Teherán, la ciudad que Washington no pudo silenciar
Cuatro meses después del magnicidio que dio inicio a la guerra, Teherán se prepara para despedir al ayatolá Ali Jamenei, en una demostración de poder. Del 4 al 9 de julio, ceremonias en Teherán, Qom, Najaf, Karbala y Mashhad, reunirán delegaciones de más de treinta países y millones de peregrinos.

Son las once de la mañana y la plaza Enguelab ya suda calor. Anoche un grupo de hombres montó un cartel nuevo sobre una reja: tres caras superpuestas en la misma tela antes de una marcha que duró hasta la madrugada: los ayatolá Ruhollah Jomeini, Ali Jamenei y Moytaba Jamenei, conforman una tríada que se ve constantemente en calzadas y avenidas desde el nombramiento del nuevo líder el 8 de marzo.
Desde este viernes, a la luz del día, sobre la calle se despliegan banderas rojas y negras –-rojas por el martirio, negras por el luto– y más abajo, cientos de personas levantan banderas iraníes y de movimientos de resistencia. Otros enarbolan blasones palestinos. Un obrero, con la cara cubierta por un pañuelo contra el sol del mediodía, empareja los adoquines de la vereda con una pala, otro, arriba de un andamio, pule con las manos una estructura de metal que va a sostener un retrato de doce pisos.
El primero de marzo, horas después de confirmarse la muerte por un bombardeo del ayatolá Ali Jamenei, en esta plaza, se concentraron miles de personas vestidas de negro. Dos días después, cazas israelíes y estadounidenses bombardearon este lugar emblemático, lleno de civiles en duelo. Cuatro meses después, Enguelab sigue siendo el termómetro de Teherán.
Desde aquí camino por la avenida Azadi, la misma que cruza a la plaza Toheed. La calle tiene un ritmo que no es el de cualquier otro día del año. Menos autos particulares, más camionetas de la Guardia Revolucionaria, más control.
En los accesos a la Universidad de Teherán -unas cuadras al sur- los soldados de la Basij revisan documentos en una fila que no existía la semana pasada y ninguno de ellos parece mayor de veinte años ni vivió otra guerra antes que esta.
El lunes 6 de julio, el cortejo fúnebre del ayatolá Jamenei va a recorrer diez kilómetros por esta misma calle y se va a internar en un rosario de nombres que ya eran de otros fallecidos antes de que este funeral existiera: la calle Shahid Soleimani, la calle Shahid Sayyad Shirazi, la calle del Mártir Desconocido. Transitar este trayecto es caminar sobre la cartografía del duelo oficial iraní.
La avenida termina en la plaza Azadi o Libertad, coronada por su torre blanca en forma de arco, visible desde casi cualquier punto alto de la ciudad.
Desde 1971 es el lugar donde Irán celebra y el lugar donde Irán protesta, según cada década. El lunes va a ver pasar el cuerpo de un líder asesinado en guerra abierta.
Un crimen con nombre jurídico
El magnicidio ocurrió a las 9:30 de la mañana, hora de Irán, cuando la coalición israelí- estadounidense bombardeó el complejo gubernamental del ayatolá Jamenei. También fueron asesinados su hija, su yerno, su nieta y otros familiares: los cuerpos de algunos se identificaron recién semanas después.
Según el derecho internacional humanitario, se considera algo más que una baja de guerra: es el asesinato de un jefe de Estado en ejercicio mediante un ataque aéreo extranjero dentro de su propio territorio.
El derecho de la guerra no protege el cargo por sí solo; protege según la función. Si el ayatolá Jamenei era, como sostienen Washington y Tel Aviv, comandante operativo directo, la ley de los conflictos armados podría clasificarlo como combatiente. Si no lo era, el ataque es ejecución extrajudicial.
Hay un límite más antiguo: el artículo 23 de La Haya de 1907 prohíbe dar muerte por traición, recogido hoy en el artículo 8 del Estatuto de Roma.
Si el ataque implicó perfidia, la clasificación como combatiente deja de importar: sería, igual, un crimen de guerra.
Nueve días, cinco ciudades
El funeral, que debía celebrarse en marzo, se postergó tres veces por la guerra. El presidente Masud Pezeshkian pidió que todos los iraníes asistieran en gran número, sin distinción política, para mostrar un frente unido. La Cancillería confirmó delegaciones de unos treinta países.
Ninguno europeo. Nadie en Teherán deja de notar la fecha: el funeral coincide con la celebración de los 250 años de independencia de Estados Unidos.

