La larva de la religión

Conocido sobre todo por servir de inspiración a Ramón María del Valle-Inclán para delinear el icónico personaje de Max Estrella, protagonista de “Luces de Bohemia”, sin embargo la creación literaria, y también periodística, de Alejandro Sawa contiene la suficiente valía artística y naturaleza transgresora como para merecer una mayor estima que la derivada de ese arrinconado lugar que hoy ostenta. En ese justo ejercicio por reverdecer su legado, Amarillo Editora, que ya inauguró su catálogo con otro título del mismo autor, “Noche”, da continuidad a dicha misión con esta afilada obra, incisiva virtud todavía más elogiable si tenemos en cuenta su fecha de publicación original, 1888.
Como defensor y claro exponente del llamado naturalismo radical, el sevillano es capaz de sostener en una mano el estilete y en la otra la pluma, logrando que su fiero y explícito discurso aparezca igualmente decorado de estética lírica. Dotado de una voz narrativa que se proyecta como un atronador veredicto que desde el estrado dicta sentencia contra la curia religiosa, sin embargo las desconsoladas andanzas de Manolito, un niño obligado por sus padres ya desde una primeriza infancia a desarrollar su vida en el seminario, significan en paralelo una imponente enmienda a toda una sociedad tutelada por el oscurantismo.
Pese a convertirse esos lúgubres muros donde retumban plegarias en el dique que separa al ser humano de su libertad individual, dificultándole generar sus propias explicaciones sobre aquello que le rodea, la llamada por configurar nuestro destino alejado de los ritos o costumbres siempre encuentra un camino para hacerse oír. Un impulso manifestado en un joven decidido a escoger sus afinidades y a esbozar sus particulares respuestas a las incógnitas que se le presentan. Una guerra entre el cielo -convertido en un infierno de sotanas- y la tierra escenificada bajo ese tono de furia apocalíptica que caracteriza la firma del escritor.
Sin duda esta novela es una consciente y arrebatada afrenta contra la religión como opiáceo encargado de entumecer el pensamiento autónomo, pero no es en menor medida un canto libertario que, aunque nos llegue desde el ocaso del siglo XIX, todavía hoy se revuelve como una poderosa incitación a desprendernos de todos esos yugos que, en nombre de la tradición, nos convierten en individuos sumisos a un pacto de silencio sobre el que nunca, nadie, nos ha preguntado.

María Clauss pone rostro y voz a los represaliados en la Guerra del 36

«Munduko txapelketa irabazi nuen erabat itsu geratu nintzenetik lau urte bete zirenean»

«El capitalismo ha acabado con el campesinado, último reducto de autonomía frente al consumismo»

De recogedor de algodón a bluesman mayor
