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Maneras rockeras de vivir incordiando a embusteros e incautos

La personalidad independiente, humilde y sincera del madrileño Rosendo Mercado ha acumulado una abundante y personal obra rockera con el grupo Leño y en solitario. La reedición aumentada de su biografía, relatada por él mismo, recuerda al considerado “padre del rock estatal”. 

Kike Babas y Kike Turrón, besando a Rosendo. (BAO BILBAO EDICIONES)

En un pódium de grandes del pop-rock peninsular, Miguel Ríos sería el abuelo. Luz Casal, la rockera pionera. Santiago Auserón (Radio Futura), de los más inquietos y originales. Kiko Veneno destacaría por su frescura. Enrique ‘El Drogas’ (Barricada) por combatividad y capacidad de trabajo. El fallecido Robe Iniesta (Extremoduro) por su personalidad independiente. Amparo Sánchez por mestiza. Más Manolo García (El Último de la Fila), Fito Cabrales (Platero y Tú), etc.

El trabajo biográfico de sus paisanos Kike Babas y Kike Turrón considera a Rosendo Mercado Ruiz (Madrid, 1954) ‘padre del rock estatal’. Su estudio se inició en 2003 con ‘La sana intención. Conversaciones con Rosendo’ (Iberautor Promociones). En 2013, BAO Bilbao Ediciones publicó el coral ‘Maneras de vivir. Leño y el origen del rock urbano’. Y en 2022 salió “Rosendo. Quiero que sueñes conmigo”, de nuevo en BAO. 
Este año ha visto la luz la edición ampliada de esa última obra que recopiló información recogida del propio artista en diferentes entrevistas, elaborada como relato cronológico.
Acompañan a la narración unas cuatrocientas fotos, portadas de discos y material promocional y de prensa. Se recuperan los prólogos del periodista Moncho Alpuente (fallecido hace siete años), el actor Nancho Novo, Josele Santiago (Los Enemigos) y Kutxi Romero (Marea) publicados en la edición original. Se añade un extra de páginas de cómics a cargo de trece ilustradores.

Madera rockera

Hijo de emigrantes manchegos de Bolaños de Calatrava, Ciudad Real, ‘Rosen’ nació en el madrileño Lavapiés y a los cuatro años la familia se trasladó a Carabanchel. Su padre trabajaba de noche en la limpieza del metro y de día de zapatero en su piso. El chaval cantaba en el coro de los Salesianos, fabricaba guitarras de cartón y el abuelo Rosendo, de quien tomaba el nombre, le regaló una de verdad hecha un desastre hasta que adquirió una decente con la paga de su primer trabajo.

Con catorce años formó Yesca con colegas del barrio y luego Patata Química. Se inició profesionalmente con la orquesta Fresa, que evolucionó en 1974 al grupo Ñu. Cansado de las maneras de líder de José Carlos Molina y su sonido jipioso de flauta, Rosendo desertó y en 1978 formó el trío Leño.

Cartel de Leño. (BAO BILBAO EDICIONES)

El nombre venía de los desprecios de Molina a sus composiciones, que consideraba ‘un leño’ y que seguían la estela de influencia de grupos como Black Sabbath, guitarristas como Eric Clapton y especialmente el irlandés Rory Gallagher. Con el ex Canarios Teddy Bautista de productor Leño se asentó entre la pionera hornada de bandas tipo Burning, Asfalto, Mermelada, Topo…

Sus dos primeros discos, ‘Leño’ (1979) y ‘Más madera’ (1980), popularizaron canciones como ‘Maneras de vivir’, ‘La noche de que te hablé’ o ‘¡Sí señor, sí señor!’ y en 1982 grabaron en Londres su tercera obra ‘¡Corre, corre!’, con nuevos temas destacados como ‘Sorprendente’ o ‘¡Que tire la toalla!’.

Callejón sin salida

En los cuatro años de carretera, las tensiones internas y ‘el callejón sin salida a nivel creativo’, acabó con el trío tras actuar de invitados, más Luz Casal, en la gira de Miguel Ríos ‘El rock de una noche de verano’ de 1983. La discográfica les dejó prácticamente sin derechos sobre su obra y hasta «registró el nombre de Leño sin saberlo nosotros y nunca fue nuestro. Hay una marca de vaqueros y una cadena de tiendas de ropa que ha llegado a utilizar el anagrama, una vergüenza».

Con el tiempo se editaron el recopilatorio ‘Maneras de vivir’ y ‘Vivo ‘83’, grabado en su última gira, con un DVD de la trayectoria del grupo. Dejaron un legado que evolucionó del rock sinfónico al ‘urbano’ o ‘mesetario’. De origen blues genuinamente guitarrero y con canciones sobre la cotidianeidad personal y urbana, alejadas del rock evasivo y fantasioso, evidenciaron que se podía hacer buen rock propio en castellano.

