
«Afganistán se halla hoy en el peor momento de su historia»
La retirada de las tropas estadounidenses abre la veda a una guerra entre el Gobierno y los talibanes a la que se suman grupos terroristas, milicias tribales y mafias locales. Los afganos se enfrentan a un caos que pone en cuestión su futuro más inmediato.
«Quien controla Bagram, controla Afganistán», suelta el general Mir Asadullah Kohistani, comandante de la base aérea de Bagram. El oficial sigue sentado en su despacho a pesar de la salida improvisada de las últimas tropas americanas. «Los talibanes han anunciado que iban a atacar, pero nosotros la vamos a defender no con centenas sino con miles de soldados», afirma. Hace un mes que Kohistani se convirtió en el comandante de toda la base aérea, probablemente la más importante de EEUU en la región en los últimos 20 años.
El 2 de julio por la noche, silenciosamente, el último pelotón de soldados americanos dejó la base desatendida, sin avisar a los aliados afganos, que solo se dieron cuenta del abandono unas horas más tarde. Antes no controlaban más del 10% de la base pero, de la noche a la mañana, se quedaron al cargo de todo. «Los americanos nos dijeron que abandonarían la base, pero sin especificar la fecha y la hora. Somos militares, y estos son códigos secretos. Lo entiendo», continúa Kohistani, justificando el comportamiento de sus hasta ayer socios: «Durante la noche escuchamos ruidos de aviones, lo normal. Solo después de unas tres horas nos dimos cuenta de que la base estaba abandonada. Fueron tres horas de vacío que intentamos llenar enviando nuestras tropas. No obstante, en este plazo de tiempo algunos civiles entraron en la base para saquearla», apostilla el comandante.
Desde entonces, el Ejército afgano se ha ido desplegando progresivamente por toda la base. Es una tarea titánica porque Bagram había crecido hasta convertirse en una ciudad de setenta mil personas entre personal militar y civil, tres mil quinientos edificios, restaurantes, bares, tiendas, supermercados y uno de los aeropuertos más congestionados en el mundo (centenares de vuelos diarios).
Era una de las bases militares más controladas al mundo, un lugar que parecía trasplantado desde el Medio Oeste americano al corazón de Asia Central, rodeado de montañas nevadas en la que los nombres de las calles, las señales… todo recordaba a Norteamérica. Uno se llegaba a olvidar que estaba en Afganistán.
Hoy solo hay silencio y desperfectos, sus antiguos ocupantes se llevaron hasta la electricidad. Solo queda aprovechable un hospital militar y nadie sabe lo que van a pasar con la base.
«Ningún afgano accedía a la zona de los extranjeros, nadie quería hacerlo», recuerda el soldado Ali Murad Shinwari, que dice sentirse feliz y orgulloso de defender su país. También se respira rencor. «Los americanos nos hicieron un regalo, pero también nos traicionaron», apunta un sargento que prefiere no dar su nombre, desde uno de los sofás de su nuevo despacho.
El abandono tan improvisado de una base tan icónica como la de Bagram es la metáfora de la derrota y del fracaso OTAN en Afganistán, y también una fuente de innumerables dudas: desde la capacidad del Ejército afgano de mantener el control sobre la base hasta el futuro del país a corto plazo.
Avance imparable
Durante los últimos dos meses, las fuerzas armadas han ido perdiendo distritos en todo el país, incapaces de controlar el avance imparable de los talibanes, que se han hecho fuertes en los puestos fronterizos más importantes a la vez que rodeaban Kabul.
Mientras los precios de los alimentos se disparan, la gente intenta salir del país (cinco mil pasaportes emitidos cada día). Es el caos. Los kabulíes están más preocupados por una inminente irrupción de los talibanes, aunque muchos se nieguen a creérselo.
«Hemos visto muchas veces que, después de conquistar un territorio, no lo pueden controlar», explica Fahim Sadat, profesor de la Universidad Kardan en Kabul. «No creo que entren en Kabul. Es también un riesgo para su legitimidad porque, si lo hicieran, sería una lucha que costaría muchas vidas civiles», asegura.
A las violaciones de derechos humanos por parte del Ejecutivo y de los talibanes se suman las perpetradas por actores irregulares como las milicias, que cometen brutalidades en las provincias protegidas por políticos.
«No sabemos si van a apoyar al Gobierno o a sus líderes en claves étnicas, provocando una guerra civil», dice Sadat. Por el momento, miles de civiles, antes agricultores o comerciantes, toman las armas. Habrá que ver si las devolverán algún día.
«Afganistán se encuentra hoy en el peor momento de su historia», apunta en su despacho del centro Kabul el analista político Nasratullah Haqpal, quien no oculta su preocupación por lo que está pasando. La razón principal es la retirada de la OTAN, que se va mientras los combates entre talibanes y Ejército regular se intensifican. Lo peor es que, sin un actor fuerte como EEUU, será muy difícil que el Gobierno y los talibanes consigan un acuerdo», lamenta Haqpal, quien también mira hacia lo que vendrá después: «La incertidumbre hacia el futuro tiene un impacto directo sobre la economía, la vida social, la educación y la seguridad, y el principal responsable es el Gobierno americano, que deja los afganos en la misma situación de hace veinte años. Si hay alguien que tiene la responsabilidad y la capacidad de encontrar una solución son ellos».
