26/05/2019

Adolescentes vegetarianos
XANDRA ROMERO
061_salud

Si la semana pasada hablábamos de la revolución verde que encabezan nuestros jóvenes, hoy seguimos explorando qué aspectos hay que tener en cuenta a la hora de acceder o no a que un menor cambie su patrón alimentario. Cuando el adolescente forma parte de una familia que sigue una alimentación convencional u omnívora y traslada la decisión de hacerse vegetariano, a menudo choca con la preocupación y la incomprensión de sus padres y de su entorno, que creen que puede afectar negativamente a su desarrollo y su salud.

Es cierto que los requerimientos calóricos durante la adolescencia son superiores a los de cualquier otra edad y que éstos varían con el patrón de actividad, la velocidad de crecimiento y el sexo. También las necesidades de minerales aumentan en esta etapa, sobre todo aquellos de especial importancia para el crecimiento, por lo que es un momento crítico en términos de desarrollo, pues de cómo se produzca el crecimiento en esta etapa dependerá la altura, la masa muscular y otros factores alcanzados durante la etapa adulta.

En este punto, la decisión de elegir libremente cómo alimentarse en base a ciertos criterios morales puede chocar con estas elevadas necesidades nutricionales así como con el desarrollo de ciertos comportamientos inadecuados. Sabemos que es una época de riesgo en la aparición de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y, tal y como señala la Asociación Americana de Dietética (ADA), a veces el vegetarianismo puede ser la “excusa” para comer menos o restringir la alimentación intentando ocultar un TCA preexistente.

Por este motivo, las dietas vegetarianas son algo más comunes entre adolescentes con desórdenes alimentarios que entre la población adolescente general, tal y como advierten varios estudios como, por ejemplo, una investigación publicada en la revista “Eating Behaviour” en 2015. Esta publicación examinó la prevalencia y las variables relacionadas con el vegetarianismo en tres muestras con diferente gravedad de patología alimentaria y concluyó que esta opción fue más alta entre las mujeres con patología alimentaria grave, siendo la prevalencia del vegetarianismo más baja en el grupo no clínico.

En otro estudio publicado en la revista “Appetite” en 2012, partiendo de la base de que la adherencia a una dieta vegetariana se había observado anteriormente como un factor en el mantenimiento de una conducta alimentaria desordenada, se evaluó, por un lado, los comportamientos alimentarios en una amplia muestra de vegetarianos y veganos, y se compararon con los de los semi-vegetarianos y omnívoros. Los semi-vegetarianos reportaron los niveles más altos de patología, mientras los verdaderos vegetarianos y veganos parecían ser más saludables en lo que respecta al peso y la alimentación. Además, también examinaron las diferencias entre semi-vegetarianos y omnívoros en términos de moderación y trastornos, y no las encontraron.

En la misma fecha se publicó en la revista “Journal of the Academy of Nutrition and Dietetics” un artículo sobre las interrelaciones entre el vegetarianismo y los trastornos alimentarios en las mujeres. En él compararon a individuos con y sin historial de trastornos alimentarios y a personas en diferentes etapas de recuperación con elección de vegetarianismo anterior y actual, así como las motivaciones y la edad para volverse vegetarianos. Para ello contaron con una muestra de mujeres con TCA y otra sin él. En comparación con las mujeres sin antecedentes de TCA, los hombres que tenían un historial de trastornos alimentarios tenían una probabilidad considerablemente mayor de terminar siendo vegetarianos (52% frente a 12%), frente a los que realmente eran vegetarianos en ese momento (24% frente a 6%), y su elección estaría motivada por razones relacionadas con el peso (42% frente a 0%). Asimismo, la mayoría percibió que su vegetarianismo estaba relacionado con su trastorno alimentario (68%).

De este modo, es importante que independientemente de respetar los criterios morales de los menores, los padres y los profesionales de la salud debemos ser capaces de “filtrar” que la elección de esta opción alimentaria no esté funcionando como una forma socialmente aceptable de legitimar la evitación de alimentos.