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Feísmo barraquero

Ostras. A veces se hace duro bajar a las barracas. A la estética de grafiti cutre y a su característica deformidad de sus Mickey Mauses y Googfies se suman este año caricaturas de mujeres pechugonas, Pablo Motos y diferentes versiones de Torrente.  


Hay quien discutirá esta afirmación, pero tras bajar al Parque de la Runa a que los buhoneros nos hagan un agujero en el bolsillo, no podemos sino confirmarlo: lo peor que ha salido de una feria no es Ana Iris Simón. 

Se puede entender, que no compartir, que existan ciertas diferencias entre los clásicos de Disney y las versiones de los mismos que aparecen en las chapas de las distintas atracciones. Aunque sigue siendo un oscuro arcano por qué se hacen tan condenadamente mal adrede. 

No parece que sea un intento de esquivar a la SGAE. Tampoco se puede atribuir a una impericia del artista, pues en este caso habría que presumir que es el mismo tipo el que se ha encargado de todos los dibujos independientemente de la procedencia de la barraca y del momento en que se pintaron. 

Existe, por tanto, una opción sistemática por el abigarramiento, por la cutrez y la saturación extrema del colorido que está ampliamente extendido y que se ha dilatado décadas en el tiempo, creando un universo propio. Es el feísmo barraquero. 

Ramón del Valle Inclán definió su arte con aquello de los héroes griegos y los espejos cóncavos que los llenan de deformidades. Pero el esperpento de la españolidad más repulsiva, contrariamente a lo que cabría esperar, no trae de nuevo virtud, sino que multiplica sus deformidades.

Muchos habían llegado al convencimiento de que esta corriente artística había alcanzado el límite y que este era soportable. Hoy quieren arrancarse los ojos.

Pablo Motos y Santiago Segura han conseguido que se rompan los límites de lo posible. Alguien debiera decirles que paren. De otro modo no va a quedar otro remedio que bajarse del tren... de la bruja.