Laura Fornell
MUJERES MAYAS REIVINDICAN SUS DERECHOS JUGANDO A SÓFTBOL

Bateando contra el sexismo

En el México rural, un grupo de mujeres de una pequeña aldea maya encontró en el deporte una forma para plantar cara al machismo. El empoderamiento de estas mujeres, que ha conseguido romper estereotipos de género muy arraigados en su comunidad indígena, ha inspirado a otras mujeres de comunidades mayas cercanas a seguir su ejemplo, convirtiendo el sóftbol, un deporte que estaba reservado solo para hombres, en una eficaz herramienta para materializar el cambio social.

La pasión por el sóftbol está muy arraigada en la familia Tuz May, donde las cinco hermanas juegan en el equipo de las Diablillas. Abriendo el reportaje, de izquierda a derecha: Ana Cristina, de 14 años; Lucila, de 23; Alejandra, de 20; Paula Mauricia, de 22; y Marina, de 11. (Oscar Espinosa)
La pasión por el sóftbol está muy arraigada en la familia Tuz May, donde las cinco hermanas juegan en el equipo de las Diablillas. Abriendo el reportaje, de izquierda a derecha: Ana Cristina, de 14 años; Lucila, de 23; Alejandra, de 20; Paula Mauricia, de 22; y Marina, de 11. (Oscar Espinosa)

El humo se escapa sutilmente por la cubierta de hojas secas de una casa tradicional maya hecha a base de troncos en Hondzonot, una pequeña aldea de apenas cuatrocientos habitantes ubicada en la comunidad maya del municipio de Tulum, perteneciente al estado mexicano de Quintana Roo, en la Península de Yucatán. En su interior, sentada junto a una olla que burbujea sobre una cocina de leña situada en un rincón lleno de trastos colgando de la pared, una mujer está haciendo tortillas de maíz mientras su hija de tres años se entretiene con el móvil balanceándose en una de las hamacas que separan el espacio. En la esquina opuesta, decorada con dos pósteres grandes de un equipo femenino de sóftbol, un cachorro se refugia del calor bajo el techo de palma de huano parcialmente recubierto de hollín. «Torteamos dos veces al día, para el desayuno y el almuerzo, todos los días, tal y como se ha hecho siempre», dice Fabiola May Chulim, de 34 años, mientras palmea una bola de masa para dar forma a la tortilla, «pero nosotras somos capaces de más», concluye con una sonrisa esta ama de casa que, sin proponérselo, ha generado una revolución feminista que ha trascendido más allá de su pequeña comunidad.

Sin descuidar a la familia ni dejar de lado los trabajos del hogar, en 2018 Fabiola y unas cuantas vecinas empezaron a quedar algunas tardes en la cancha que está frente a sus casas para practicar deporte y tomarse un respiro de sus labores domésticas. Jugaban a algo parecido al béisbol, con palos improvisados, pelotas de tenis y sus propias reglas. Algo completamente inofensivo y lúdico que, sin embargo, despertó malestar en una comunidad con unos roles machistas muy arraigados. «La mujer no podía distraerse con otras cosas, tenía que quedarse en casa», explica Fabiola, que ya ha empezado a cocinar las tortillas en un comal de metal y las va apilando en un cuenco cubierto con un trapo. «A nuestros esposos y nuestros padres no les gustaba, no estaba bien visto, nos decían que estábamos perdiendo el tiempo». Pero ignorando todas las críticas y objeciones, siguieron quedando para practicar su deporte y, poco a poco, se fueron sumando otras mujeres del pueblo. Sin ninguna expectativa aparte de la de divertirse, decidieron participar en un torneo que organizó la municipalidad de Tulum en Sahcab Mucuy, otra comunidad maya cercana, y eso marcó el inicio de las Diablillas Mestizas de Hondzonot, el nombre que escogieron para su equipo de sóftbol para darle la vuelta a los desprecios recibidos y reivindicar su rebeldía.

 

Fabiola May Chulim prepara las tortillas de maíz que acompañan todas las comidas en su casa de Hondzonot. (Oscar Espinosa)

Sentada ante una máquina de coser, Alejandra Tuz May cose un hipil junto a su madre, Catalina May Chulim, quien también formó parte del equipo entre 2018 y 2020 y hoy sigue con orgullo a sus cinco hijas, que juegan al sóftbol. (Oscar Espinosa)

