«Los artistas debemos abrir formas de diálogo, no solo tomar partido»
Nacidas en Cuba en 1978, las cineastas Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández crecieron en los rigores del Período Especial y a comienzos del nuevo siglo optaron por emigrar iniciando un itinerario vital marcado al que ahora dan testimonio con su documental «A media voz».

“A media voz” es un documental atípico estructurado como un diario íntimo, como la correspondencia entre dos amigas a las que el paso del tiempo y una serie de elecciones personales fue distanciando. El deseo de retomar sus respectivas carreras como cineastas y de volver a trabajar juntas aún en la distancia fue lo que animó a Heidi Hassan y a Patricia Pérez Fernández a volcarse en la realización de una película donde se deja sentir la melancolía que generó en toda una generación de cubanos el fin de un sueño colectivo y que, a su vez, es una invitación a repensarse.
«A media voz» es un filme muy íntimo que ilustra la correspondencia entre dos amigas tras unos años de distanciamiento. ¿Qué les llevó a documentar todo este proceso?
Patricia Pérez Fernández: Cuando una mujer llega a los 40 siente un desfase entre lo que le dicta su reloj biológico y sus exigencias profesionales que le lleva a hacer balance de su vida y a preguntarse si el camino que ha tomado hasta ese momento ha sido el correcto. Yo creo que ese tipo de reflexiones y el deseo de rodar una película juntas fue lo que motivó que retomásemos el contacto ante la necesidad de repensarnos una a través de la otra.
Heidi Hassan: Sí, porque además en este punto de nuestras vidas una comienza a mirar atrás pero también se plantea cómo quiere seguir hacia adelante. Es verdad que con 40 años una ve cosas que no se dieron tal y como había deseado, pero aún tienes la posibilidad de reconducir tu vida. Y creo que eso se refleja en la película.
En esa correspondencia que mantienen y que documenta la película hay un tema que vehicula toda la comunicación entre ustedes, y es la idea de desarraigo no solo desde un punto de vista emocional, sino también biológico.
H.H.: En nuestro caso, el haber emigrado creo que tiene una influencia directa en nuestra no maternidad. Hacer la película nos ha permitido analizarnos desde una cierta distancia y a mi, particularmente, me ha ayudado mucho a hacer las paces con ese deseo, un deseo no satisfecho como tantos otros que hemos tenido a lo largo de nuestra vida.
P.P.F: La película habla de eso pero también de muchas otras cosas, no hay una jerarquía clara de temas. Pero ese vínculo que comentas esta ahí porque el irte de tu país también implica postergar el momento para ser madre y eso a su vez te impide arraigar, echar semillas. Fue una idea que fuimos encontrando en el proceso de construcción del documental y que cuando la encontramos comenzó a darle un sentido a la propuesta.
H. H: Y no solo a la propuesta, sino que fuimos viendo la importancia que tenía en nuestras vidas esa imbricación de la no maternidad con la idea de desarraigo.
¿Mostrar ese tipo de vivencias hasta qué punto les obligó a luchar contra su propio pudor?
P.P.F: La verdad es que mientras estás haciendo la película no piensas mucho en eso, la necesidad por repensarnos y sincerarnos emocionalmente fue más fuerte que la idea de que, una vez acabada, la película podía llegar a verse en pantalla grande por tal o cual cantidad de personas. Pero ahora, con la película terminada, creo que puestos a desnudarse emocionalmente mejor hacerlo del todo que desnudarse a medias. El público agradece la sinceridad y que le hablen de cosas que, de un modo u otro, nos afectan a todos. ¿Quién puede dejar de reconocerse en aquellos temas que abordamos en la película?
Pero supongo que son conscientes de que, dentro de ese carácter universal que poseen ciertas emociones y ciertas sensaciones, el hecho de que estas vengan expuestas por dos mujeres emigrantes y cubanas suscita un interés adicional por su película.
H. H: Cuba aún hoy sigue siendo una utopía y un misterio para algunos y eso refuerza su atractivo sobre el imaginario colectivo de muchas personas. Pero creo que nuestra película no busca explotar eso ni pretende reflexionar sobre la situación cubana. Para nosotras Cuba es algo que forma parte de nuestra piel. Si hablamos de nosotras es natural que hablemos de nuestra infancia, de nuestro país y de lo que dejamos allá.
P.P.F: No podemos negar que nuestra condición de cubanas confiere un atractivo adicional a la película y también siento que a mí como emigrante me ha favorecido sobre todo si comparo mis vivencias con la de otras mujeres procedentes de países como Bolivia o Ecuador. A veces, por el hecho de decir que eres de Cuba, te perciben como una persona ya de por sí interesante, pero ese es un plus que yo no me he ganado, yo simplemente nací ahí. En este sentido, no creo que a ninguna de las dos nos interese sacar provecho de nuestra cubanidad.
