«Creímos que el campo popular había logrado un triunfo irreversible»
El escritor y sociólogo Mario Santucho analiza el presente de Argentina en un contexto de avance del negacionismo. Su padre, Mario Roberto Santucho, fue secretario general del PRT y comandante del ERP. Murió en un enfrentamiento con el Ejército. Su madre, detenida, permanece desparecida.

Hoy Argentina conmemora los cincuenta años de la más cruenta dictadura cívico-eclesiástico-militar instaurada en marzo de 1976, en un contexto enrarecido por la arremetida constante del gobierno de Javier Milei (aliado confeso de Estados Unidos e Israel) contra las políticas en defensa de los derechos humanos, de las que el país supo ser ejemplo. La fecha llega además con rumores sobre la posibilidad de un indulto masivo a los genocidas. Y si bien la Constitución nacional y los tratados internacionales indican que los crímenes de lesa humanidad no se pueden indultar o amnistiar, los ecos de una nueva afrenta contra el Nunca Más, resuenan con fuerza. Periodista, investigador y director de la revista “Crisis”, Mario Santucho es una referencia indiscutida a la hora de pensar la Argentina de Milei en el contexto de los 50 años del golpe, en tiempos en que los derechos humanos son ninguneados y se disputa la narrativa por la memoria.
Asistimos a la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado en un contexto de claro retroceso en cuanto a las políticas de memoria, verdad y justicia. ¿Cuál es su análisis de la coyuntura?
Lo que está pasando irrumpe en el tejido de la memoria, lo conmueve, lo desacomoda. Lo que demuestra este presente se relaciona con una crítica al progresismo, pero no solo el progresismo entendido como corriente política sino, sobre todo, como concepción del tiempo y de la historia bajo esta idea de progreso, de que la historia humana va y es una acumulación de conquistas en pos de la libertad y de la emancipación. Veníamos, en ese sentido, con importantes avances en materia de memoria, con la construcción de una narrativa histórica, colectiva y social interesante.
Y por momentos sentíamos que esos logros eran inexorables o irreversibles. El progresismo supone eso, la inexorabilidad de esos avances. El nivel de conquista de esos consensos sociales fue muy alto y, sin embargo, cambia la realidad política y, de repente, toda esa memoria queda amenazada y cuestionada, sobre todo en discursos que pensábamos que habían quedado en el pasado. Esto es una primera constatación que considero dolorosa y complicada, pero a la vez muy interesante porque nos muestra cómo funciona la vida; es la posibilidad de tener capacidad crítica frente a las ilusiones que uno se hace.
Yo creo que buena parte de nuestro campo político –y ahí sí hablo de progresismo como campo político– tuvo la ilusión de que había logrado un triunfo irreversible, con un claro consenso social respecto de la condena a la dictadura militar. Constatar, además, que puede volver a gobernar una fuerza de ultraderecha violenta, fascista, de la mano de los votos, es el principal elemento de ruptura con esa ilusión que nos habíamos hecho. Lo segundo tiene que ver con la realidad política de hoy, con la reaparición del fascismo, de una fuerza que rompe todos los consensos democráticos que se habían instalado y, sobre todo, que nos agarra desarmados, desprevenidos.
¿El desafío, entonces, pasa por reacomodar las fuerzas?
Se cumplen cincuenta años del golpe de Estado, va a haber una reflexión general sobre qué significa el aniversario del golpe en este momento, y me parece que lo más importante es aceptar que debemos salir ya del espasmo, de la queja, del llanto, y tratar de ver qué es lo que tenemos que recuperar, qué es lo que hemos perdido. Yo al menos percibo que hay una cierta inflexión en esto, una inquietud más general.
Tenemos que intentar ver cuáles son los desafíos; no tendremos soluciones inmediatas ni recursos a mano que nos solucionen el problema aquí y ahora, pero empieza a haber una disposición colectiva de asumir que estamos en este momento; algo así como dejemos de tener nostalgia de; asumamos de frente el dilema que tenemos.
Yo creo que nosotros estábamos desarmados, no lográbamos pensar en términos de enemistad y esto tiene que ser una enseñanza para lo que viene. Implica reconocer quiénes son nuestros enemigos, conocerlos, definirlos; pasar de una crítica del poder a detectar quiénes son los enemigos que tenemos que derrotar en los próximos eventos políticos en los que podamos tener ciertas relaciones de fuerza más favorables, cuando reconstruyamos nuestra fuerza como campo político. Un caso muy claro es el sector de los agronegocios, los principales concentradores de la riqueza en Argentina, que la expropian además y sobre la cual fundan una soberanía que es mayormente antidemocrática porque tienen el control sobre la mayoría de las exportaciones y entonces controlan las divisas y la moneda. Eso es un poder claramente antidemocrático y no hay consenso, no hay posibilidad de negociación con ellos, si no se recupera la soberanía nacional y democrática sobre esos recursos. Y así como eso, muchos otros ejemplos.
