Miguel Fernández Ibáñez
Entrevue
Anahí Durand
Integrante del equipo técnico de Juntos por el Perú

«Se está tratando de crear un solo bloque contra Keiko Fujimori»

Socióloga y profesora de la Universidad de San Marcos, exministra de la Mujer y Poblaciones Vulnerables en el Gobierno de Pedro Castillo, es parte del equipo técnico de Juntos por el Perú, encabezada por Roberto Sánchez, quien disputa la segunda ronda de las presidenciales a Keiko Fujimori.

(FOTOGRAFÍAS: Miguel FERNÁNDEZ IBÁÑEZ)

Nacida en 1978 en Lima, Anahí Durand ha pasado por diferentes movimientos de izquierda hasta recalar en Juntos por el Perú (JPP), formación que carga con el legado del expresidente Pedro Castillo, encarcelado por orquestar un autogolpe fallido. Como sus seguidores rechazan que fuera un autogolpe y culpan al fujimorismo de forzar su arresto, Durand asegura que, si Roberto Sánchez es investido presidente, liberarán al maestro cajamarquino.

«Es una promesa de campaña, es el voto que nos ha traído hasta aquí», reconoce. «El indulto a Pedro Castillo es una potestad presidencial, así que no necesitaríamos una mayoría en el Congreso», añade en esta conversación con GARA en la que desgrana las claves de la izquierda y de Keiko Fujimori, quien se enfrenta a Roberto Sánchez en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales que se celebra mañana en Perú.

Estuvo con la izquierda caviar de Verónika Mendoza y ahora está con el movimiento castillista. Hasta la aparición de Pedro Castillo, la izquierda urbana era la que encabezaba el plano político. ¿Por qué hoy domina la vertiente rural?

No hablaría en términos solo de izquierda. En términos ideológicos, en el caso peruano y latinoamericano, hay otras coordenadas que también explican estos movimientos que tienen que ver con un nacionalismo popular, con nuestra propia construcción como república. Cuando Pedro Castillo ganó en 2021, lo que se expresó no fue una izquierda, no fue un voto marxista, leninista, comunista, no. Lo que se expresó fue el voto de los sectores populares excluidos. La novedad puede ser que antes delegaban esta representación a personas más del establishment, y con Castillo eligieron a uno de los suyos. Entonces, hay una línea de continuidad entre la elección de Castillo en 2021 y este resultado electoral que nos pone en segunda vuelta y que está nucleando también a fuerzas que en algún momento estuvieron por otro lado.

Estamos en un momento de confluencia muy interesante, con un cruce entre el voto identitario y el voto antisistema que hace muy potente al castillismo.

En el sur, generalmente, se habla de un voto antisistema, pero hay demandas históricas. ¿Cuáles son las principales demandas del sur y cómo pueden combinarse con esa división norte-sur, urbanidad-ruralidad?

Básicamente, el eje de disputa es costa-sierra, más que norte-sur, porque en los Andes del norte, en Cajamarca, Castillo arrasa también. Entonces, hay una clave en toda la historia política peruana que es la regional: la costa y la sierra.

En la costa están las grandes ciudades, especialmente Lima, Chiclayo y Trujillo, donde se concentra casi el 35% de la población. Son zonas donde el liberalismo ha penetrado profundamente en todos sus sentidos: en un sentido individualista, en un sentido de informalidad, en un sentido de atomización de los vínculos sociales.

En las zonas rurales andinas, y especialmente en ciudades del sur como Arequipa, Cusco y Puno, pero también en el norte andino, en Cajamarca o Amazonas, hay una exigencia de inclusión mucho más activa. Son las zonas donde están los principales recursos que han sido el motor del desarrollo de la economía del país: los principales yacimientos mineros de cobre están en el sur; las principales minas de oro están en el norte andino.

Paradójicamente, son las zonas donde hay niveles muy altos de pobreza. Entonces, hay una demanda de ser reconocidos y representados; se oponen a este modo de desarrollo y a este sistema centralista y expoliador que tenemos desde 1992, cuando Fujimori impuso el neoliberalismo. Están reclamando otra forma de inclusión.

JPP tiene problemas para captar el voto joven, sobre todo el de mayor educación, que ha ido a Jorge Nieto. ¿Por qué los jóvenes no se sienten atraídos por Sánchez?

El sector joven es muy desconfiado de la política. Tenemos una crisis, una descomposición política muy fuerte. Hemos tenido ocho presidentes en diez años y solo dos elegidos por el pueblo. Hay mucha desafección. En el caso de los jóvenes urbanos, que son los que votan por Nieto, que son los que votaron por Hernando de Soto en 2021, hay una expectativa de distinción con el voto más rural.

De nuestros votantes, el 70% tiene solo educación básica. Hay un corte de clase, de educación y de región. El voto de Nieto es de clase media aspiracional, liberal en términos societales, y el voto joven con educación superior esta vez se orientó tanto a Nieto como a López-Chau y Marisol Pérez Tello. Existe un voto de clase media que suma alrededor del 15% y que varía entre este centro liberal y la socialdemocracia. Pero ojo, en el caso de Nieto, hay un fuerte componente de derecha. De hecho, ha llamado al voto viciado, mientras otros han llamado a apoyar a Sánchez contra el fujimorismo. Nieto hace mucho que se volvió fujimorista, pero lo ha camuflado muy bien.