ROMPIENDO ESTEREOTIPOS DE GÉNERO, DESCALZAS Y VESTIDAS CON HIPIL

«Fue la primera vez que utilizamos un guante para jugar», recuerda Fabiola entre risas. «Los organizadores del torneo nos ofrecieron unas cuantas sesiones con Bernardino Borges, un reconocido entrenador de béisbol de Tulum. Él fue quien nos dio las primeras instrucciones para practicar este deporte y, más tarde, una entrenadora de Mérida, Tere Díaz, nos regaló un bate y nos entregó el reglamento del sóftbol y una tabla con pautas para entrenar por nuestra cuenta», añade mientras termina de poner la mesa para comer. Las Diablillas aprendieron las reglas del juego y, aunque incorporaron los guantes, cambiaron los palos por bates y se hicieron con protecciones para la catcher, decidieron practicarlo a su manera: descalzas y vestidas con hipil, la túnica blanca con motivos florales bordados que constituye la tradicional vestimenta maya. «Nos dijeron que nadie nos tomaría en serio si jugábamos así, pero queríamos demostrar que no se necesita tener una gran equipación para jugar y que podíamos preservar nuestra identidad indígena».

Dieciocho jugadoras de entre 9 y 38 años de esta remota aldea se encuentran todos los martes y jueves a las cuatro de la tarde para entrenar un par de horas en el campo de béisbol de Hondzonot, un extenso terreno ubicado a las afueras del pueblo lleno de baches con solo algunos trozos cubiertos de hierba y un diamante dibujado con cal delimitando las líneas del campo de juego, sin ningún sitio habilitado para poder sentarse. Un espacio donde antes no se les permitía ir y que, con su esfuerzo y tenacidad, se han ganado, al igual que el apoyo de los suyos, que hoy las animan a seguir jugando. La mayoría son amas de casa y madres que acuden al entrenamiento con sus hijos. «Nos vamos turnando para ir cuidando de los pequeños entre todas mientras entrenamos», dice Lucila Tuz May, de 23 años, mientras su hijo de tres juega con otros niños en un extremo del campo, que está delimitado por una frondosa vegetación. Lucila empezó a jugar con el equipo desde sus inicios en 2018, siendo una adolescente, y asegura que este grupo de mujeres fuertes y decididas ayudaron a forjar su carácter. «Las Diablillas me han empoderado, escogí el Día de la Mujer para escaparme de casa e irme con mi novio y lo único que me llevé fue mi guante de sóftbol», explica entre risas. Hoy vive en Chanchén Primero, otra aldea maya a unos pocos kilómetros de allí, y sigue acudiendo a todos los entrenamientos para encontrarse con sus cuatro hermanas que también juegan en el equipo y con el resto de sus compañeras. «Mi pareja sabe lo importante que es el sóftbol para mí y me apoya en todo, sin él no podría», dice Lucila, que hace poco ha empezado a jugar también con el equipo de su pueblo, aunque esta vez con uniforme y calzado. «Me costó acostumbrarme a correr con zapatos, es muy diferente, con el zapato te frenas», dice antes de volver a entrar al campo al ser sustituida por otra Diablilla en la improvisada guardería.

 

Beyli, la hija de Fabiola, juega con el agua que su madre saca del pozo situado en una de las plazas de Hondzonot. (Oscar Espinosa)

María Patricia May Canché, ama de casa y bordadora, con su hijo que la acompaña a todos los entrenamientos y partidos de las Diablillas. (Oscar Espinosa)

Su hermana Alejandra, de 20 años, es la capitana del equipo desde el año 2023 y quien dirige los entrenamientos. Ama el deporte y ya no quiere renunciar a él. Tiene muy claro que cuando se case asumirá las responsabilidades de ama de casa, esposa y madre que tradicionalmente recaen en las mujeres mayas, pero estos ocho años en los que ha formado parte de las Diablillas Mestizas de Hondzonot le han enseñado que no tiene que resignarse solo con eso. «Mi novio ya sabe que el sóftbol forma parte de mí y que no lo voy a dejar», dice segura de sí misma. Las dos horas de práctica transcurren en un ambiente distendido y alegre, con constantes carcajadas de las jugadoras que han encontrado en el equipo un espacio de sororidad donde pueden romper con su rutina y sentir que hacen algo por ellas mismas.

El empoderamiento de estas mujeres que se atrevieron a desafiar los estereotipos impuestos y que hace unos años hubiera sido impensable en una comunidad tan tradicional como la de Hondzonot, ha tenido un impacto en otras aldeas mayas de los alrededores, donde poco a poco se han ido formando más equipos femeninos de sóftbol. «Cada vez hay más equipos y más afición, mucha gente nos dice que somos una inspiración y esto nos hace muy felices», dice orgullosa Fabiola. «Hay equipos que juegan con uniforme y otros donde sus jugadoras van descalzas y con hipil como nosotras; unos equipos compiten en ligas que se han ido creando recientemente y otros solo juegan en partidos amistosos, pero, sea como sea, todas somos ganadoras haciendo algo que nos gusta». En 2021, como fundadora y representante del equipo, Fabiola fue recibida en el Palacio Nacional en el Centro Histórico de Ciudad de México por el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, quien reconoció la labor de las Diablillas Mestizas de Hondzonot y les dio visibilidad a nivel nacional, mostrando que a través del deporte se puede lograr transformar una sociedad.

