2026 ABU. 26 - 09:42h Seoul Philharmonic Orchestra: ¿Te gusta conducir? SEOUL PHILHARMONIC ORCHESTRAObras: ‘Inferno’ de Jung Jae-il; ‘Sinfonía n.40 en sol menor, KV550’ de W.A. Mozart; ‘Concierto para violín en mi menor, Op.64’ de F. Mendelssohn; ‘Pinos de Roma, P.141’ de O. Respighi. Int.: Bomsori Kim, violín. SPO. J. van Zweden, director. Lug.: Kursaal. 25/08/2026. Jaap van Zweden, al frente de la Filarmónica. (Andoni CANELLADA | FOKU) Nora Franco Kazetaria / Periodista {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Hubo un tiempo en que un anuncio de televisión preguntaba, con una sencillez que acabó convirtiéndose en eslogan: «¿Te gusta conducir?». No preguntaba cuántos caballos tenía el coche ni cuánto tardaba en alcanzar los cien kilómetros por hora. Lo que vendía BMW era otra cosa: el placer de ponerse al volante y olvidarse de todo lo demás. Los cochazos pueden seguir siendo el anhelo de muchos jóvenes, fascinados por los motores que rugen, las aceleraciones que pegan el cuerpo al asiento y esa mezcla de velocidad y adrenalina que hace sentir cada caballo de potencia, pero quizá el verdadero lujo consista precisamente en lo contrario: en disponer de una máquina formidable sin tener que preocuparse de su ingeniería. Un buen SUV, uno de esos coches grandotes que mezclan el aspecto fuerte y seguro de un todoterreno con la comodidad y el manejo de un utilitario, pone a trabajar bajo el capó una cantidad desproporcionada de músculo y tecnología –sensores, asistentes de frenado, airbags, navegación, ordenador de a bordo y todo un arsenal electrónico– para que quien conduce pueda hacer exactamente eso: conducir. Con seguridad, firmeza, suavidad y la tranquilidad de saber que la máquina responderá cuando se le pida. Algo parecido ocurrió con la Filarmónica de Seúl: una orquesta de enormes dimensiones, capaz de desplegar una potencia formidable, pero tan bien ensamblada y manejada por Jaap van Zweden que casi permitía olvidarse de todo lo que estaba ocurriendo bajo su particular capó. Mucho músculo, poca exhibición; muchísima masa, poco peso perceptible; potencia disponible, pero perfectamente dosificada; y una capacidad extraordinaria para cambiar de terreno sin perder estabilidad. Arrancando motores El concierto arrancó motores con la orquesta al completo y una obra contemporánea del compositor coreano Jung Jae-il, Inferno: una pieza efectista muy cercana al lenguaje audiovisual –cine, series, videojuegos…– habitual en Jung, con un control poderoso de las tensiones y un uso muy inteligente de la tímbrica orquestal. Es una de esas obras que, aun siendo contemporáneas y teniendo un lenguaje muy actual, parecen haber nacido con un hueco preparado para ellas en los repertorios orquestales. En cuanto a la orquesta, en esta obra de contrastes destacó la presencia del sonido de las cuerdas, la forma de integrar los metales en el conjunto y el sonido orgánico de las maderas, conformando una sorprendente, espectacular y muy pertinente carta de presentación para esta orquesta asiática en su gira por Europa. Después de semejante puesta en marcha, Mozart planteaba una prueba de conducción completamente distinta. La ‘Sinfonía n.40’ obligaba a aquella formidable maquinaria a cambiar de registro, a contener el músculo y demostrar que también sabía circular por carreteras estrechas sin hacer sonar el motor. Van Zweden optó por una reducción de efectivos en la orquesta, una lectura de gran precisión, firmeza y coherencia en los tempi, elegantes y vitales, con un cuidado equilibrio entre las secciones y una claridad que permitía seguir con nitidez el entramado de la escritura mozartiana. La orquesta respondió con la solvencia que ya había mostrado en Inferno, aunque aquí esa extraordinaria capacidad técnica resultó quizá menos estimulante: sobró un poco de romanticismo y faltó algo de la ligereza, la elasticidad y el nervio mozartiano. Fue, probablemente, el tramo menos deslumbrante de la velada; pero incluso ahí la máquina demostró que podía ser conducida con precisión sin necesidad de pisar el acelerador. Cambio de terreno El siguiente cambio de terreno llegaría tras la pausa con el ‘Concierto para violín’ de Mendelssohn, y aquí la formación coreana tuvo que demostrar otra de las virtudes de un buen SUV: saber que no siempre se trata de llevar el coche al límite, sino de conseguir que quien viaja dentro lo haga con toda la comodidad y seguridad posible. El protagonismo pasó entonces a la violinista Bomsori Kim, y la orquesta supo retirarse y hacer espacio para su sonido con una naturalidad y delicadeza que volvían a revelar la extraordinaria calidad de su ensamblaje –aunque, por otro lado, Bomsori tiene entidad suficiente como para no necesitar que nadie le haga hueco–. (Andoni CANELLADA | FOKU) La violinista ofreció una interpretación de enorme solvencia, elegante en el fraseo, limpia en la articulación y con una sonoridad capaz de proyectarse sobre aquella formidable masa sin necesidad de competir con ella. Y la orquesta, lejos de imponer su presencia, encontró el equilibrio preciso para ponerse a su servicio. La solista se desenvolvió con soltura, aplomo y sencillez, haciendo gala de ese carisma brillante que tan bien acompaña a su virtuosismo. Mendelssohn exigía agilidad, transparencia y una cierta ligereza de espíritu que la joven coreana consiguió con aparente facilidad, mientras la Filarmónica de Seúl respondió sosteniéndola con la mejor de las suspensiones. Y entonces llegó el momento de pisar el acelerador. ‘Pinos de Roma’ permitió a la Seoul Philharmonic desplegar toda la potencia que hasta entonces había mantenido cuidadosamente dosificada, y aquella formidable máquina respondió con una explosión de luz, porque la partitura de Respighi no es solo un recorrido por los paisajes de Roma, sino por sus iluminaciones: el resplandor de un día abierto y luminoso, los rayos de sol que se filtran entre las ramas de los pinos, los destellos que rebotan sobre el agua, la luz cada vez más tenue del atardecer, las tinieblas de la noche y, finalmente, los primeros rayos de un amanecer todavía envuelto en bruma. Y cada una de esas luces encierra sus propios colores y su propia temperatura, millones de matices que la orquesta fue desplegando con una riqueza tímbrica extraordinaria: los metales podían incendiar el horizonte y desaparecer después entre las sombras, las maderas dibujaban reflejos y transparencias, las cuerdas cambiaban la textura del paisaje y la percusión aportaba profundidad y relieve. Bajo la batuta de Van Zweden, ‘Pinos de Roma’ terminó convirtiéndose en una deslumbrante y colorida demostración de fuerza y potencia. Al volante de semejante máquina estuvo Jaap van Zweden, un director seguro y preciso, sin miedo a la velocidad, pero siempre atento al control. Su gesto, lejos de encorsetar a la orquesta, pareció confiar en ella: dejó que la Filarmónica de Seúl respirara y se moviera con libertad, interviniendo solo cuando era necesario. En ‘Pinos de Roma’, especialmente, se le vio disfrutar de las posibilidades de aquella formidable maquinaria, dejándola correr y administrando con inteligencia sus enormes reservas de potencia. Después de todo, como preguntaba aquel viejo anuncio, a Van Zweden también parece gustarle conducir. Solo que, esta vez, no es un BMW, sino un coche coreano.