muy preparada para conseguir mantener un bote recto, sobre todo cuando las olas levantan como plumas una masa de mil y pico kilos procedentes de la suma del peso de las catorce remeras y de la propia embarcación, mientras el agua salpica sin tregua. Psicológicamente, tiene mérito navegar sobre un mar agitado, sin chalecos salvavidas, y sujetadas por un cinturón de seguridad provisto de un botón automático, parecido al de los aviones, que se ata de la cintura para que en los momentos álgidos no salgan despedidas de unas embarcaciones, que por cierto, van provistas de batería y bomba de achique para despejar el agua que se cuela en la cubierta. ¿Pero, cómo se prepara a una tripulación para afrontar una regata en condiciones tan hostiles?

Mikel Odriozola, preparador físico de Hibaika, que en una situación normal aboga porque las remeras hasta intenten divertirse, para una tan intensa como la del año pasado recomienda: «Mantener la compostura, porque si ya hay un nerviosismo general por lo que significa la Bandera de Concha, las condiciones del mar lo empeoran. Y para eso hay que recurrir a las jerarquías, las voces de las más veteranas o la patrona marcando la pauta, porque catorce personas opinando en esos casos no ayuda, al revés».

Antes que preparador físico, Odriozola fue atleta. Olímpico en tres ocasiones y asiduo a Campeonatos del Mundo y de Europa, su especialidad eran los 50 kilómetros marcha, la prueba más larga y una de las más agotadoras del programa atlético. De su experiencia en la alta competición aprendió «a centrarse en las tareas que te tienes que marcar, fundamentalmente porque estás a eso y, entre comillas, se te olvida un poco donde estás. El cerebro cuanto más fatigado está más deja de pensar. En la marcha nos pasaba a partir del kilómetro 30. Para rebajar la tensión muchos deportistas de élite utilizan pequeños rituales y eso les tranquiliza, les permite concentrarse».

Se da la circunstancia, además, de que la Bandera de la Concha cierra el calendario femenino de la temporada. Pese a ser el broche por el que que todas suspiran, desde noviembre hasta setiembre las remeras han compartido decenas de horas, mejores y peores momentos en competiciones o entrenamientos. Algunas llegan cansadas, otras exhaustas pero hay que sacar fuerza para afrontar el último Everest: «El trabajo que has hecho durante todo el año hay que ponerlo en práctica. Algunas son muy jóvenes, para otras es su primera Concha y los nervios afloran. Pero hay distintos grados y hay que controlarlos o, por lo menos, rebajarlos. Nosotros: el entrenador, el segundo entrenador, el preparador físico, el fisioterapeuta o el psicólogo deportivo, con el que trabajamos un poco, les decimos que vamos a estar ahí. Somos como sus sherpas, que les ayudamos a subir a la cumbre, lo demás lo tienen que hacer ellas. La unión del equipo también funciona», reconoce Odriozola.

Recuperar a esa Hibaika, que afrontó la segunda parte de la regata en primera posición y terminó segunda, fue otro cantar. «Si se ha hecho bien el trabajo durante toda la temporada, hay que transmitirles que han estado en la pelea. En el camino del alto rendimiento, la mejora tiene que ser constante. Ningún deportista, ni los mejores, ganan siempre. Otra cosa es que, por ejemplo, el año pasado se decidiera celebrar la regata en esas condiciones», concluye.

Entre las impactantes fotografías de aquel 10 de setiembre de traineras cabalgando sobre las olas, quizá la imagen más reproducida vía whatsapp fue la de la tripulación de Arraun Lagunak sobre la vieja «Lugañene» bordeando las rocas de la isla de Santa Clara. Amaia Sexmilo viajaba a bordo y, pese a que reconozca que riesgo había, «sobre todo de chocar entre botes o contra rocas», le puede la adrenalina, la curiosidad de ver como la afrontan, si son capaces... En definitiva, algo habitual entre deportistas de espíritu competitivo que se crecen ante las adversidades.

Si la meteorología no acompaña, la capitana de Arraun Lagunak tiene clara la importancia de quitarse de la cabeza la sensación de peligro. Es imprescindible cambiar el chip: «Hay que pensar en otras cosas; por ejemplo, en que quien menos falle se va llevar la bandera y, sobre todo, en asuntos técnicos, centrarte en la remada. En esas situaciones no vale contagiar el miedo», afirma.

El espectáculo del riesgo. La épica del deporte va unida al esfuerzo extremo y en las disciplinas acuáticas el riesgo aumenta. El espectador recuerda estos momentos, de ahí la expresión «una regata de las que hacen afición». Por una vez, en la edición de 2017 se habló casi tanto de la prueba femenina como de la masculina, con una audiencia televisiva más pareja. Según EITB, encargada de la retransmisión, la regata femenina alcanzó el 24,8% de share frente al 25,9% de la masculina, cuando los chicos gozan de un seguimiento mayor.

Es por esto que Sexmilo, incluso, le ve la parte positiva: «Creo que esa regata le vino bien al remo femenino, fue un espectáculo. Hasta gente que no sigue nada este deporte aquel día lo vio o se lo enseñaron». Probablemente vieron las mismas fotografías y vídeos que a Sexmilo y sus compañeras les hicieron exclamar: «¡Ostras ahí estuvimos nosotras!» y a uno de su entrenadores, Patxi Olabe, le pusieron los pelos de punta porque prima la seguridad y vio de cerca momentos muy complicados. «¿Cómo se prepara a las remeras?, primero habría que preguntarse porqué se celebra una regata en esas condiciones. Queda muy espectacular y muy bonita, pero en el calentamiento nuestras chicas estuvieron a punto de empotrarse contra las rocas de la isla. Tuvimos la suerte de que salió bien, pero fue una imprudencia. Al final se dejó la decisión en manos de los clubes, que son los que tienen intereses, cuando debía de haberla tomado la organización».

En sus 21 años como remero, Olabe recuerda que solo en una ocasión se había enfrentado a una situación semejante y entonces se suspendió. Fue en 1998, cuando las malas condiciones meteorológicas obligaron a aplazar la segunda jornada al martes y luego se decidió un jueves sin los gallegos porque tuvieron que marcharse. En 2017, no hubo que lamentar males mayores, pero hubo disparidad de criterios a la hora de evaluar la peligrosidad, hasta el punto de que la organización ha puesto en marcha en esta edición un proyecto experimental mediante el que establece un índice de riesgo por el que se tomarán decisiones. Si funciona, ya habrá un protocolo.