¿Es difícil gestionar eso? Me refiero a las exigencias adicionales que se les suele plantear a los artistas cubanos atendiendo a su procedencia más que a su obra.
P.P.F: Ser de Cuba te lleva a tener que estar permanentemente dando explicaciones sobre todo tipo de temas. Yo estuve un tiempo acá trabajando de camarera y cuando estaba detrás de la barra, y eso lo digo en la película, se me acercaba todo tipo de gente a preguntarme sobre Cuba, sobre cómo estaban las cosas allá, sobre porqué me había venido, sobre si no tenía pensando regresar… A veces me veía obligada a decir que era canaria para que me dejasen ya tranquila (risas).
H. H: Estás obligada a responder a las expectativas de la gente que tienes frente a ti y eso no es cómodo. Porque si eres contrarrevolucionario a ultranza tú tienes clara tu posición y la defiendes. Pero ese no es nuestro caso, nosotras crecimos creyendo en el proyecto político cubano y por eso mismo la cuestión resulta mucho más compleja. No se trata de estar a favor o en contra, esa es una posición maniqueísta que nos retrotrae a los años de la Guerra Fría. Ahora mismo todo resulta mucho más difuso y la Revolución es más un mito que una realidad por mucho que haya gente que intenta seguir aferrada a esa utopía, lo cual es comprensible. Pero creo que los cineastas debemos ofrecer una mirada crítica, atender a todos los matices y abrir nuevas formas de diálogo en lugar de conformarnos con tomar partido y ya.
¿Creen que ahora mismo en Cuba falta espacio para la crítica constructiva?
H. H: De hecho, a mí me resulta triste que cuestionar la realidad de manera constructiva pueda interpretarse como una agresión directa en lugar de asumirse como una herramienta para mejorar el proyecto político cubano. No podemos seguir estancados en un discurso que apela a una realidad de hace cincuenta años.
P.P.F: Pero al mismo tiempo nuestra película se ha visto en Cuba y ha ganado premios allá y hay muchos cines que quieren proyectarla. Todo eso resulta sintomático de que poco a poco hay cosas que están cambiando porque nosotras teníamos poca fe de que nuestra película pudiera verse allá. Pero al final, hablando de nuestros sentimientos, creo que hemos conseguido derribar el muro de la política.
En este sentido, ¿piensan que su película puede ser interpretada en clave generacional?
P.P.F: Lo que está claro es que para la generación de nuestros padres resulta aún más duro asumir el final de ese sueño colectivo que fue la revolución, ellos entregaron su juventud a ese ideal y como tal les cuesta más asumir posiciones críticas. La gente de nuestra generación fue siendo joven cuando, en su mayoría, optó por irse de Cuba y no fue una decisión fácil porque a nosotras también nos educaron en la utopía, pero nuestro apego al proyecto político de la revolución no era ya tan fuerte como el de nuestros padres y abuelos y eso nos abrió las puertas a cuestionarlo e incluso rechazarlo con mayor libertad, sin ese sentimiento de culpa o de traición que muchas veces pesaba en las generaciones anteriores.
H. H: Sí, pero además yo creo que nuestra película es reflejo de los sentimientos que anidan en la diáspora cubana, un colectivo amplísimo de personas cuya voz raramente se dejaba oír en el cine cubano. Afortunadamente, en la Cuba de hoy comienza a haber un cine independiente muy potente que está abierto a acoger estas voces, cosa que en otras épocas era impensable. Hasta hace unos años no había películas que reflejasen la realidad del emigrante cubano, simplemente porque quienes decidían emigrar eran tachados de traidores. Pero creo que en la propia sociedad cubana las percepciones sobre aquel que sale del país están empezando a cambiar, ya no te ven como un ente ajeno sino como alguien que forma parte de la realidad del país. De hecho, tras una de las proyecciones en Cuba de “A media voz” se me acercó una señora, que no era precisamente de nuestra generación, y me dijo algo muy bonito: “Ustedes dicen que esta película es una propuesta íntima y personal pero en realidad se trata de una historia colectiva”.
¿Sienten entonces que «A media voz» es una película de alcance universal?
P.P.F: No es que lo sintamos, es que lo estamos constatando, cosa que no deja de asombrarnos. Al rodar nos preguntábamos qué tipo de espectadores se sentirían concernidos por esta propuesta y pensábamos que era una película que iba a ser entendida sobre todo por mujeres de nuestra edad que, como nosotras, tuvieron que emigrar de sus países. Pero luego, según hemos ido a festivales por todo el mundo, te das cuenta de que la película llega a gente de culturas muy diversas, de edades muy diferentes y que es una historia que conmueve a muchos hombres, cosa que nos sorprende y emociona profundamente.

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