Este viernes, día 3, hubo dos actos reservados: por la mañana, con figuras y organizaciones populares, y por la tarde, con jefes de Estado y enviados extranjeros.
Esta sábado, día 4, los restos mortales del ayatolá Ali Jamenei llegan a la Gran Mosalla de Teherán –también conocida como la Mezquita o Complejo de Oración del Imán Jomeini– para dar inicio a los actos fúnebres públicos y las ceremonias de despedida
Ayer entré a la Mosalla por un costado, el que todavía no estaba cerrado al público. Adentro, los bomberos terminaban de instalar más de seis mil aspersores sobre la plaza para que el calor de julio no desmaye a la multitud e instalaron sistemas de refrigeración nuevos en el patio central.
Afuera están estacionadas decenas de ambulancias preparadas para asistir emergencias el sábado y las paredes están cubiertas de retratos gigantes y de frases del ayatolá Jamenei en carteles negros, junto a una imagen suya con el puño en alto.
Veinte millones en la ciudad
Las autoridades esperan más de veinte millones de personas para el funeral: más del doble de los 17 millones de habitantes de Teherán. En el aeropuerto Imam Jomeini, una pantalla digital repite la imagen de Jamenei, bajo la leyenda "Mártir de Irán", mientras se aplican restricciones aéreas temporales sobre la capital persa y otras urbes.
Esta ciudad nunca antes organizó un operativo de tráfico de esta escala con prohibición de autos particulares cerca del cortejo y más de setecientos estacionamientos nuevos habilitados.
Fuera de la capital ya hay explanadas de espera para quienes lleguen desde el interior y escuelas y cuarteles se volvieron alojamiento de emergencia mientras la temperatura ascenderá hasta los 40 grados y en medio de una multitud tan densa, el calor se siente todavía peor.
Desde la provincia de Ilam, en el oeste del país, están ingresando diez mil personas: dos mil trescientas en micros de la Guardia Revolucionaria, ocho mil por cuenta propia, por ello, multiplicado por cada provincia de Irán, es la aritmética real detrás de los veinte millones que anuncian.
El plan es que nadie se detenga frente al cuerpo: la gente entra por un punto custodiado, ve los restos y en quince minutos ya tiene que estar saliendo por otro lado.
Todos recuerdan en Teherán lo que sucedió las dos últimas veces que un líder de esta magnitud fue despedido en las calles de Irán.
En 1989, en el funeral del ayatolá Ruhollah Jomeini, la multitud rompió el cordón de seguridad y llegó a arrancar el cuerpo del ataúd y hubo que trasladarlo en helicóptero.
En enero de 2020, en Kerman, una estampida durante el funeral del general Qasem Soleimani dejó decenas de muertos. Esta vez la diferencia es otra: Jamenei fue asesinado en guerra abierta, y ese origen convierte el funeral en un mensaje político calculado, no solo en un duelo.
Funeral a cielo abierto
El funeral, que debía celebrarse en marzo, se postergó tres veces por la guerra en curso y por desacuerdos internos sobre dónde enterrarlo
El velatorio público comienza hoy sábado y sigue el domingo, día 5, con el cuerpo expuesto en el Mosalla Imam Jomeini. El lunes 6, el cortejo va de la plaza Imam Husein a la plaza Azadi. El martes 7, la procesión llega a Qom, con paradas en el santuario de Fátima Masuma y la mezquita de Jamkaran.
El miércoles, día 8, cruza a la ciudad de Nayaf en Irak –sede de una de las principales autoridades religiosas del chiismo y donde Jamenei pasó años de juventud estudiando– y luego se trasladan a Kerbala, donde están los mausoleos del imán Alí, el primero, y del imán Hussein, el tercer imán, degollado en esa llanura en el año 680.
El entierro final es el jueves 9 en Mashhad, en la ciudad donde nació Jamenei y allí será sepultado en el mausoleo del imán Reza, el lugar más sagrado para los chiíes en Irán.
Lecturas que compiten
Hay quien describe que el liderazgo iraní no se quebró ni siquiera con su cabeza cercenada en guerra abierta y hay una idea que circula desde Beirut hasta Doha y que ninguna cancillería dice en voz alta: si la decapitación estratégica de la máxima autoridad de un Estado miembro de las Naciones Unidas se vuelve táctica aceptada, el precedente alcanza mañana a cualquier gobierno que Washington decida nombrar amenaza.
Por ello, este funeral y quien fue invitado y quien no, constituye el registro de una fractura más profunda: la del orden unipolar, que se resquebraja desde hace años, porque la lectura es geográfica, casi cartográfica: la lista de ausentes es ya un mapa de hacia dónde se mueve el poder mundial.
La misma plaza que en marzo recibió misiles hoy espera un cuerpo. Irán nunca organizó un duelo tan grande. Tampoco había sido bombardeado mientras lloraba a los suyos

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