Ainara Lertxundi
GARAren edizio taldeko kidea / Miembro del equipo de edición de GARA
Entrevue
Gabriel Gatti
Sociólogo, catedrático de EHU y coautor del libro «Vidas des-contadas»

«La palabra refugio es una de las tantas que tenemos que repensar y rehacer»

Gabriel Gatti, investigador del equipo ViDes, es uno de los coautores de «Vidas des-contadas» (La Oveja Negra). Montevideo, París, Buenos Aires, Ourense, Milagro o Bilbo son algunos de los sitios que recorre el libro para mostrar «vidas sin relato, sin registro».

El sociólogo y miembro del equipo de investigación académica ViDes en Donostia con un ejemplar del libro «Vidas des-contadas».
El sociólogo y miembro del equipo de investigación académica ViDes en Donostia con un ejemplar del libro «Vidas des-contadas». (Jon URBE | FOKU)

«¿Cómo es la existencia cuando no hay cobijo, ni protección ni refugio? ¿Se existe sin la visibilidad que da ser parte de un relato común o de un registro? ¿Cómo es posible contar si no se tiene ni cuentas ni cuentos, si todo aquello que buscamos contar quedó fuera de todo ‘registro sensible’?».

Son algunas de las preguntas que el grupo de investigación académica Equipo ViDes intenta responder en el libro colectivo “Vidas des-contadas”, publicado recientemente por la editorial La Oveja Roja con ilustraciones de Daniel Piqueras Fisk.

Tal y como resaltan sus autores, entre ellos el sociólogo Gabriel Gatti, han querido «contar vidas descontadas, sin cuento, o sea, sin relato, sin registro, sin cuidado. Contar vidas sin protecciones, que no reciben atención. Que ya no sentimos, pero que están por todos lados. Y están, claro, en Montevideo o en París o en Monterrey o en Ciudad de México o en Sao Paulo o en Buenos Aires o en Ourense y València, o en Milagro o Dénia. Y hasta Palo Alto o Bilbo llegaron. Todos esos lugares están llenos de vidas des- (desamparadas, desprotegidas, desvinculadas, descuidadas, desterritorializadas, desaparecidas)».

El término «refugio» aparece en gran parte de los relatos. ¿Qué dimensiones adquiere?

El libro nace de un proyecto de investigación cuyo eje era la desaparición, pero entendiendo la desaparición como un fenómeno planetario que va más allá de situaciones puntuales y violentas como fueron las dictaduras latinoamericanas. Queríamos abordar la desaparición de los viejos refugios.

Donna Haraway dice que ‘la tierra está llena de refugiados, humanos y no humanos, sin refugio’, nos habla de la pérdida de espacios donde protegerse.

Por un lado, hemos constatado el desborde de los viejos refugios y, por otro, el crecimiento brutal y exponencial de vidas expulsadas, desaparecidas, así como un fenómeno paralelo de invención de nuevos espacios donde poder llega a ser. Lo que se llega a ser en esos pequeños espacios es algo que merece ser pensado y estudiado.

Me viene a la mente un tipo en Uruguay a quien llaman ‘el hombre árbol’. Es un antiguo profesor de Secundaria que vive en la calle. Tan pronto te habla del principio de incertidumbre de Heisenberg como se encierra en un parque de Montevideo, hace un agujero debajo de un árbol y se abraza a sus raíces. Se protege en ese agujero, en alianzas con otros seres que no necesariamente son humanos.

La idea de refugio es una de las tantas palabras que tenemos que repensar y rehacer, junto a la de humano y el sentido de vida. Los viejos nombres –sujeto, vida, humano, persona, refugio, identidad– describen poco.

Otra de las obsesiones del libro es la pérdida de capacidad descriptiva y analítica. El lenguaje que tenemos para pensar lo que tenemos delante, solo alcanza para llegar y asomarte. Una vez que te metes en cualquiera de las situaciones que describimos, te das cuenta de que está agotado.

¿Qué han querido plasmar con  el prefijo «des»?

Es el denominador común de un montón de cosas de mierda de este mundo contemporáneo. Refugio, protección, aparición, existencia, institución, espacio, tradición… era lo que éramos antes. Ahora no sabemos muy bien lo que somos. Lo único que podemos decir es que somos lo que antes éramos, pero con ese prefijo por delante; somos el desajuste y la ruina de aquello que éramos. La revista argentina “Anfibia” habla de que el viejo periodismo llega hasta los anteúltimos, se acerca hasta los últimos, pero aquellos que están al otro lado se quedan sin relato.

Uno de los relatos aborda los nacimientos sin ningún registro durante los procesos migratorios de sus madres. Y plantea la siguiente pregunta: ¿Quién va a buscar a alguien que no existe?

Me viene a la mente la brutal paradoja de los desaparecidos en México, donde los pobres más pobres no tienen papeles. Para el Estado existen de un modo muy distinto al que existimos tú o yo, que tenemos cuentas corrientes, carné de conducir…., o sea, un montón de cosas que nos hacen existir.

