Mariona Borrull
Periodista, especialista en crítica de cine / Kazetaria, zinema kritikan berezitua

Punto de Vista tantea los límites de la sinceridad curativa

La Sección Oficial del Festival Internacional de Cine Documental de Nafarroa, Punto de Vista, sopesa las posibilidades fílmicas de tres películas-terapia.

‘I Lit the Fire!’ concluye también de la única forma posible; apelando a la empatía.
‘I Lit the Fire!’ concluye también de la única forma posible; apelando a la empatía. (PUNTO DE VISTA)

El confesionario, estrecho, oscuro y diseñado para mirar adentro, es un lugar fecundo para la imaginación. Quienes emplean las películas como medio de sincericidio, olvidando que al otro lado sigue habiendo un párroco –o una parroquia cinéfila–, podrían beneficiarse del relax en las formas de una escritura a bocajarro. Sin embargo, el ombliguismo debe ser ilustrado y, por lo tanto, incluso los diarios más personales terminan rindiendo cuentas al canon del cine del yo.

Lo más sencillo, lo más habitual, pasa por sortear la fórmula a copia de honestidad. Tanto ‘Fomos Ficando Sós’ de Adrián Canoura, como ‘I Lit the Fire!’ de Valeria Lemeshevskaya, abren y cierran apelando a las cuentas sentimentales pendientes que resolverán con el cine de por medio. Los versos del poeta gallego Manuel Antonio que sirven de título y epígrafe al debut de Canoura, «nos fuimos quedando solos, el mar, el barco y nosotros», traducen en un tú a tú íntimo los coletazos audiovisuales que están por venir. Estos incluyen retazos de cine verdad y documental directo, jueguitos en la mesa de montaje entre el fundido trascendentalista y el speed de un vjay en las horas pequeñas de la noche, y hasta una instalación con mapping a la Apichatpong Weerasethakul con Raúl, el padre de Canoura, durmiendo. Lo acreditan todo lo que no dicen las postales que Raúl envió a casa durante sus largos viajes en barco, y que son el único final posible a esta odisea marítima descabezada: ‘Fomos Ficando Sós’ se dispersa como quien busca comunicarse –aunque sea (o justamente)– desbarrando sobre cualquier asunto.

‘I Lit the Fire!’ también parte de la herida más resabiada, la de una madre ausente que reconecta con la familia que dejó atrás con una camarita doméstica como excusa y canal. La textura del diálogo es radicalmente opuesta al escaparate gustoso de Canoura: Lemeshevskaya filma su regreso a la aldea kirguís abrazando la mordedura de una cotidianidad contra el beatus ille, donde el pollo que se come, se cría y se mata en casa. ‘I Lit the Fire!’ oscila, pues, entre la escucha comprometida de la rutina en tiempo de vacaciones (criaturas jugando, la familia lavándose los dientes, las tareas en la granja) y los episodios de la crudeza más extrema, que la cineasta incluye entre paréntesis epatado. Su hija, relamiéndose los dedos ensangrentados por las vísceras de la que fuera su mascota, eso es una imagen muy ‘de cine’. Sí, a mitad de camino Lemeshevskaya se flagela falcando el retrato con algunas tomas falsas que descubren el artificio documental, imágenes donde se autorretrata como una cineasta dictatorial, pero ello no saca ni a la película ni al público de las casillas típicas del confesionario fílmico. Como ‘Fomos Ficando Sós’ pero mucho más simple, ‘I Lit the Fire!’ concluye también de la única forma posible; apelando a la empatía.

Más altas ambiciones tiene ‘Masayume’, película se contrae y despliega en un acordeón entre el paisaje, la bitácora y el ideario budista. Nao Yoshigai documenta su retiro a un monasterio zen cosiendo un patchwork de observación procedural sobre los ritos y las rutinas en el templo, con testigos más o menos anecdóticos del resto de feligreses y alguna enseñanza del maestro. El registro cotidiano parece no bastar a Yoshigai, que lo cose con imágenes de carácter teórico-vivencial: sugerentes pasajes de danza contemporánea, imágenes de su propio archivo familiar, una versión de la Ofelia entre la nieve, el juego con los sonidos y las imágenes de un estómago digiriendo. Son la cara oculta –poética si se quiere– de lo que, a secas, quedaría como una mera postal. Involuntariamente maximalista, ‘Masayume’ quiere escribir un ‘El árbol de la vida’ sobre todos los materiales y a todas las escalas, que no cualquier material, a cualquier escala. Dudo sobre el interés, aunque no de las intenciones, de esta suya confesión.