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Grandes orquestas para grandes preguntas

¿Cuántos músicos hacen falta para contestar una pregunta? Depende de la pregunta: para algunas basta una canción, otras requieren un cuarteto de cuerda y hay cuestiones tan grandes que, durante siglos, los seres humanos hemos necesitado construir orquestas enteras para intentar responderlas. 

La Orquesta Filarmónica del Teatro alla Scala de Milán. (Andrea VERONI | MUSIKA HAMABOSTALDIA)

Cuando pensamos en un violín solemos fijarnos en las cuerdas. Tiene lógica: son la parte que vibra, la parte visible, la que produce el sonido. Sin embargo, cualquier luthier sabe que el verdadero milagro ocurre unos centímetros más abajo. Una cuerda sola produce apenas un susurro –en el mejor de los casos–. Para que ese pequeño susurro, ese chirridito, se convierta en sonido necesita algo más: una caja de resonancia capaz de recoger la vibración y devolverla amplificada al mundo. Por eso los luthiers han dedicado siglos a perfeccionar violines, laúdes, guitarras... No buscaban únicamente construir instrumentos: buscaban construir mejores resonadores, espacios capaces de transformar una pequeña vibración en una experiencia compartida.

Y quizá la historia de la gran orquesta sinfónica pueda entenderse de una manera parecida, porque una orquesta no deja de ser una inmensa caja de resonancia, construida, ampliada y mejorada a lo largo de generaciones. La diferencia radica en que un Stradivarius es la mejor caja de resonancia construida para el sonido de una cuerda, mientras que la gran orquesta probablemente sea la mejor caja de resonancia construida no para un instrumento, sino para una época –e incluso para una sociedad entera, si nos ponemos grandilocuentes–.

Resulta simple, en todas las connotaciones del término, contemplar una gran orquesta sinfónica y pensar que su principal característica es el tamaño: montones de atriles y sillas, decenas de músicos, una masa sonora capaz de llenar cualquier auditorio… Sin embargo, su verdadera grandeza es otra. Durante más de dos siglos la hemos transformado en una herramienta cada vez más compleja para escucharnos a nosotros mismos; generación tras generación los compositores han ido depositando en ella miedos, esperanzas, preguntas y sueños.

Mozart, Beethoven, Dvořák, Mendelssohn, Verdi, Tchaikovsky, Respighi o Adams depositaron en ella las preguntas de su tiempo y la orquesta nos las devuelve magnificadas. Hubo un tiempo en el que el anhelo era de orden y equilibrio, y Mozart encontró en la orquesta la forma perfecta de resonar con ese deseo. Después llegaron épocas menos serenas y Beethoven necesitó una música capaz de contener el conflicto, la lucha y la transformación, y la caja de resonancia creció para él. Más tarde quisimos escuchar otras cosas: la memoria, la pasión, la fantasía, la emoción descarnada, los colores de la imaginación, el vértigo del mundo moderno… Y cada vez que el ser humano formuló una nueva inquietud, la orquesta aprendió una nueva forma de hacerla audible.

La Filarmónica de Seoul. (Taeuk KANG - WORKROOM K | MUSIKA HAMABOSTALDIA)

Las preguntas no son siempre las mismas: cambian con las épocas, cambian con los lugares, cambian con las sociedades que las plantean. Si aceptamos que las grandes orquestas son cajas de resonancia construidas por generaciones enteras para amplificar aquello que una sociedad necesita escuchar, resulta difícil imaginar dos ejemplos más interesantes que la Orquesta Filarmónica del Teatro alla Scala de Milán y la Filarmónica de Seoul. Ambas comparten el mismo lenguaje instrumental, pero cada una ha crecido en un contexto histórico y cultural diferente, resonando con interrogantes distintos. La Scala hunde sus raíces en una de las grandes tradiciones musicales europeas; allí la voz, el teatro y la expresión dramática han moldeado durante generaciones la escucha colectiva. Mientras, Seoul es el reflejo de una sociedad que, en apenas unas décadas, ha protagonizado una transformación cultural extraordinaria y ha incorporado el lenguaje sinfónico occidental a una identidad musical propia y plenamente contemporánea.

La Scala y Seoul representan dos sociedades diferentes que convergen en un mismo lenguaje sinfónico, pero son distintas porque las sociedades que las construyeron necesitaban escuchar cosas distintas. La historia de las orquestas es la historia de las preguntas que aprendieron a amplificar. Sin embargo, ninguna caja de resonancia está completa sin alguien dispuesto a escucharla y añadir sus propias búsquedas a esa escucha interna.

Tal vez ésa sea la verdadera razón por la que seguimos fascinados por las grandes orquestas. No porque sean grandes, ni porque sean capaces de producir un sonido más poderoso que el de cualquier otro conjunto musical. Nos fascinan porque, después de siglos de transformaciones, siguen siendo uno de los instrumentos más completos que hemos inventado para escucharnos a nosotros mismos. Seguimos acudiendo a ellas por la misma razón que acudían quienes nos precedieron: porque esperamos encontrar, escondido entre decenas de músicos y miles de notas, algo que responda a una necesidad íntima que quizá ni siquiera sabemos nombrar.

Como las cajas de resonancia de los viejos instrumentos, las grandes orquestas nacieron para devolvernos amplificada una vibración. Solo que, en su caso, la vibración procede del alma humana.