 

Fabiola posa en su casa con un bate y un guante de sóftbol. (Oscar Espinosa)

Mabeli Guadalupe May Uu, de 13 años. (Oscar Espinosa)

«El hipil representa lo que somos haciendo lo que nos gusta», asegura con orgullo Gloria Carolina Be Segura, de 38 años, otra de las veteranas del equipo. Su hija Sofía es la Diablilla más jovencita del equipo, con tan solo nueve años. «Sofía me ha acompañado a todos los entrenamientos y partidos desde que tenía dos añitos. Llevaba mucho tiempo queriendo formar parte del equipo, pero a mí me daba cosa por si se hacía daño, pero insistió tanto que al final accedí y empezó a jugar con nosotras a los ocho años», dice mientras la observa de lejos cómo practica el pase y la recepción de la pelota con otra jugadora. «Los días que tenemos entrenamiento de sóftbol es cuando más contenta está y va al colegio sin rechistar». Gloria Carolina es ama de casa y atiende una pequeña tienda de abarrotes en el pueblo. Los martes y jueves se despierta antes para adelantar trabajo y poder quedarse libre para ir al entrenamiento. «Mi esposo o mi hijo de diecisiete años se ocupan de la tienda para que yo pueda ir a entrenar y a jugar los partidos», explica satisfecha por su pequeña victoria personal, «es mi momento, cuando me desestreso y me divierto con mis amigas».

En una calle sin asfaltar cerca de la tienda de abarrotes vive María Patricia May Canché, de 28 años, otra integrante del equipo. Llegó a Hondzonot hace siete años cuando se casó procedente de Xuilub, otra pequeña comunidad rural maya situada a 10 kilómetros de allí. «Al principio me sentía muy sola, extrañaba mucho a mi familia y caí en una depresión. Enseguida me quedé embarazada y tuve a mi hijo, pero no tenía ganas de hacer nada y cada vez me encerraba más en mí misma», dice tímidamente esta ama de casa y bordadora, «pero las Diablillas me cambiaron la vida». A pesar de sus reticencias iniciales, en 2022 Fabiola la convenció para unirse al equipo y entre todas las jugadoras consiguieron que María Patricia poco a poco se sintiera mejor y recuperara la ilusión. Hoy no se pierde ningún entrenamiento, al que acude con su hijo de cinco años que disfruta de las dos horas de práctica de su madre para jugar con los hijos de las otras Diablillas. «Pertenecer al equipo de las Diablillas significó entrar a formar parte de una gran familia. Es mucho más que simplemente practicar un deporte y desconectar durante unas horas de las tareas domésticas. Este es un espacio en el que nos sentimos respaldadas y acompañadas», asegura María Patricia. «Entre todas formamos una red de apoyo para el resto de jugadoras, siempre estamos allí cuando alguien nos necesita, como hicieron conmigo cuando yo llegué al equipo».

 

Lucila Tuz, a punto de golpear una pelota mientras su hermana Alejandra ocupa la posición de catcher. (Oscar Espinosa)

Varias jugadoras se dirigen a entrenar. (Oscar Espinosa)

En su pueblo, cuando era pequeña, María Patricia solía divertirse con sus amigos jugando al Caza Venado, un juego tradicional practicado en la Península de Yucatán que, aunque simula una caza simbólica en la que sus participantes representan a los cazadores y al venado, tiene muchas similitudes con el deporte que de adulta aprendería a jugar en Hondzonot y que le cambiaría la vida. «En el juego de Caza Venado lanzábamos una pelota desde cierta distancia hacia unos palos de madera que los demás jugadores habían dejado apoyados en la pared con el objetivo de tumbarlos, y en el momento que le dábamos a uno, el resto de los jugadores arrancaban a correr hacia una base mientras el dueño del palo que se había caído iba a buscar la pelota y la lanzaba contra los jugadores para evitar que llegaran a la base. Si lograba tocar a otro jugador con la pelota antes de llegar a la base, le pasaba el turno, y, si no, perdía un punto», explica entre risas María Patricia, «casi como en el sóftbol cuando vamos de una base a otra evitando que nos cacen».

