Aritz Intxusta
Redactor de actualidad

«Llevo haciendo helados desde los 14 años»

Vicente Serrano, con un helado de nata, tras una imagen de él de niño dándole a las barillas.
Vicente Serrano, con un helado de nata, tras una imagen de él de niño dándole a las barillas. (Jagoba MANTEROLA | FOKU)

«Pienso en cómo dormirán por la noche los que venden tragaperras y generan ludopatía. ¿Cómo duerme el que vende armas? Yo hago helados, vendo felicidad. Tengo la conciencia tranquilísima. Lo peor que provoco son caries», asegura Vicente Serrano, propietario de la heladería Nalia. «Dudo que yo sea un empresario y, desde luego, no soy emprendedor. No he emprendido nada. Llevo haciendo helados aquí desde los 14 años». 

Vicente habla desde el 10 del Paseo Sarasate, tres portales hacia el oeste de donde comenzó Nalia en 1939. El primer heladero de Nalia fue José Serrano Molino, un migrante alicantino. Fue un segador que un día dejó la hoz en el granero para empujar un carrito de helados.

«La profesión, hoy, es otra. Pero, por lo general, los orígenes de los heladeros son humildes. Mi tío abuelo decía que se metió a heladero para poder trabajar a las sombra». Vicente sostiene que ese es el motivo de que los heladeros vengan de zonas de tradición jornalera, como Ibi y Xixona, que es de donde proviene su familia, o la propia región de Rimini, a la que se considera como la cuna del helado italiano. 

Entre José y Vicente hubo maestro, sobrino del primero y padre del segundo. Sin Vicente Serrano Mas, que se retiró del negocio en 2010, ni se entendería Nalia ni probablemente existiría hoy la heladería más antigua de Iruñea.

«Esta profesión actualmente es muy bonita, siempre y cuando entiendas que durante el verano hay que trabajar de continuo, también los festivos», asegura. 

En la carta, helados «clásicos», otros «de moda» y unos terceros para «jugar» (Aroma a Jardín, Trono de Ases...) donde el equipo, del que forma parte la pareja de Vicente y una plantilla con pocas variaciones, explora sabores. «Si no juegas, se volvería demasiado repetitivo», confiesa tras cuatro décadas en este oficio.