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Sokolov: Ritos y (malas) costumbres

GRIGORY SOKOLOV
Piano: Grigory Sokolov. Obras: ‘Sonata n.4 en Mi b Mayor Op.7’ y ‘Seis Bagatelas Op.126’ de L.v. Beethoven y ‘Sonata para piano en Si b Mayor D.960’ de F. Schubert. Lugar y fecha: Auditorio Kursaal. 87ª Quincena Musical. 13/08/2026.

Grigory Sokolov, en el Kursaal donostiarra. (Iñigo IBÁÑEZ | QUINCENA MUSICAL)

Resulta muy difícil escribir una crítica de Sokolov. Bueno, no, en realidad es muy fácil hablar sobre el pianismo del intérprete ruso, lo que es difícil es escribir otra crítica de este carismático pianista. Podría coger cualquiera de las reseñas que he escrito sobre él a lo largo de los años, actualizar el listado de obras interpretadas y suscribirla, punto por punto; en realidad, ni siquiera haría falta que fuese una crítica redactada por mí y, sin duda alguna, lo escrito sería válido porque la estabilidad y constancia en el perfeccionismo, en el ritual, en el estado hipnótico que provoca, no permiten más que palabras de admiración, asombro y, por supuesto, elogio.

Y es que Grigory Sokolov está considerado uno de los mejores pianistas en activo y todo lo que toca –literal y metafóricamente– se convierte inmediatamente en algo que roza lo sublime. Asistir en directo a uno de sus recitales es abandonarse a la musicalidad de este extraordinario pianista y comulgar con su extraña liturgia, transformándose en adepto de un rito musical a la vez efímero y permanente, trascendente y estable.

Como sucede con otros muchos grandes intérpretes, escuchar a Beethoven en las manos de Sokolov hace que cualquier cuestión técnica se desvanezca y que la interpretación parezca bañada de un aura de natural sencillez, haciendo creer a quien escucha que cualquiera podría hacer algo así. Pero eso es patrimonio de, si no muchos, sí al menos de unos cuantos privilegiados; el mérito exclusivo de Sokolov es tocar con tal precisión, pulcritud, riqueza dinámica, tímbrica y textural que es capaz de hacer creer a quien escucha que entender y transmitir toda la complejidad de la música es tarea simple. Y en cuanto a Schubert, es difícil condensar de una manera más honesta el carácter reflexivo y al mismo tiempo majestuoso de esta sonata, que parece escrita para la sobria elegancia de este mesurado intérprete, en el que el peso de cada nota es tan calculadamente exacto que parece de fuera de este mundo.

El público respondió puesto en pie con una gran ovación, pero no faltaron los que salieron a la carrera con la última nota del Allegro ma non troppo de la sonata sin detenerse siquiera a aplaudir la extraordinaria actuación del pianista y a los que la primera de las propinas –la sutilísima ‘Ballade n.1 Op.10’ de Brahms— los pilló a mitad de camino, escuchándola desde las rampas de salida algunos, tropezando y haciendo ruido al salir los otros. La operación se repitió con la segunda propina –otra de las delicadas ‘Ballade Op.10’ de Brahms, en este caso la tercera– y una estampida aún mayor, pero, si no conocían la costumbre de Sokolov con las propinas, cosa poco creíble, que no se encendieran las luces de sala podría haberles dado una buena pista sobre sus intenciones. Un tercer éxodo de carácter casi bíblico menguó notablemente el aforo de la sala antes del tercer bis –‘Rhapsody n.2 Op.79’, también de Brahms–, pero la concurrencia más fiel siguió firmemente afianzada en su ovación durante tres piezas más –‘Mazurka n.2 Op.68’ y ‘Prelude n.20 Op.28’ de Chopin y ‘Prelude n.4 Op.11’ de Scriabin— hasta completar las proverbiales seis propinas que ofrece siempre el artista ruso, a pesar del bochornoso desfile de público hacia las salidas. Lo peor es que no tiene nada que ver con los fuegos artificiales de la Aste Nagusia, con el horario del transporte público o con la cola del parking, sino con una fea y arraigada costumbre del público del Kursaal. Al parecer, no solo las manías de Sokolov se establecen en el tiempo.