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Sokolov: obsesiva virtud

Grigory Sokolov se parece más a un relojero que a un acróbata. Mientras otros parecen empeñados en demostrar hasta dónde pueden llevar el mecanismo, él desmonta el reloj, observa las piezas, escucha el tic-tac y vuelve a colocarlo todo en su sitio. Este jueves volverá a demostrarlo en la Quincena.

El pianista ruso Grigory Sokolov. (Oscar TURSUNOV | QUINCENA MUSICAL)

Hay instrumentistas que parecen haber nacido con un foco encima. No hace falta dar nombres para recordar a algunas de las grandes estrellas de la generación más joven de la música clásica, de esas que parecen buscar un Record Guinness de notas por minuto, de arcos despeluchados en un solo concierto, de teclas descalabradas o, incluso, de movimientos espasmódicos. Es innegable que son músicos destacados, pero han construido sus carreras –de un modo absolutamente lícito y honroso, vaya por delante– en torno a una velocidad fulgurante, a una presencia escénica arrolladora y a un ejercicio atlético y estético más que musical, haciendo del virtuosismo acrobático su sello.

Ahora bien, se podría abrir un debate sobre si esta generación de grandes estrellas que cuelgan el cartel de sold out en minutos son también o no grandes solistas –de hecho, ya lanzó un debate parecido Mª José Cano el pasado día 4 en una de las charlas organizadas por Quincenca, ‘¿Solista magnífico o buen intérprete?’–, pero lo que es indiscutible es que conocen bien las reglas de nuestro tiempo: hay que deslumbrar, sorprender, llenar una sala y, si es posible, conseguir que el concierto o, casi mejor, unos pocos segundos de él continúen viviendo después en una pantalla. Y es que vivimos un tiempo cronometrado: tres minutos para una canción, treinta segundos para un vídeo, quince para decidir si algo nos interesa… 

Y entonces llega Grigory Sokolov, se sienta ante un piano y nos recuerda que una nota puede necesitar todo el tiempo del mundo. Y es que el pianista ruso, que está exactamente en las antípodas de este modelo de espectáculo, juega en otra liga. O quizá en otro siglo.  

Sokolov se parece más a un relojero que a un acróbata. Mientras otros parecen empeñados en demostrar hasta dónde pueden llevar el mecanismo, él desmonta el reloj, observa las piezas, escucha el tic-tac y vuelve a colocarlo todo en su sitio, sin prisa, porque una décima de milímetro puede separar la precisión del desastre y, en música, una fracción de segundo puede cambiar completamente el sentido de una frase.

Tal vez por eso el ritual de Sokolov comienza mucho antes de que el público escuche la primera nota; el piano no es un mueble con teclas al que basta con sentarse delante: debe ser examinado, probado, escuchado, conocido… Cada instrumento tiene su personalidad, sus secretos, sus resistencias, sus pequeñas manías, y conviene conocerlas antes de pedirle según qué cosas. Con Sokolov, un Steinway deja de ser simplemente un piano y se convierte en un interlocutor exigente con el que establecer un diálogo.

Después llega el concierto y Sokolov avanza hacia el escenario con paso rápido y semblante concentrado, se inclina brevemente y se sienta, sin demasiadas concesiones al protocolo y, desde luego, sin ningún interés en fabricar una imagen y, en cuanto coloca las manos sobre el teclado, olvidamos los desvelos del relojero y las complejidades del mecanismo.

Sokolov posee una técnica de dimensiones casi físicas, un virtuosismo incontestable, pero lo extraordinario no es cómo sus manos o sus dedos son capaces de moverse, sino en la cantidad de mundo sonoro que consigue extraer de ellos. Hay acordes que caen sobre el teclado con la contundencia de una orquesta, levantar fortísimos que parecen tener arquitectura propia y hacer que los graves lleguen a una profundidad casi geológica; utiliza el pedal con una austeridad sorprendente en alguien capaz de construir semejantes castillos sonoros, pero la liviandad de sus dedos dibuja las líneas, separa voces y moldea planos en un diseño casi divino. El resultado es un piano de una riqueza tímbrica extraordinaria, a veces transparente, otras monumental y siempre perfectamente articulado.

Detalle y disciplina

Pero esa capacidad sería mucho menos interesante si no estuviera acompañada por una atención obsesiva al detalle: puede dedicar una eternidad a una frase que otro pianista resolvería en unos segundos, puede detener el tiempo en un silencio, dejar suspendida una nota hasta que el oyente casi olvide que esperaba su desenlace… Escuchar a Sokolov es aceptar que el tiempo puede comportarse de otra manera: sus frases respiran, se dilatan, esperan; hay libertad, pero detrás de ella se adivinan incontables horas de trabajo y una disciplina feroz. Este extraordinario relojero domina el tiempo, pero nunca pierde de vista el mecanismo que hay detrás.

Y luego están manías, que forman parte del personaje: largas preparaciones hasta el último detalle, dedicar largas horas al estudio incluso el mismo día del concierto, obsesiva relación con el instrumento, nada de grabaciones en estudio… Y luego están las propinas, que tiene algo de broma privada. El concierto termina, el público aplaude, Sokolov vuelve a salir y hay una propina. Y después la jugada se repite dos, tres y hasta seis veces, y vuelve a tocar con la misma concentración y el reloj se detiene para un segundo repertorio que no viene escrito en el programa de mano.

Escuchar a Sokolov exige una pequeña renuncia: hay que dejar la impaciencia –sí, esa tan característica del público habitual del Kursaal, que parece que le salen pinchos en el asiento en cuanto el director o el pianista, en este caso, baja las manos al final del programa previsto, y abandona la sala a la carrera sin esperar a aplausos ni saludos– y tomar lo extraordinario que ofrece el intérprete hasta el final. Quizá sea esa su verdadera manía y su más íntima virtud: no soportar que la buena música tenga prisa.