Plantea la noción de posdemocracia como vía de análisis para entender el presente. ¿Cómo se articula?
Es un escenario complejo. En esta idea de que estamos ingresando a un periodo posdemocrático, tanto en el plano institucional como en el plano de la representación política, no va a haber posibilidad de modificar las reglas de juego en el corto plazo, porque se están imponiendo y se van a consolidar consensos antidemocráticos que yo básicamente los describo como la intervención en el plano de la decisión y la discusión política de poderes antidemocráticos que presionan sobre el campo democrático, reduciendo las posibilidades. Eso es lo que estamos viendo y lo que vimos en los años noventa.
El campo de la representación política se va a ver constreñido en sus posibilidades. Para que eso se reabra tiene que emerger un contrapoder que desde afuera desarme esos consensos antidemocráticos. Debemos retomar la idea de una estrategia política en un momento como este. Eso es lo que en definitiva significa un movimiento revolucionario, la ampliación del campo de lo posible. Es menos hacer el comunismo, el socialismo, desplegar un programa de cómo creo que tiene que ser el futuro y es más bien una conmoción que abre el campo de lo posible en el sentido de la emancipación, en el sentido de la democracia real, no de una democracia formal.
Está trabajando en un libro sobre la caída de su padre a manos de las fuerzas represivas en julio del 76. Más allá de todo simbolismo, ¿hay un peso en ser miembro de la familia Santucho? ¿Cuánto hay del legado de tu padre en tu propio recorrido militante?
Sí, el apellido Santucho tiene una carga simbólica importante. Obviamente, muchas de las cosas que yo hago están organizadas en torno a esa especie de mandato que uno tiene, un mandato histórico-ético que tiene un peso, pero me parece que es un peso muy interesante. Creo que desde lógicas más individualistas uno podría decir que se identifica esa densidad histórica o ese vínculo con la familia propia (aunque tampoco es con la familia, sino con una historia en particular). Se podría ver como algo que oprime; como una opresión. Yo creo que hay que pensar en pesos que no son opresivos sino que son constitutivos, más bien diría que son pisos más que opresiones, son marcas éticas fundamentales.
El problema no es el tener una raíz. Creo que las raíces son fundamentales, cada vez más, sobre todo en este mundo contemporáneo totalmente volátil organizado más en función de las imágenes de felicidad que uno consume o produce. Siento que hay que reivindicar el apellido, pero haciendo un esfuerzo muy grande para que ese peso no se convierta en algo que me determine y me reste espacios propios de creatividad y tensión. Yo creo que siempre fuimos bastante desenfadados en ese sentido y bastante poco nostálgicos.
La experiencia de haber llegado a mis 18 años y haberme juntado con un grupo de jóvenes que transitaba su experiencia universitaria tratando de vincular lo nuevo con experiencias como el movimiento campesino o la recuperación de la cuestión indígena para mí fue muy importante.
Muchas veces el pasado tiene un montón de elementos que son, en tanto memoria, la existencia de futuros que han sido cortados, han sido destruidos pero que están latentes y pueden emerger.
Esa fue mi experiencia en la universidad, pero luego vinieron experiencias militantes muy ricas; el colectivo Situaciones (se refiere al grupo de pensamiento surgido en la facultad de Sociología en la Universidad de Buenos Aires, UBA); el surgimiento de HIJOS, del cual participé en su fundación, que respondía más bien a una discusión con nuestros padres, con la idea de recuperar sus sueños y proyectos y su compromiso ético y a la vez el cuestionamiento a ciertas nociones políticas que nos parecía que tenían sentido en los 70 pero ya no en los 90.
Siempre decíamos que para hacer lo mismo que ellos hay que cambiar. Luego, a partir de 2010, el desafío de reeditar una revista tan mítica, que quedó en la memoria cultural argentina como uno de los hitos más importantes y que lanzamos con la idea de continuar esa tradición pero rehaciéndola a partir de nuestros propios desafíos. Yo creo que se puede mantener una cierta fidelidad; ser fiel a nuestras raíces y, a su vez, estar infinitamente comprometidos con los desafíos del presente, no solo del pasado necesariamente.

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