Silvia Gómez
Agente de Igualdad

La necesidad de mirar hacia dentro: género y participación

Hace unos días se publicaba en este mismo medio un artículo en respuesta a otro titulado "Juventud 'antifascista', pero poco feminista".

Lo que a mi parecer era una crítica clara sobre como la socialización de género y la priorización de unas causas sobre otras tiene relación directa con la escasa implicación de los hombres en la lucha por la emancipación de las mujeres, acabó siendo interpretado por algunos sectores, como un intento de deslegitimar la lucha antifascista.

En el artículo inicial no se cuestiona la gravedad del auge de la ultraderecha ni la necesidad de luchar contra el fascismo, que es una amenaza real y especialmente peligrosa para nosotras. Tampoco se entra a poner en entredicho la lucha antifascista, sino la manera en que, incluso dentro de las luchas más justas, se reproducen las desigualdades sexistas.

El artículo "Juventud 'antifascista', pero poco feminista" parte de la premisa de que somos principalmente las mujeres las que seguimos poniendo nuestro cuerpo, nuestra salud mental y nuestro tiempo en la lucha feminista, mientras demasiados hombres siguen viéndola como algo secundario o ajeno a su propia militancia. Sí, también dentro de la izquierda.

Y no, no es una opinión: son hechos. Lo vemos en cada organización, en cada espacio político, y en cada movilización, también en la que tuvo lugar en Iruña. Los hombres se implican en el feminismo de manera extraordinariamente parcial, y en general, solo cuando pueden hacerlo sin renunciar al protagonismo, o cuando el discurso se centra en cómo el patriarcado también les oprime a ellos antes que en comprender cómo nos oprime a nosotras. Pero una reflexión que empieza y termina en uno mismo nunca transforma las estructuras de poder. Y mientras sigan sin mirarse colectivamente, sin reconocer sus privilegios ni cómo reproducen la desigualdad y la violencia hacia nosotras, seguirán perpetuando el mismo sistema del que se dicen aliados.

El problema tiene su origen en una socialización diferenciada basada en estereotipos, que los invita a ellos a ocupar el centro político y social y a demostrar su poder a través del ejercicio de la violencia, mientras que a las mujeres nos educa para cuidar, sostener y organizarnos desde los márgenes y desarrollar nuestro activismo desde el pacifismo. Por eso, incluso en los movimientos que buscan la transformación social, las dinámicas patriarcales se cuelan con toda naturalidad: ellos al frente de las luchas «más combativas» y nosotras en las luchas consideradas no prioritarias, empujadas a actuar desde lo «políticamente correcto». Si el género no nos atravesara como lo hace, las feministas nos pondríamos a quemarlo todo en cada movilización; motivos no nos faltan.

Y no, esto no es una «guerra de sexos». Es una realidad política: las luchas colectivas también están atravesadas por el género, y si no se asume esa realidad, lo que se reproduce es la misma estructura patriarcal dentro de la izquierda.

Es sabido que hubo mujeres en la movilización antifascista de Iruña, igual que hubo hombres en la concentración contra la violación múltiple de la carpa universitaria. No se trataba de negar esas presencias, sino de señalar las formas de confrontación masculinas basadas en la masculinidad hegemónica, así como la falta de implicación de los hombres de izquierdas en la lucha feminista. La crítica no era a una convocatoria concreta, sino a un patrón: cuando la causa es el antifascismo, ellos salen en masa; cuando la causa son las violencias hacia las mujeres, el número y la fuerza baja drásticamente. Ese desequilibrio también habla de poder.

Además, estos días me ha llegado un vídeo grabado durante la carga policial del día de la «no» visita de Vito Quiles. En él, una mujer interpela a varios de los jóvenes presentes, y algunos de ellos le responden gritándole «puta», «zorra», «hija de puta, vete». No hace falta decir mucho más: esa escena resume el problema que intento señalar. Si entre los que se dicen antifascistas y feministas todavía caben esos insultos misóginos y machistas, algo muy profundo sigue sin revisarse.

Esa era, en realidad, la cuestión que se intentaba plantear: que la falta de implicación de muchos hombres en la lucha feminista no es casual, sino el reflejo de una socialización que también atraviesa los espacios de militancia. Los roles de género, el reparto del protagonismo, la priorización de unas causas frente a otras y las propias formas de organizarse y combatir siguen marcadas por la socialización patriarcal. Cuestionarlo no es antifeminista, ni un intento de deslegitimar la lucha antifascista, ni tampoco un intento de «infantilizar» a las mujeres comunistas, es necesario. Porque mientras no se haga la igualdad seguirá siendo una consigna y no una práctica.

Reducirlo a una «guerra entre sexos» o a un supuesto intento de «infantilizar» a las mujeres comunistas es una lectura simplista. No se trata de quién grita más, sino de quién escucha menos. Si queremos transformar el mundo, también tendremos que transformarnos por dentro. Porque sin una mirada feminista real, cualquier lucha se queda a medio camino.


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