23/02/2020

Superstudio: utopías y alegoría
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBÉNIZ
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Alos de mi generación, los discursos utópicos que copaban el interés del panorama intelectual en los 60 y los 70 ya nos pillaron lejos. Ese lenguaje, que pretendía socavar un orden establecido y crear un mundo nuevo a través del verbo mismo, no acaba de sernos de utilidad en un siglo XXI en el que la técnica y la diversidad nos aplastan y nos impiden alzar la voz y gritar, por ejemplo, «¡rechacemos la arquitectura, abajo el urbanismo!».

Es por eso que cuando miramos a las últimas décadas del siglo pasado, no acabamos de entender muy bien qué demonios pasaba. Y es que, durante los años 60 y 70, hubo a nivel mundial un fenómeno de estudios de arquitectura que no tenían la construcción de algo real como objetivo, sino que deseaban, mediante sus dibujos, manifiestos y planos, la destrucción de lo pasado. Aprovechamos la reciente muerte de Adolfo Natalini, exponente de esta arquitectura radical en la Italia de los Anni di Piombo, para explicar qué pretendían estos jóvenes que preconizaban que si la arquitectura y el urbanismo son meras codificaciones del modelo burgués de propiedad (sic), entonces hay que rechazarlos.

Aunque Natalini nació en Pistoia, estudió en la Escuela de Arquitectura de Florencia. Precisamente, la misma noche que el río Arno se desbordaba, Natalini se juntó con su compañero de estudios Cristiano Toraldo, y fundaron Superstudio, un estudio de arquitectura teórica y radical que se sumó a otros arquitectos internacionales, como los Archigram en Gran Bretaña, Hans Hollein en Austria, Harata Isozaki en Japón, o Yona Friedman en el Estado francés.

Todo esto en el año 1966, con el mundo convulso por la guerra del Vietnam e Italia viendo cómo caía el primer gobierno de Aldo Moro, con una intentona de golpe de estado incluida. En Europa las estructuras e influencias de los congresos CIAM, que reunieron a la flor y nata de la arquitectura funcionalista del siglo XX, se diluían poco a poco. En Italia, tan solo Giancarlo de Carlo mantenía un compromiso con la arquitectura social, alejada del funcionalismo que, para aquellos años, no era sino una mera traslación de una necesidad del sistema capitalista de hacer más kilómetros de carretera.

Del mismo modo que Giancarlo de Carlo tuvo la necesidad de formar parte de otro grupo que le garantizara la expresión de sus ideas –el Team X, donde también militaban Aldo van Eyck o los propios Alison y Peter Smithson–, la juventud europea de finales de los 60 creó sus propios grupos, como Superstudio, Archigram, Archizoom, etc, que venían a sumarse a otras tendencias como los metabolistas japoneses, y que crearon un universo alegórico de ciudades que se expandían sin límite, con estructuras gigantescas que cubrían montañas enteras, ciudades que caminaban como monstruos gigantescos…

Ciudades ideales. Superstudio planteaba sus obras como críticas y alegorías; en su obra “12 Ciudades Ideales”, proponían ciudades al modo de Italo Calvino, pero de modo gráfico: una de las más potentes es aquella que se construye mediante una gigantesca máquina o factoría. Los ocho millones de habitantes van habitando estos nuevos edificios, casas de 90 metros de altura, rascacielos idénticos los unos a los otros, mientras que los viejos edificios se van destruyendo por la baja calidad de sus materiales, dejando un reguero de escombros y residuos a medida que la urbe avanza, con paso de caracol.

Cabe preguntarse si, como he dicho en el primer párrafo del texto, las utopías son de utilidad o no. En el mundo de la arquitectura, las utopías dieron paso a los “proyectos estratégicos”, que transformaban zonas de la ciudad en degradación como por arte de magia. Es curioso observar cómo las infografías que acompañan a esos proyectos, que muestran inexorablemente muchachos y muchachas con la alegría de vivir en el cuerpo, mucho verde y un sol radiante en el cielo, son muy similares a los montajes de los usuarios de la arquitectura radical de la época, como Archigram o los propios Superstudio.

Porque, en el fondo, esos proyectos estratégicos no son sino pequeñas utopías de andar por casa, que la autoridad o empresa de turno presenta en un juego de seducción que sirve para justificar un gasto económico importante.

No obstante, en la producción de Superstudio, en su concepción de la “antiarquitectura”, construir era lo último. De hecho, la mayoría de sus proyectos eran, desde el punto de vista técnico, inconstruibles. Su valor residía en enfrentar a la sociedad ante un espejo y buscar esos puntos de reflexión que solo el arte puede realizar.