El antifujimorismo siempre marca las elecciones. ¿Está disminuyendo la importancia del voto antifujimorista?

Cuando Alberto Fujimori se fue en 2001 en medio de un escándalo de corrupción, el antifujimorismo fue un motor muy fuerte para frenar el regreso de Fujimori. El fujimorismo se recompuso alrededor de Keiko y, en 2006, ella volvió para participar en las elecciones. Figuras intelectuales muy importantes como Vargas Llosa salían en primera línea a llamar a votar por el contrario de Keiko, pero hubo una transformación en 2021, cuando muchas de estas personas votaron por Keiko. Nuestra intelectualidad antifujimorista no vio el antagonismo en Keiko y se sumó a la batalla cultural de la derecha mundial contra el comunismo. Esta intelectualidad activó todos los prejuicios racistas y clasistas de la sociedad limeña. Ahí comenzó un declive del movimiento antifujimorista.

Keiko Fujimori encabeza las encuestas por varios puntos. ¿Qué pueden hacer para cambiar la dinámica? ¿Se puede confiar en las encuestas?

Toda la campaña nos dieron como cuatro o cinco puntos abajo. No digo que estén inventando cifras, pero hay un tema que ya se vio en 2021: las muestras de las encuestadoras no recogen nuestro voto rural, andino, amazónico, y subrepresentan nuestro voto. Por otro lado, están reflejando una gran cantidad de indecisos.

Seguimos teniendo la tarea de hablarle más a las ciudades, a la gente de Lima, de demostrar que tenemos capacidad técnica, que es un gran eje de ataque de la derecha, que dice que todo lo improvisamos. Todavía hay sectores, sobre todo jóvenes, que quieren resolver problemas cotidianos como la seguridad ciudadana o la crisis alimentaria. Y creo que ahí hemos tenido algo de dificultad que se está subsanando.

Además, estamos sumando aliados dentro del movimiento antifujimorista, pero también en partidos que van a tener representación en el Parlamento. Se está tratando de crear un solo bloque contra Keiko. Entonces, hay un eje de trabajo que es justamente hablarles a los indecisos, a los que nos ven como esta amenaza mundial comunista.

La izquierda es minoría en el Parlamento, y Fujimori ha demostrado destreza para establecer alianzas y comprar voluntades. La última legislatura se alió con Perú Libre, el partido que la derrotó y que incluyó a Castillo en sus listas. ¿Será posible gobernar con la configuración actual del Congreso?

Este Congreso me parece menos nefasto que el anterior. Para empezar, por nuestra bancada: tenemos dirigentes sociales de mucha trayectoria. El principal drama de este Congreso que se va no fue tanto la derecha, fue la bancada de Perú Libre, que tenía 45 diputados y terminó perdida en siete bancaditas. Entonces, me deja tranquila que tengamos una bancada más sólida que, en su mayoría, ha sido elegida por Castillo.

Por el otro lado, salvo en el fujimorismo y Renovación Popular, en las otras fuerzas veo gente con la que se puede llegar a consensos, sobre todo en el Senado, que es la cámara que va a tener el poder de vacancia y la aprobación final de las leyes. Hay posibilidad de trabajar en consenso con López-Chau, el movimiento Obras y la bancada de Nieto, que, más allá de él, tiene gente de reconocidísima trayectoria democrática como Flavio Figallo. Son personas que, por lo menos, no se van a dejar vender.

Entonces, hay espacio para una coalición democrática que se ponga de acuerdo en dar cierta estabilidad al Gobierno que gane. Porque la gente está cansada de esta inestabilidad permanente.

Fujimori controla la Justicia y Roberto Sánchez afronta varias causas legales, entre ellas declaración falsa en la financiación del partido y aprovechamiento indebido del cargo cuando fue ministro de Castillo. ¿Veremos casos de «lawfare»? ¿Hasta qué punto se puede confiar en la Justicia?

En Perú, hay un lawfare descarado, y la prueba más plausible es el caso del presidente Castillo. La Fiscalía reinterpretó la ley, que decía que no se podía investigar a un presidente en funciones, para sacar a Castillo. La fiscal Patricia Benavides, que ahora está siendo investigada porque se deshicieron de ella, le abrió 60 carpetas a él y a su familia. Están tratando de hacer lo mismo con Roberto y su gente cercana. Es una estrategia que ha usado la derecha mundial para neutralizar adversarios. Pero todo tiene un límite, y la ciudadanía ya no confía en el sistema de justicia: el fujimorismo ha copado la Fiscalía General de la Nación, la Junta Nacional de Justicia, que es la que designa jueces, y también el Tribunal Constitucional. Entonces, utiliza esta estructura para encausar adversarios y borrar sus procesos, porque Keiko ha tenido un proceso durante 18 años por lavado de activos que se ha archivado.