La OTAN y EEUU se marchan de Afganistán precipitadamente, anticipándose a la fecha simbólica del 11 de setiembre, que fue la fecha elegida por el presidente Joe Biden para poner fin a la presencia extranjera. Considerada por los afganos como una ocupación ilegitima, la felicidad de ver a las tropas internacionales fuera del país, derrotadas y humilladas, después de haber gastado trillones de dólares para nada es lo único que genera unanimidad en una población dividida como nunca. Las promesas hechas durante estos últimos veinte años (democracia, prosperidad, derechos humanos…) quedan incumplidas. No ayudó que a los actores políticos y militares en el país se preocuparan más de su propio interés.
«Justificaron la ocupación con la lucha frente al terrorismo y con traer democracia y prosperidad. ¿Quién les invitó? ¿Acaso fuimos nosotros, los afganos?», se pregunta Haqpal en voz alta. «Vinieron prometiendo sueños que no pedimos y solo consiguieron una cosa: matarnos y dividir a la población aún mas. Ahora huyen de una situación incómoda echando la culpa a los afganos», prosigue.
Tras la retirada, el tablero afgano no podía ser más caótico. A la ecuación entre el Ejecutivo y los talibanes hay que añadirle grupos terroristas, una guerra de mafias entre políticos y grupos tribales (que cada día provoca decenas de muertos) y la impunidad de centenares de milicias leales a señores de la guerra y apoyadas por el Gobierno y por políticos corruptos.
«Nos imponen la guerra»
En las montañas de Shinwari, en la provincia de Parwan, el ruido de las ametralladoras es casi constante. A pocos kilómetros al norte de Bagram, una milicia que apoya al Ejército controla los valles desde las cumbres de las montañas e impide el paso a los talibanes hacía la llanura, a unos cincuenta kilómetros de Kabul.
El comandante Aqa Mohammad, veterano de la guerra contra los soviéticos antes de convertirse en propietario de un pequeño comercio en el pueblo dice que cogió las armas de nuevo hace dos meses: «Nos imponen una guerra desde fuera, hay que luchar. Los talibanes quieren violencia y terror, pero no pasaran».
Como muchos otros, Mohammad no esperaba volver al frente. Tampoco Amruddin, líder tribal y también veterano de la ocupación soviética: «Los americanos nos traicionaron, nos dejaron en la misma situación de hace veinte años. Nunca me habría imaginado que este Gobierno fuese tan débil, y menos aún que yo mismo tuviera que volver a empuñar las armas de nuevo».
En los últimos meses, millares de civiles se han alistado en diversas milicias para luchar contra los talibanes. «Después de cuarenta años de guerra, es normal saber usar un rifle», asegura Mohammed Rahim, un agricultor hoy en el frente de guerra. Se trata de un escenario que preocupa a la población, pero que ha sido fomentado por los políticos.
Desde hace un año, el Ejecutivo, junto a los servicios de información (NDS), están armando fuerzas irregulares para apoyar a los señores de la guerra en las provincias. Incluso en Kabul, algunos barrios están fuera del control del Ejército regular, una noticia no oficial pero que es conocida por todos.
El líder de la milicia de Aqa Mohammed es el parlamentario de Parwan Abdul Zaher Salangi. Los milicianos controlan su casa en Charikar, no lejos de Shinwari. «No veo el problema. Estos grupos son esenciales. Fue un error quitarles las armas en el pasad y dejar que los talibanes tomaran el control de varias áreas en las provincias», apostilla Salangi.
No se les llama «milicias» sino «fuerzas de insurrección popular». Con un Ejército incapaz de contener a los talibanes, los milicianos han sido reclutados como fuerza de apoyo, aunque el objetivo no sea siempre derrotar a los talibanes. Detrás de este fenómeno hay muchos parlamentarios y altos cargos del Gobierno que, con el avance talibán, han ido creando sus ejércitos privados para «proteger su poder, sus intereses y seguir robando de la caja del Estado», en palabras de Haqpal. «Matan por los intereses de algunos. En Afganistán ya conocemos a las milicias y sabemos las brutalidades que cometieron. Representan un peligro y podrían fomentar una guerra interétnica», añade el analista.
Shinkai Karokhail, parlamentaria kabulí, quiere explicar lo que esta pasando en este caos donde las violaciones de los derechos humanos de todo tipo sufridas por los civiles son innombrables: «Esta es una guerra proxy donde las víctimas somos todos nosotros. No olvidemos que no solo los talibanes sino también las milicias están matando a familias». Cada afgano mira frustrado e impotente a las potencias internacionales y los actores regionales, dueños del futuro de sus vidas. Saben que solo son peones para matarse en la línea del frente. Y saben que no tienen otra opción. El caos esta destruyendo el país y las razones hay que buscarlas en veinte años de promesas fallecidas.
Salangi resume la idea en una sola frase: «Si la comunidad internacional quiere paz en Afganistán, tendremos paz. Si nos van a imponer una guerra, tendremos que luchar».