
La iglesia de San Francisco de Asís de barrio gasteiztarra de Zaramaga fue testigo de la muerte a manos de la Policía Armada de cinco trabajadores el día 3 de marzo de 1976, hace casi medio siglo. Eran trabajadores en huelga que habían acudido a una asamblea conjunta que había abarrotado el templo y sus arededores. Fueron 18 las asambleas que acogió solamente esta iglesia durante aquellas semanas.
Las asambleas y su capacidad fueron precisamente el tema de debate ayer en por la tarde en la mesa redonda titulada ‘‘La asamblea como método y espacio de comunicación’’, la segunda organizada en la Casa de Cultura Ignacio Aldecoa en el marco del 50 aniversario de la masacre. La primera la protagonizaron periodistas.
Participaron Rosi Iñigo, entonces trabajadora que había sido despedida de la fábrica Areitio, Arturo Val del Olmo, trabajador de Talleres Velasco y Txato Soubies, de Forjas Alavesas. La moderación corrió a cargo del periodista Txema Ramirez de la Piscina.
Según destacaron todos los ponentes, el papel principal que cumplían las asambleas era de elemento empoderador, porque gracias a ellas «la gente cogió autoestima, fuerza y confianza», detalló Soubies. «Lo que la gente decidía, lo hacíamos todos», añadió. Esa característica de participación y unión entre los trabajadores destacaba, sobre todo, en las asambleas conjuntas, a las que acudían obreros de todas las empresas de Gasteiz y que se celebraban además de las que se hacían en cada empresa.
Arturo Val del Olmo añadió que aquellas reuniones en las que se tomaban decisiones respecto al desarrollo de la huelga, constituían «un proceso en el que la clase trabajadora construimos una identidad frente a la de los empresarios». Recordó que estos últimos y la dictadura que acababa de ver morir a Franco «eran lo mismo, porque tenían el entramado de la Diputación, el Ayuntamiento y los medios, que estaban a su servicio».
Las mujeres, el sostén de la huelga
Rosi Iñigo, que entonces tenía 26 años, había sido despedida hacía uno de Areitio, una fábrica cuya plantilla estaba compuesta mayoritariamente por mujeres. Sin embargo, Iñigo decidió participar en las asambleas y colaboró sobre todo con las mujeres, que también participaron muy activamente en las movilizaciones.
Así lo subrayó Iñigo, que explicó que muchas mujeres «de 40 y tantos y 50 años que eran amas de casa, hasta entonces siempre habían pensado en cuidar a sus hijos y a sus maridos, pero veían cómo llegaban a casa sus maridos, cansados, y que se agotaba el dinero». Así, se formaron grupos de mujeres que se dedicaron, entre otras cosas, a colocar huchas en los bares para recaudar dinero, recoger alimentos de las tiendas y ofrecer comidas.
Val del Olmo enfatizó, también, en que, a pesar de que se creía que las mujeres «tenían menor riesgo» de ser agredidas por la Policía, en los piquetes recibían «tantos o más palos» que los hombres. Lo corroboró Rosi Iñigo, que recordó que los policías les llamaban «alcahuetas», «marranas», «malas madres» y «putas», entre otras cosas.
Votos a mano alzada
Como las asambleas eran muy participativas, los votos que se traducían en decisiones importantes se hacían a mano alzada. «Lo primero que hubo que decidir fue cómo decidir», resumió Val del Olmo. Así, viendo que «la patronal quería que votáramos en secreto», decidieron que «al margen de si el voto secreto era más libre o no, llegamos a la conclusión de que a nosotros no nos interesaba».
Es el voto a mano alzada y público, precisamente, el que «te hace a ti responsable frente al conjunto y tienes que asumir la responsabilidad porque lo demás saben qué has votado». En contraposición, el secreto «beneficia a la patronal», explicó Val del Olmo, «de acuerdo con el principio de la idea de ‘divide y vencerás’ del capitalismo».
Resumió que «la asamblea era la democracia directa que al poder no le gusta nada» porque «refuerza la seguridad del colectivo frente al miedo y hace comprender la fuerza que tiene la unidad». Por ello, «no se coaccionaba a nadie para intervenir, eran opiniones que se compartían». «La mejor medicina contra el sectarismo es la participación masiva», añadió el que fuera trabajador de Talleres Velasco.
Era por esta unidad entre obreros por lo que, según dijo Txato Soubies, «no gustaban las iniciativas individuales». Así, trabajaban y se movilizaban en conjunto tanto los alaveses, que según Soubies «eran la mayoría», como gallegos, riojanos, leoneses, andaluces y extremeños, entre otros orígenes, que en aquellos años repoblaron Gasteiz hasta los 170.000 habitantes con los que contaba la ciudad aquel año 1976.
Respuesta a las muertes
Para Soubies, «pocas veces ha habido mártires y héroes recordados con tanto cariño, sentimiento y emoción como los nuestros», los cinco obreros muertos por la Policía: Pedro María Martínez, Francisco Aznar, Romualdo Barroso, José Castillo y Bienvenido Pereda.
A Rosi Iñigo la masacre le causó «dolor, tristeza, desazones y miedo, claro», por lo que concluye que «hay que colaborar y estar con la gente». Aunque lamentó el individualismo que ella percibe en la sociedad, recalcó las luchas de las trabajadoras de las residencias o la que actualmente viven los trabajadores de Aiaraldea.
Arturo Val del Olmo expuso que «una de las lecciones del 3 de Marzo es que hay que coordinar las luchas» porque, «en cada empresa nos enfrentamos a los empresarios y ellos son más fuertes si estamos divididos». En este sentido, incidió en que «no solo hay que confluir» en la huelga general convocada para el próximo 17 de marzo.
Agradecieron a las asociaciones Martxoak 3 y Memoria Gara por «mantener el vínculo entre la matanza y el futuro del movimiento obrero».

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