 

Apolonia Nuat May, que empezó a jugar con las Diablillas a los 9 años y desde entonces no se ha perdido ni un entrenamiento. (Oscar Espinosa)

Las jugadoras de este equipo se han hecho famosas por jugar descalzas y vestir el hipil, la vestimenta tradicional maya. (Oscar Espinosa)

ENCUENTROS DE SÓFTBOL Y SORORIDAD

Unos días más tarde, las Diablillas Mestizas de Hondzonot se desplazan al campo de las Piñeras de Chanchén Primero para disputar un encuentro amistoso. Después de un pequeño calentamiento, Alejandra, la capitana del equipo, da las últimas instrucciones a sus compañeras ante la atenta mirada de algunos seguidores que desde la pequeña grada del campo esperan que dé comienzo el encuentro. El partido empieza con las Diablillas defendiendo el campo mientras las Piñeras batean. Ya dentro del diamante, en cuclillas y con las defensas propias de catcher colocadas sobre su hipil tradicional maya, Ana Cristina Tuz May, de catorce años, espera concentrada el lanzamiento de Mabeli Guadalupe May Uu, de trece años, que en este primer turno ocupa la posición de pitcher de las Diablillas. La bateadora de las Piñeras golpea con fuerza la pelota hacia el centro del campo y empieza a correr hacia la primera base mientras Adelaida Canul Dzib, de 34 años, intenta atraparla al aire para eliminarla. Durante las casi dos horas que dura el partido, los dos equipos se suceden en sus siete turnos de bateo intentando realizar el mayor número de carreras y tratando de eliminar a las bateadoras y a las corredoras del equipo contrario cuando les toca defender el campo, con ánimo competitivo pero con mucha complicidad entre todas las jugadoras, que reciben ánimos y vitoreos del público por partes iguales.

«Reconozco que al principio no me hizo ninguna gracia que mi esposa jugara a sóftbol por lo que diría la gente, ya que normalmente era solo cosa de hombres, y me opuse», confiesa el esposo de Fabiola, Esteban López González, de 31 años, mientras sigue el partido con atención desde las gradas junto a sus hijos de diez y tres años que no paran de aplaudir y animar a su madre y al resto de jugadoras. «Pero poco a poco vi lo importante que era para ella y empecé a seguirla y a apoyarla. Estoy muy orgulloso de todo lo que han ido consiguiendo». El juego termina 12 a 5 a favor de las Piñeras, pero las Diablillas regresan a Hondzonot con el mismo ánimo y entusiasmo con el que han llegado al partido, sintiéndose ganadoras a pesar del resultado final. Y, aunque todavía saben que les queda un largo camino por recorrer, están satisfechas de poder seguir practicando el deporte que tanto les gusta y con el que se han convertido en todo un símbolo de resistencia, rompiendo barreras sin dejar de lado su identidad y convirtiéndose en un modelo a seguir para las nuevas generaciones. El impacto y reconocimiento que ha tenido este grupo de mujeres ha traspasado los límites de su pequeña comunidad rural, como lo evidencia un enorme grafiti pintado por el colectivo de arte urbano Pinta o Muere, que les rinde homenaje en Playa del Carmen, en la costa caribeña de la Península de Yucatán.

Celebración de un partido a pesar de la derrota. (Oscar Espinosa)

Sofía Renata May Be, de 9 años, posando junto a su madre, Gloria Carolina Be Segura, de 38 años. (Oscar Espinosa)

La fama que han ido adquiriendo durante estos años las Diablillas Mestizas de Hondzonot ha hecho que reciban muchas invitaciones para disputar partidos en otros campos fuera de la comunidad maya donde suelen jugar. «Nosotras no cobramos para ir a jugar, no buscamos fama ni dinero, jugamos por amor al deporte», explica Fabiola, «no tenemos transporte, así que nos suelen ayudar con la gasolina para poder desplazarnos». Así es como estas mujeres, que probablemente si no hubiera sido por el sóftbol nunca hubieran salido de su remota comunidad, han recorrido gran parte de la Península de Yucatán compartiendo experiencias con otras deportistas y representando con orgullo la cultura maya. Pero, sin duda, la experiencia que más las ha marcado ha sido la que vivieron en febrero de 2025 en Ciudad de México, donde las Diablillas Mestizas de Hondzonot fueron invitadas para realizar una pequeña gira de tres días en la que jugaron cuatro partidos amistosos y que culminó en el estadio Alfredo Harp Helú, el impresionante campo de los Diablos Rojos de México que puede llegar a recibir a 20.000 aficionados, donde lanzaron la primera bola del partido de la Liga Mexicana de Sóftbol femenino que disputaron el equipo local Diablos Rojos Femenil contra el equipo visitante Sultanes Femenil de la ciudad de Monterrey. «Ese día cumplimos un sueño, nunca imaginamos que llegaríamos tan lejos», dice Fabiola emocionada recordando los duros inicios. «Ahora la pregunta no es quién nos dará permiso, sino quién nos podrá detener».