01/02/2015

El espejo distorsionado del urbanismo en el cómic
IBAI GANDIAGA PéREZ DE ALBENIZ
42arkitektura836_1

El género de la historieta, o el cómic si se prefiere, se enfrenta ante los otros medios de expresión artística como un arte disminuido, surgido directamente de la cultura popular y alimentado durante décadas por esta. Es un arte que tiene una consideración muy distinta en los estados español y francés, siendo en este último una importante influencia cultural y social. Muestra de esa consideración la tiene la exposición que sobre la obra de los belgas François Schuiten y Benôit Peeters se está llevando a cabo hasta el próximo día 5 de marzo.

Bajo el título “Revoir Paris”, la Cité de l’Architecture nos invita a descubrir una mirada estrábica sobre un París futurista, aprovechando el lanzamiento del cómic homónimo. Este primer tomo de una bilogía se enclava fuera de la serie “Las Ciudades Oscuras”, que ha encumbrado al dibujante Schuiten y al guionista Peeters a los altares del cómic y de la arquitectura fantástica.

Por tanto, no es de extrañar que un museo con una línea curatorial sobre urbanismo lleve a cabo exposiciones sobre disciplinas artísticas que analizan el hecho urbano desde otra perspectiva. Y sin embargo, la disciplina del cómic sigue siendo un hermano pobre de otros parientes cercanos, como el cine o la pintura.

Es curioso recordar las palabras del libro “Saber ver la arquitectura”, de Bruno Zevi, si fueran aplicadas al cómic: «El público se interesa por la pintura y la música, por la escultura y la literatura, pero no por la arquitectura. Un intelectual que se avergonzaría de no conocer a un pintor (…) confiesa sin recato no saber quién es un Buontalenti o un Neutra». Más allá de que esas referencias de 1948 nos puedan quedar lejanas, lo cierto es que hoy por hoy, la arquitectura ha adquirido una relativa fama e importancia. Y sin embargo, el cómic queda relegado a anécdotas de, sobre todo, la poderosa maquinaria de las editoriales Marvel y DC.

Pero curiosamente, el imaginario colectivo posee gran parte de las ciudades de las historietas poderosamente enraizadas, en parte también por la alianza tácita entre cómic y cine. Las “ciudades invisibles” de Gotham City, Neo Tokio, Mega City One, Sin City o Metropolis comparten un halo mitológico con otras verdaderas, como el Londres de Alan Moore, el Nueva York de Marvel Cómics o el París de Enki Bilal. El cómic adolece del complejo que Isaac Asimov postuló como «bufón de la corte», es decir, aquel que nadie toma en serio y que, precisamente por eso, es capaz de soltar las mayores verdades frente a los poderosos sin temor alguno. Pocas metáforas más potentes tuvo el urbanismo brutalista de los años 60 y 70 en Gran Bretaña que las viñetas de la revista “2000 AD” y el personaje del Juez Dredd de Wagner y Mills. Del mismo modo, la lectura de la obra magna de Katsuhiro Otomo, “Akira”, nos da un escenario adecuado para entender el manifiesto metabolista de Kisho Kurokawa y compañía, igual que las aventuras de Spider Jerusalem en “Transmetropolitan” de Ellis y Robertson nos dan pistas sobre la ciudad de urbanismo global.

De esta manera, llegamos a la serie de Schuiten y Peeters “Las Ciudades Oscuras”, obra de culto casi desde la aparición de “Las murallas de Samaris” en 1983, aunque fue “La fiebre de Urbicanda” la que dio comienzo al culto, recibiendo en 1984 el premio al mejor álbum en la prestigiosa Feria de Angouleme. A esos títulos siguieron nueve más, así como numeroso material complementario, como libros de ilustración y diseño, documentales o guías del fantástico continente, donde se encuentran las ciudades de Samaris, Brüssels, Pahry, Urbicanda, Xhystos o Tharo.

Y es que pocas obras representan mejor que la serie de los belgas el poder de análisis y crítica de un medio como la narrativa gráfica; según los autores, las historias contadas en “Las Ciudades Oscuras” es aquello vivido en un mundo que es un espejo distorsionado del nuestro y allí, las civilizaciones crecen alrededor de las ciudades, hasta tal punto que su estilo, crecimiento y funcionalidad definen el tipo de sociedad: existen ciudades ordenadas, pulcras, ortogonales, donde los “urbatectos” adquieren poder decisorio y político, discutiendo sobre cuestiones de estado como la composición y la simetría, mientras la ciudad se divide entre una orilla desarrollada y habitada por la clase pudiente, y otra dejada de lado con el proletariado como habitante. En otras ciudades, en cambio, se destruyen enormes zonas de arquitectura organicista para dejar paso a una red de variantes, viales elevados de autopistas y edificios de oficinas ortogonales. Como buen cómic francófono, nos deja en esta de déjà vu permanente.