Y sufrieron las penalidades profesionales de la época: precariedad técnica y organizativa, viajes de riesgo, promotores y discográficas sin mucha ética y unas audiencias más inclinadas al pop meloso que al guitarrerío furioso y a los mensajes rosas que a los crudos.

A disco por año

Entusiasta musiquero, guitarrista obsesivo, de talante abierto y humilde, Rosendo surfeó sobre las oleadas en boga del rock sinfónico, el proto heavy metal de bandas tipo Barón Rojo y Obús y la llegada de la ‘nueva ola’ de la Movida madrileña. «No éramos heavys, pero éramos duros. Los Maiden me gustaban al principio, pero tanta batallita y tanto monstruo acababan por hartar. Musicalmente siempre hacían lo mismo».

Sin salirse mucho de su vía blues-rockera admiraba estilos diferentes como The Clash, Joe Jackson, Talking Heads, Specials o las cadencias reggae. Es lo que se desprende de sus amplias opiniones en la biografía. Recuperó a su compañero de Leño, Chiqui Mariscal, y armó otro trío bajo su nombre personal. Debutó en disco en 1985 con ‘Loco por incordiar’, grabado en Alemania.

Portada de ‘Rosendo. Quiero que sueñes conmigo’. (BAO BILBAO EDICIONES)

Pasó miserias profesionales que le obligaron a sacar casi un disco por año y fue acumulando catálogo: ‘Fuera de lugar’, ‘…A las lombrices’, ‘Jugar al guá’, ‘Veo, veo... mamoneo!!’, ‘El endémico embustero y el incauto pertinaz’ o las obras finales ‘Vergüenza torera’ y ‘De escalde y trinchera’, su despedida discográfica en 2017. Dieciséis álbumes de estudio más directos. 

Reconocido por fin en su labor, el rey emérito le entregó en 2006 la Medalla al Mérito de las Bellas Artes. En 2018 anunció su retirada con la gira ‘Mi tiempo, señorías…’, tras más de cuarenta años de oficio y nuevos títulos populares como ‘Agradecido’ o ‘¿De qué vas?’. Su legado se recopiló en la caja‘Ni presunto ni confeso’, cuatro CDs con sesenta y dos canciones.

Avergonzado, orgulloso y contento

En un mundo tan de postureo como el del rock, Rosendo ha sido una rara avis por discreto y muy educado. En su extensa obra hay mucha rebeldía y protesta, en general indirectas y de refilón. Le tocó un duro servicio militar obligatorio en el Sáhara Occidental en plena refriega armada con el Frente Polisario y entrega de la colonia a Marruecos: «Estábamos cagaos y deseando salir (…) si algo tenía claro es que estaba a favor de esa gente, que no quería ser el enemigo». En la muerte de Franco «todo el cuartel se agarró unas melopeas descomunales, fue el pedo de mi vida y de las de todos los que estaban allí».

Convivió con colegas de los ilegales PCE o PT, pero confiesa que «estaba absorbido por mi rollo, mi grupo, absolutamente a mi historia (…) mi forma de pensar es de izquierdas, joder, soy hijo de zapatero, pero la política no me preocupaba». Aún así compuso canciones agitadoras como la anti policial ‘Cucarachas’. Y no se ha mordido la lengua, por ejemplo, con los curas: «Desde el día que salí del colegio no he vuelto a una iglesia. Me saturaron y desde entonces tengo mal rollo con ellos». 
Desencantado con la realidad sociopolítica, su último disco fue una despedida pesimista.

Colega primero de Barricada o Aurora Beltrán, tuvo después sintonía con Fito Cabrales o Kutxi Romero, de Marea, y dice que «me gustaba el carácter peleón y el sonido borrico que se hacía por allí». En febrero de 2008, presentando su gira ‘Otra noche sin dormir’, con Luz Casal y Barricada, que arrancaba en Anoeta, nos comentaba: «Desde que pasas la frontera se nota que llegas a un sitio diferente, y muy apetecible. Siempre he sido bien tratado, tengo allí buenos amigos. No me importaría ser vasco».

En la recta final colaboró con su hijo Rodrigo, nacido en 1978 y también músico, a quien acaba de prestar este año unos solos de guitarra en la canción ‘Salvaje’. Formal y organizado, se jubiló a los sesenta y cinco años, con una calle a su nombre en Leganés y otra en Bolaños de Calatrava de las que dice sentirse a la vez «avergonzado, orgulloso y contento». Vive alejado del mundanal ruido en el burgalés Montorio, pueblo de su mujer Esther Pérez, con la que se casó en 1977 y firme apoyo en su aventura rockera.