01/03/2015

Sentarse con la arquitectura
IBAI GANDIAGA PéREZ DE ALBENIZ
42arkitektura839

La idea de confort no es tan antigua como pudiera parecer. De hecho, es un elemento novedoso que da una pista sobre cuándo se introduce la Modernidad en la arquitectura. Y si con algo podemos asociar la palabra confort es con la manera de sentarnos en nuestra casa después de un día de trabajo.

Es así como llegamos a entender el porqué del simbolismo del mobiliario para los arquitectos. Las sillas “de arquitecto” han sido muchas veces tomadas por incómodas –algo verdadero en muchos casos–, pero siguen poblando las revistas de interiorismo y presentes en el momento en el que el cliente quiere tener un toque culto en su decoración.

Un reciente revisionismo de la historia de la arquitectura efectuado por el arquitecto Rem Koolhaas como comisario de la Bienal de Arquitectura de Venecia venía a evidenciar la importancia del desarrollo de los elementos arquitectónicos (ventana, puerta, cocina, muro) para poder comprender la arquitectura. Así, quiso Koolhaas desproveer a la Bienal del clásico discurso de «este año se lleva esto» e ir un poco más allá. Irónicamente, esa falta de ideario o discurso es «lo que este año se lleva», pero eso es harina de otro costal.

Las cosas han cambiado desde que Alvar Aalto o Marcel Breuer diseñaban sillas; las circunstancias son otras. Los diseños más valorados de sillas atribuidos a arquitectos datan de finales del siglo XIX y principio del XX, cuando la industrialización no había copado toda la producción industrial y el fabricado de sillas seguía siendo una artesanía. Tal vez ese sería el mérito de Breuer, que, obsesionado con el modo de fabricación del coche modelo-T de Henry Ford, diseñó la silla B3, también llamada “Wassily” en honor al mismísimo Kandinsky, compañero profesor de Breuer en la escuela Bauhaus en Dessau. Cierto es que el austriaco Michael Tonet ya había usado ese sistema en 1859 con la silla Tonet, una de las piezas de diseño industrializadas más vendidas del siglo XIX, pero Breuer adquirió un aura de sacralidad por el diseño, por la Bauhaus, que Tonet no tendría, siendo asociado el diseño de este con un antiguo régimen ideológico. La silla Wassily es uno de los iconos más reconocibles de un diseño moderno y parte de un doblado inteligente de tubos de acero –elemento industrial y, por lo tanto, mecanizable y replicable– para conseguir una silla “en voladizo”.

Podemos rastrear la historia de la arquitectura con las migas de pan que van dejando las sillas diseñadas por arquitectos. Podemos ver el deseo de aunar un sentido moderno de la tradición con un espíritu clásico de la silla nº 6516 de Otto Wagner. Vemos puro expresionismo centroeuropeo en el movimiento de la silla Zig-Zag de Gerrit Rietveld. Si saltamos a Finlandia, más o menos durante el mismo periodo que Rietveld, podremos sentarnos en un sinuoso sillón de madera plegada de Alvar Aalto, que imprimía a sus diseños un organicismo que vendría a conformar el 99% de la tendencia actual en mobiliario. Pero podríamos avanzar un poco en el tiempo y situarnos en el Baby Boom tras la Segunda Guerra Mundial, y en el inicio de la era del plástico. Ahí nos encontraremos a Eero Saarinen, quien diseñaría la silla Tulip, siendo uno de los primeros diseños de poliéster reforzado con fibra de vidrio moldeados en una sola pieza.

Hoy en día, la industria ha evolucionado con los materiales sintéticos y la mecanización, y los diseños novedosos parten de la disciplina del diseño industrial. Un ejemplo lo tenemos en el norte de Euskal Herria con el diseñador industrial Jean Louis Iratzoki, natural de Donibane Lohitzune y con estudio en Azkaine. Recientemente ha presentado en la feria Maison & Objets de París la silla Kuskoa bi para la firma Alki, un mueble realizado en parte con un polímero biodegradable. Ese nivel de investigación sobre las aplicaciones de los materiales tal vez fuera factible a finales de siglo XIX, pero hoy en día exige una necesaria especialización.

El diseño de mobiliario podría parecer un tema menor, pero es una buena manera de realizarle un test de Roscharch a la sociedad. El geógrafo David Harvey realizaba un análisis del control urbano de Los Ángeles y ponía como ejemplo los bancos cilíndricos, pensados para que los vagabundos no los usaran. Del mismo modo, de una manera inconsciente, los diseñadores urbanos han colocado durante una década asientos unipersonales en parques y plazas, a modo de un niño que dibuja una escena sangrienta cuando le dan un papel en blanco y rotuladores. Estos dos gestos mencionados dicen mucho de la sociedad que los crea, e invita a pensar que una silla no es una simple silla, sino un acomodo para nuestra propia vida.