Cuando desaparecen no se les puede buscar de ninguna manera oficial porque nunca han existido. La paradoja de las madres buscadoras de México es que es en el momento en que desaparecen, que equivale a muertes espantosas, cuando por primera vez aparecen para el Estado.

 

«La paradoja de las madres buscadoras en México es que es en el momento en que desaparecen, que equivale a muertes espantosas, cuando por primera vez aparecen para el Estado»

 

El expresidente José Luis Rodríguez Zapatero planteó papeles para los sin papeles. Esa frase encerraba un gesto de reconocimiento, de dotarles de algo que les diese cierta existencia de modo que sean reconocibles por todo un aparato que de otro modo no los va a asumir.

¿Somos conscientes del valor que adquiere tener papeles?

Investigando la desaparición en Argentina, la directora del registro de Uruguay me dijo que ‘nacemos con un papel en la boca y morimos con un papel en el culo’. Somos sujetos con una identidad absolutamente localizada desde el principio hasta el fin. Aunque la persona desaparecida pasaba por un espanto y una situación de desaparición real, en esos casos era relativamente fácil rastrear. Lo que a mí me sobrecogió fue confrontar esta situación con la apatridia, el olvido y la falta de papeles.

En el caso de las vidas sobre las que trabajamos en el libro, que son infinitas, no hay registros de ningún tipo, siempre han vivido en un lugar en el que no hay identidad. A veces ni siquiera hay posibilidad de un nombre.

Recuerdo una fosa común en Brasil donde presuponían que había un montón de desaparecidos de la dictadura, encontraron a cinco. Su ADN pudo ser cotejado con el de familiares y así se procedió a su identificación.

Pero en la fosa aparecieron otro montón de cuerpos destrozados que no pudieron ser identificados porque no había nada con qué cotejarlos, porque era gente que ni siquiera había tenido un nombre.

Otro prefijo que recorre el libro es «re».

Cuando ocurrían situaciones que merecían el prefijo «des», rápidamente poníamos en marcha el ejército de los «re»; recuperaban, restituían aquello que se perdió, rehacían la memoria rota. Ahora, esas narrativas en clave de ‘re’ se han quedado agotadas.

Desde el lugar en el que trabajo, la universidad, y desde mi disciplina, la sociología, me produce una angustia real ver que seguimos muy anclados en esas narrativas; ante la desintegración, la reintegración; ante la expulsión, la recuperación…

 

«Como los viejos antropólogos, tenemos que meter la cabeza entre los monstruos. En las afueras del refugio vive más gente que adentro y esas afueras requieren otra mirada»

 

Aunque pueden funcionar y recuperar a gente, tengo la sensación de que se nos quedan un montón de cosas fuera que requieren de un nuevo lenguaje que no es en clave de ‘re’.

Como los viejos antropólogos tenemos que meter la cabeza entre los monstruos. En las afueras del refugio vive más gente que adentro y esas afueras requieren otra mirada.

El genocidio en Gaza o la última agresión a Irán y Líbano han puesto de manifiesto la deshumanización del «otro».

A Donald Trump hay que agradecerle que ha hecho visible lo que ya existía. Esta tendencia venía de muy atrás. Los gestos ya no de desprecio, sino de absoluta prescindencia de Trump, Netanyahu, Milei, Bolsonaro es un dato de esta época, pero no creo que sea algo exclusivo de estos dos últimos años. Gaza es el dictamen definitivo de que la era humanitaria ha terminado.

¿Quedan herramientas para que todas esas vidas «descontadas» cobren visibilidad?

La maquinaria de generar orden a partir de los dispositivos que conocíamos ya no funciona, requiere de un paso hacia adelante. No se trata de volver, sino de ir en otra dirección. ¿En cuál? Hace tiempo para saberlo. ¿Qué se puede hacer? Tomar conciencia del agotamiento de ciertas herramientas y lenguajes para contar bien las vidas que se quedan descontadas y, a partir de ahí, empezar a pensar, que es algo que habíamos dejado de hacer, incluso desde los sectores más progresistas o de izquierdas. El libro pretende impulsar esa reflexión.

¿Qué destacaría del mismo?

Haber producido un grupo de investigación internacional e intergeneracional con gente que en alguna medida ha renunciado al gesto de autoría para hacer un libro colectivo me parece un gesto de redefinición del lenguaje académico.

¿Con qué criterios han elegido los lugares que aparecen en el libro?

Lo que une a todos los sitios que aparecen en el libro de una escala de más a menos es que todos son países en los que el proyecto moderno de construcción de ciudadanía funcionó. Lo que nos interesaba ver es el proyecto moderno de calle, que está completamente desbordado; la radicalidad del desborde es casi tan enorme en el espacio urbano de París como en México. Los viejos contenedores como el refugio que antes funcionaban, están desbordados por todas partes; pasa en Brasil, en Montevideo, aquí.