GAIAK

Escrito en el firmamento

Obras: Obertura de ‘La Forza del Destino’ de G. Verdi; Stabat Mater y Te Deum de ‘Cuatro Piezas Sacras’ de G. Verdi; Sinfonía n.4 en fa menor, Op.36 de P.I. Tchaikovsky. Intérpretes: Orfeón Donostiarra. Orquesta Filarmónica de la Scala de Milán. Riccardo Chailly (dtor). Lugar: Kursaal. 30/08/2026.

Imagen del concierto. (QUINCENA MUSICAL DONOSTIARRA)

Los antiguos buscaban el destino en las estrellas. Miraban hacia arriba intentando descifrar aquello que no podían controlar aquí abajo. Hoy tenemos redes sociales llenas de tarotistas y adivinadores de dudosa credibilidad, pero capaces de ofrecer, con sorprendente aplomo, las mismas respuestas ambiguas que entonces llegaban desde el firmamento.

No sabemos si Riccardo Chailly cree en los designios celestes, pero el programa de su último concierto donostiarra al frente de la Filarmonica della Scala parecía empeñado en darle trabajo a los hados: Verdi lo puso en escena, después lo elevó hacia lo sagrado y Tchaikovsky terminó por convertirlo en una amenaza íntima, de esas que uno lleva siempre consigo, porque no se puede huir del destino.

La Obertura de ‘La forza del destino’ fue un comienzo difícil de mejorar. Verdi es, al fin y al cabo, la lengua materna de la Filarmonica della Scala, y Chailly la habla con la familiaridad de quien conoce no solo la gramática, sino también los silencios. Los acordes iniciales sonaron como una sentencia y, a partir de ahí, la música encontró enseguida su dimensión teatral: contrastes marcados, tensión acumulativa, cambios de luz y una capacidad casi física para mantener la expectativa. Hubo potencia, pero también flexibilidad; dramatismo, pero sin necesidad de sobreactuarlo. La Scala estaba en su salsa.

Sin embargo, el salto a las Cuatro piezas sacras fue considerable. El ‘Stabat Mater’ y el ‘Te Deum’ pertenecen a un Verdi menos inmediatamente seductor, más interesado en explorar hasta dónde podía llevar su lenguaje que en regalar al oyente una melodía pegadiza. Son páginas singulares, brillantes, de una escritura coral tan exigente como poco complaciente. Y si en ‘La forza del destino’ la fatalidad irrumpía en escena, aquí Verdi la contempla desde otro lugar: el de quien, ante aquello que no puede controlar, levanta la mirada hacia lo trascendente.

El Orfeón Donostiarra respondió con solvencia, aunque la partitura puso especialmente contra las cuerdas a las sopranos. Las tesituras tirantes y los ataques expuestos, tanto en los pianísimos como en los fortísimos, dejaron algunos sonidos duros y poco ajustados; en alguna nota aguda sostenida también faltó fuelle antes de tiempo. A su emisión le faltó además algo de redondez y riqueza de armónicos, que las contraltos no consiguieron rellenar. Los hombres ofrecieron un rendimiento más firme, especialmente en los pasajes de inspiración gregoriana, donde su color encontró un terreno más favorable. No era una partitura dispuesta a hacer prisioneros, y el coro consiguió salir de ella con más oficio que holgura. 

Y todavía quedaba Tchaikovsky. La Cuarta apareció anunciada por esa fanfarria de los metales que parece decirnos, sin demasiados rodeos, que el destino ha vuelto a entrar en escena. Chailly comenzó con calma, con tempi espaciosos y una atención minuciosa al fraseo. La cuerda encontró un sonido amplio y oscuro, los violonchelos cantaron con flexibilidad y las maderas volvieron a exhibir el nivel individual de la formación. El Andantino tuvo momentos de gran belleza y el Scherzo, con sus pizzicati ligeros, sus contrabajos carnosos y sus relevos perfectamente calculados, fue probablemente el tramo más fresco de la sinfonía.

El problema es que la Cuarta no dejó de crecer. Chailly sabe perfectamente cuánto puede apretar a esta orquesta sin que se le desmonte la maquinaria, y la Scala posee recursos de sobra para llenar el Kursaal con una facilidad casi insolente. Metales y percusión alcanzaron volúmenes imponentes mientras la cuerda trataba de conservar el dibujo interno de la partitura. Todo estaba en su sitio, pero quizá demasiado.

Porque la intensidad también necesita perspectiva. Una Cuarta permanentemente al borde del abismo acaba perdiendo el vértigo: si todo es clímax, el clímax deja de serlo. El ‘Allegro con fuoco’ llegó después de una acumulación considerable de energía y añadió todavía más, con una orquesta espléndida, precisa y perfectamente gobernada. A esas alturas de la noche, el destino llevaba ya demasiado tiempo haciendo horas extras. Tanta opulencia terminó pesando y lo que debía conducir a la catarsis acabó produciendo más fatiga que emoción. Cuando llegó el último acorde, el aplauso sonó también a alivio.

El concierto tuvo, además, un pequeño componente de despedida. Al término de 2026, Chailly dejará la dirección musical de La Scala, después de haber sido su director principal desde 2015 y director musical desde 2017. En 2027, Myung-Whun Chung tomará el relevo y, mientras, en los atriles conviven ya los músicos que han construido esta etapa con nuevas generaciones que tendrán que continuarla. Incluso una institución como la Scala está condenada –bendita condena– a renovarse, y Chailly conoce demasiado bien ese paisaje como para necesitar demostrar que le pertenece.

Y quizá ahí esté la paradoja de la noche. La Filarmonica della Scala volvió a demostrar que es una orquesta extraordinaria, capaz de pasar de Verdi a Tchaikovsky sin perder ni un gramo de autoridad, y Chailly confirmó el dominio absoluto de una formación que conoce hasta sus últimas costuras. Pero el dominio tiene también sus riesgos: cuando todo está perfectamente controlado, puede quedar menos espacio para aquello que no se puede controlar. Para el accidente, para la fragilidad, para la sorpresa. La Forza del destino tuvo teatro; Tchaikovsky tuvo músculo. Entre una cosa y otra, la noche terminó resultando más admirable que emocionante.

Los antiguos buscaban el destino en las estrellas. Nosotros sabemos que las constelaciones cambian, que los nombres abandonan los podios y que las instituciones continúan cuando sus protagonistas se marchan. Chailly dejará la Scala. La Quincena ha apagado ya las luces de esta edición. Quizá esa sea la única certeza que podamos permitirnos: que todo cambia.