2026 MAI. 24 - 05:00h La revolución permanente de Miles Davis Un siglo después de su nacimiento, fechado el 26 de mayo de 1926, la biografía del compositor y trompetista estadounidense, además de señalar un fascinante legado artístico, representa un capítulo esencial en la evolución de la música popular durante el siglo XX. Miles Davis, en julio de 1989, en Nice Jazz Festival de Niza. (Oliver NUROCK | WIKIMEDIA) Kepa Arbizu {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Hay figuras que alcanzan una posición de privilegio en el arte tras el descubrimiento de caminos hasta ese momento inexplorados. Otros, los menos y más selectos, son propietarios de una inspiración en perpetua ebullición, haciendo de cada uno de sus hallazgos soplidos a una veleta insumisa a cualquier intento de domesticación. El aire exhalado por Miles Davis tuvo como destino el idioma de una trompeta, ‘vestida’ con el característico alfabeto emocional emitido por el uso de la sordina, que trazó con su progreso constante la biografía del jazz. Un idilio que tuvo su residencia inicial en East St. Louis, aleatorio lugar de nacimiento que sin embargo resultó especialmente propicio dada su fértil tradición en los instrumentos de viento. Como también lo fue ser criado en una familia de intereses culturales y un fuerte compromiso racial, ecuación a la que se sumó, para delinear un primigenio itinerario, la música que escuchaba durante las visitas a su abuelo residente en Arkansas, las tonadas populares que decoraban la radio en esos años 30 y los discos de Duke Ellington y Art Tatum. Su perspicaz oído y un talento innato pusieron el resto para que a los quince años fuera ya un nombre emergente en la escena local. Unas fronteras que empezaban a resultar demasiado ceñidas para sus expectativas, haciendo de Nueva York su paraíso soñado; y ya sabemos que los genios, casi siempre, son capaces de traducir las quimeras en realidad. Alimentando el cambio Paradójicamente, sería antes de llegar a la ‘Gran Manzana’ e ingresar en la escuela Juilliard, cuando su revelación toma corporeidad gracias a compartir espacio con Dizzy Gillispie y Charlie Parker, dos luminarias de los pentagramas desde los que incitaban a una insurrección que sonaba vertiginosa y desafiante frente a cualquier línea armónica tradicional. Una insubordinación bautizada como Bebop, un estilo que cedía el protagonismo a la acracia solista y al que Miles Davis estaba decidido a rendir sus servicios para, en una suerte de golpe de estado, posteriormente agitar sus estructuras. Intercalando actuaciones noctámbulas con estudios académicos, el inquieto y excitante barrio de Harlem tenía un hueco reservado para él, y lo ocupó vestido de elegante traje oscuro, que resaltaba su por entonces extrema delgadez, y exhibiendo un carácter taciturno y brusco. Aunque todavía en papel de secundario, su firma aparece ya en grabaciones ilustres como ‘Billie’s Bounce’, ‘Thrivin’ On A Riff’ y ‘Now’s The Time’, una impronta, enfrentada al exhibicionismo de otros coetáneos, que escoge un sustrato blues con fraseos donde la ‘charlatanería’ cedía espacio a unos silencios cargados de sentimientos. Cualidades, cada vez más requeridas en combos de alto prestigio, que en 1947 tutelaron su propia formación, un noneto que pasaría por el estudio de grabación para una serie de sesiones que, aunque tratadas con desdén en ese momento, casi una década después serían publicadas bajo el premonitorio título de ‘Birth of the Cool’, uno de los álbumes más monumentales de un género al que trasladaba de sus humeantes sótanos hasta los salones de postín. Moldeando el futuro de la música Antes de ese reconocimiento, el ecuador del siglo viente, al que había llegado sumando giras y parabienes, ante él incluso cayeron rendidos Camus o Picasso, lo atravesaba como agente libre y con cargas familiares, presiones que escogieron calmar su angustia a través de la heroína. Una protuberante adicción que pese a no impedirle grabar un material estimable, sería tras un proceso de desintoxicación cuando, a través de temas como ‘Tune Up’, ‘Four’, ‘Solar’ y ‘Walkin’, daba a luz a un nuevo estilo, el Hard bop, identificado por una recuperación de la influencia vertida por expresiones vernáculas como el gospel o el blues. Cada paso adelante acometido por Miles Davis lo era también para la historia del jazz; y todavía le quedaba mucho camino por recorrer a ambos. Nada menos que Tommy Potter, Charlie Parker, Max Roach, Miles Davis y Duke Jordan, en una actuación en Nueva York de 1947. (DOMINIO PÚBLICO) Como todo insaciable creador, los avances de su tiempo eran utilizados como peldaños sobre los que apoyarse para seguir ascendiendo, por eso la aparición del formato vinilo, que permitía una mayor extensión y unidad, fue el hospedaje perfecto para su infatigable imaginación, que rodeado de otras leyendas como John Coltrane o Bill Evans, fue capaz de concebir una de las cimas más representativas de su currículum, el exitoso e inmortal ‘Kind of Blue’, haciendo de estructuras básicas y frías un monumento melancólico. Probablemente la mejor definición del ser humano que se escondía tras ese arte. Solo un año después, y entre un marasmo de exitosas giras por el mundo que terminaban casi siempre recogidas en disco, llegaba ‘Sketches of Spain’, un trabajo osado que conseguía aunar los ritmos ibéricos con el acervo estadounidense, configurando un paisaje fascinante. Su nombre no solo atravesaba e invisibilizaba cualquier frontera musical, sino que su aura comenzaba a planear por un público cada vez más extenso y variopinto, situación que le llevó a ocupar la portada de la revista ‘Rolling Stone’ en el 1969 y a intercalar su nombre en carteles copados por estrellas del rock. Una sinergia que se materializó en el osado ‘Bitches Brew’, iconoclasta disco que tenía tanto de jazz como de energía eléctrica y reivindicación social. Ingredientes, aliñados de sapiencia compositiva, que le convirtieron en el suspiro de una audiencia joven y rebelde. En contraposición a un perfil cada vez más complicado de delinear desde la ortodoxia, las mentes más recalcitrantes no dudaron en sentenciarlo como un traidor. Lo que pretendía ser un juicio sumarísimo a su falta de respeto a la tradición se presentaba como la incapacidad de ciertos espíritus conservadores para traducir los nuevos lenguajes. Una constante invitación a descubrir el futuro que solo encontró a un enemigo lo suficientemente fuerte como para derribar esa determinación en forma de múltiples dolencias y enfermedades, una rémora de pequeños achaques que hicieron titubear una carrera que se apagaría, en paralelo a su vida, el 28 de septiembre de 1991. Podría parecer que la tumba era el final de Miles Davis, pero lo cierto es que su obra, sin la que probablemente hoy no existirían, o no de la manera que les conocemos, Prince, Jimi Hendrix o Michael Jackson, procreó una infinita y caleidoscópica descendencia artística. Una extensa familia a la que también pertenece cualquier oyente seducido por el emocionante latido de un hombre que, pese a ocultar tras unas gafas oscuras su personalidad, convirtió su música en confesora de su alma más profunda.