Los ‘francotiradores de finde’ que disparaban a civiles en Sarajevo
Una investigación empezada en Italia en colaboración con Francia, Suiza y Bélgica ha abierto la caja de Pandora sobre un grupo de fanáticos que, a cambio de mucho dinero, hacían ‘turismo de guerra’ activo en la capital bosnia durante su cerco.

La banalidad del mal, provocar dolor simplemente como pasatiempo, con la guerra como telón de fondo real, perpetrando los mismos crímenes pero como si fueran un juego.
Las relevaciones, aunque hayan pasado varias décadas, resultan espantosas. Están saliendo poco a poco y provocan escalofríos. Nos hablan de algo lejano pero todavía muy presente en nuestros recuerdos: el conflicto en la antigua Yugoslavia, y más concretamente en el dramático cerco (1.425 días) de Sarajevo.
Además de la guerra en la que combatía y mataba, según investigaciones recientes se desarrolló también una especie de ‘turismo del horror’, con gente que pagaba para ir a disparar a la población como si fuera un juego, a lo sumo un ejercicio de tiro.
Cientos de extranjeros llegaban, sobre todo desde Italia, que estaba cerca de la frontera yugoslava. Pagaban, hacían de francotiradores, mataban sin tener ningún interés específico y volvían a casa.
Un listado de precios
Cuando el rumor salió en su día sonaba a leyenda, a mito alimentado por los relatos de guerra. Pero no era así, como ha sabido demostrar el director de cine Miran Zupanic, esloveno, a través de un documental, ‘Sarajevo safari’. Safari, como los de las bestias, aunque aquí los animales eran la población local, y los cazadores, un grupito de fanáticos.
Entre 1993 y 1995, cientos de extranjeros llegaron a Sarajevo, por aquel entonces epicentro de la matanza entre los pueblos de un estado que ya no existía: Yugoslavia. Bosnios y serbios, croatas y eslovenos, también tropas de la OTAN, genocidios justificados por una supuesta superioridad racial o religiosa, sitios como Srebrenica convertidos en baños de sangre.
Soldados oficiales y civiles peleaban entre ellos sin piedad. Sarajevo, la coqueta capital de Bosnia, todavía tiene las secuelas de aquellos atroces meses. Los rascacielos de la periferia, de hecho, muestran los agujeros de las granadas y de los disparos, una especie de cementerio al aire libre que todos pueden ver para nunca olvidar. Bombas sobre el mercado y por las calles, gente muerta mientras caminaba, entre el hambre y la sensación de impotencia.
Existía incluso una lista de precios, acredita la investigación: los ancianos eran las víctimas más baratas por resultar más fácil abatirlos
Ahora se confirma que no eran solamente los ‘señores de la guerra’ los protagonistas. Había gente que pagaba sumas considerables para hacer de francotirador y atacar a los civiles indefensos. Turistas que querían experimentar la supuesta emoción del conflicto, desahogar quizás pulsiones homicidas y luego volver a casa felices por haber matado.
Existía incluso una lista de precios: los ancianos eran las víctimas más baratas, por resultar más fáciles, y el coste iba subiendo hasta los niños y las mujeres. Una contabilidad del horror que ha sido descubierta por unos fiscales italianos, sobre todo en colaboración con las autoridades francesas, suizas y belgas.
Percepción de omnipotencia
La investigación ha tenido como fuente, al menos en Italia, también un libro: ‘I cecchini del weekend’ (‘Los francotiradores del fin de semana’), del periodista Ezio Gavazzeni.
El foco está sobre todo en los italianos, unos 230 en el listado de 500 ‘turistas de la muerte’. De momento un hombre de 80 años es el único imputado, acusado de homicidio voluntario. Hay otros que han fallecido mientras tanto, al haber pasado más de tres décadas: «No hablamos de un puñado de fanáticos –explica Gavazzeni–, sino de muchos, muchísimos más».
Según su reconstrucción, estos ‘clientes’ eran bastante insospechados: empresarios o profesionales adinerados, apasionados de la caza y de armas, que disparaban no por motivos políticos o religiosos, sino para percibir una especie de omnipotencia. Por un viaje de dos o tres días «pagaban lo que hoy se pagaría por un apartamento de tres habitaciones en una zona residencial de clase media de Milán» continúa el periodista italiano. Por razones de privacidad no se han comunicado las cifras, pero visto lo visto rondaríamos el medio millón de euros. Es decir, gente muy acomodada.
El foco está sobre todo en los italianos, unos 230 en el listado de 500 ‘turistas de la muerte’. De momento un hombre de 80 años es el único imputado
¿Cómo funcionaban estos macabros viajes? Las salidas se realizaban principalmente desde el norte de Italia, a través de la frontera de Trieste, y había un apoyo en territorio yugoslavo por parte de las milicias serbo-bosnias que controlaban las colinas.
La investigación de Gavazzeni se basa en varias fuentes: entre ellas, un antiguo agente secreto bosnio. Todo el material recopilado se ha presentado ante la Fiscalía, que ha decidido abrir una investigación penal. «La justicia determinará el grado de credibilidad. Pero pruebas hay: estos francotiradores improvisados miraban a través de la mira de sus rifles como si fuera un videojuego. Disparaban a cualquiera que pasara. No era una guerra, era una cacería humana sin motivo», subraya Gavazzeni, cuyos testimonios se pueden ver en el documental de Zupanic, que es anterior a su libro.
República Srpska
La tesis del director esloveno es que el responsable de la idea de estos ‘francotiradores del finde’ fue el ejército de la República Srpska, aquella entidad política nacida durante el conflicto yugoslavo, que pertenecía a los «serbios de Bosnia». Se basa en que los ‘turistas de la guerra’ disparaban desde sus líneas, como el barrio Grbavica de Sarajevo.
El documental de Zupanic se basa también en algunos testimonios clave, como un soldado esloveno ‘garganta profunda’ que, con el rostro oculto, relata su experiencia con los visitantes que pagaban por estos dramáticos safaris. O las palabras de Edin Subasic, exagente de inteligencia del Ejército bosnio, quien explica la logística para los francotiradores improvisados y sobre todo el perfecto conocimiento de los hechos por parte de los servicios secretos italianos Sismi y Sisde, dispuestos a declarar que «el fenómeno ha sido neutralizado» sin iniciar ninguna investigación criminal.
Es cierto que ahora las víctimas pueden estar seguras. Pero lo que vivieron no fue una leyenda urbana, sino algo concreto, a la par que horroroso.
No existía solamente la crueldad de reconocidos criminales de guerra como Radovan Karadzic e Ratko Mladic, responsables entre otras cosas del cerco de Sarajevo que provocó 11.000 muertos civiles. Existía algo más profundo, tan espantoso que iba más allá que cualquier relato sangriento: gente que pagaba para tirotear a gente indefensa en un contexto de guerra, sin tener nada en contra de ella. El horror más banal.

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