«Todo quedó reducido a una frase mínima: ‘Se los llevaron’»
Escritora, pedagoga e hija de desaparecidos en la dictadura argentina, Raquel Robles indaga sobre los cruces de la literatura con la memoria y la verdad. Fue una de las fundadoras de H.I.J.O.S. En ‘Pequeños combatientes’ relata desde una mirada infantil el día a día de los hijos de desaparecidos.

Los padres de Raquel Robles, Flora Celia Pasatir y Gastón Robles, desaparecieron el 5 de abril de 1976 cuando ella aún no había cumplido los cinco años. Su hermano tenía tres. Ambos estaban en la vivienda junto a sus padres cuando irrumpieron los militares.
En el libro ‘Pequeños combatientes’, publicado por primera vez en 2013 y que ahora llega a Euskal Herria de la mano de Txalaparta, Robles relata «Lo Peor» desde el prisma de una niña de siete años que, junto a su hermano pequeño, queda al cuidado de sus tíos y dos abuelas cuando los militares secuestran a sus padres.
¿Por qué optó por narrar el impacto de la desaparición desde el prisma de una niña?
La primera pregunta que me hice fue qué hacer con mi material autobiográfico. Si bien el libro es una novela, recurrí a mis propias vivencias. Algunas de las anécdotas que narro son mías, otras las escuché o, simplemente, las inventé a partir de lo que viví.
Traté de rescatar lo que sentí cuando se llevaron a mis padres. No quería escribir desde la visión de una adulta para quien es imposible no hacer juicios de valor. Tuve que componer una voz infantil que está descubriendo el mundo. Tampoco quería infantilizarla ni reírme de ella o tenerle excesiva compasión, porque ella no se compadece de sí misma.
¿Cuánto hay de ella en usted?
En lo esencial, un montón. Tenemos en común la necesidad de que las cosas que pasan tengan un sentido y de proteger a nuestros hermanos.
¿Cómo fue integrando la desaparición de sus padres?
Aún no había cumplido los cinco cuando se los llevaron. Más que el hecho del secuestro, fui integrando su ausencia. No hubo ningún momento en que alguien pusiera blanco sobre negro. El dato principal, dónde están, sigue siendo materia de disputa. Todo quedó reducido a ‘se los llevaron’. Eso me ha permitido escribir un libro y llenar de contenido esa frase mínima.
¿Cómo fue asimilando las informaciones sobre el destino de los desaparecidos, las torturas, los centros clandestinos de detención, etc?
Cuando los adultos fueron perdiendo la esperanza, fui entendiendo que no podía esperar más, que no iban a aparecer nunca más. Todo ese proceso se fue dando sin palabras, sin explicaciones. Obtener la información fue un camino muy tardío y en diferido.
Hasta 1995 no supe que habían estado en Campo de Mayo. Muy pocos sobrevivieron a este centro clandestino. Cosas de la vida, me encontré con un sobreviviente que compartió un momento con mi papá. Así supe que había estado allí y que mi mamá estaba al lado. Me dio una posible fecha aproximada del asesinato, pero eso es todo lo que sé después de 50 años. Es como si fuera una verdad fáctica; tienes que saber de lo particular –de tu familiar– por lo general.
«Conocer un simple dato tiene un impacto enorme, necesitas casi un año para reponerte a él, porque el contenido es muy cruel»
Como el pacto de silencio de los militares fue respetado a rajatabla, en la sociedad se instaló una especie de consenso compartido de que nunca íbamos a saber nada de los desaparecidos. 50 años después empezamos a rasgar esa idea.
Gracias a una acción judicial colectiva que presentamos y que fue admitida por los tribunales, se empezó a excavar en el centro clandestino de detención conocido como La Perla, en la provincia de Córdoba. Allí acaban de identificar los restos de 12 desparecidos. ¿Por qué no vamos a saber nunca dónde están los restos?
En mi caso, renuncié muy pronto a la posibilidad de poder saber algo. Es un proceso muy difícil; conocer un simple dato tiene un impacto enorme en la persona, necesitas casi un año para reponerte a él porque el contenido es muy cruel. Significa tener conocimiento de un sufrimiento insoportable. Quieres saber y no saber al mismo tiempo.
«Hasta nuestra irrupción, el campo de la militancia –de las Abuelas, Madres, exdetenidos– partía de la tragedia y, de repente, llegamos nosotros con nuestra loca y alegre militancia; estábamos muy contentos de estar juntos»
Aunque nunca he ido a un cementerio, sí que me gustaría encontrar los restos de mis padres, pero no sé si quiero saber todo con detalle, porque, como te digo, es de una crueldad enorme. Los militares quisieron hacerlos mierda, pero con un efecto expansivo hacia el resto; cuanto más rascas ahí dentro, más se perpetúa esa onda expansiva.
La protagonista de la novela se refiere en todo momento a la desaparición de sus padres como «Lo Peor». ¿Qué engloban esas dos palabras?
Intenté trabajar con esos eufemismos. La misma palabra desaparecido es un eufemismo, porque nadie desaparece. Esas dos palabras engloban un montón de verbos brutales; secuestrar, asesinar, torturar, etc.
«Lo Peor» muestra el impacto de la desaparición en quienes se quedan, pero sin decir todo lo que implica, sin nombrar esos verbos que son imposibles de tolerar.
La desaparición es «Lo peor», no hay nada peor que eso. Con esta expresión quería evidenciar la dificultad para nombrar lo que es imposible de aguantar.
A 50 años del golpe de Estado, es ahora cuando se empieza a hablar de las vivencias de los niños que fueron testigos del secuestro de sus padres y que incluso en algunos casos fueron llevados junto a ellos a centros clandestinos o fueron abandonados por los militares en la vía publica o en casas de vecinos.
Es algo que ocurre con todas las infancias. En cualquier catástrofe, hay niños y niñas de por medio. Pero cuando llegan los relatores de la ONU, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, una ONG... a tomar testimonio, a nadie se le ocurre entrevistar a niños y niñas que estaban ahí y son testigos de primera mano. Nadie les toma testimonio, como si la suya no fuera una palabra autorizada. Más que no se escuche la voz de los niños respecto a la dictadura, diría que no se escuchan sus voces en ningún contexto.
¿Cómo reacciona el alumnado cuando lee el libro?
El feedback que he recibido es muy lindo. No es un libro infantilizado, no da por sentado que los niños y niñas son medio tontos y no pueden aguantar sutilezas. Cuando un niño se siente tratado con respeto, ya hay una bonita devolución.
Saberse responsable de tus hermanos o estar al cuidado de tu ‘temible’ hermana mayor es un tema universal. La vida con las abuelas, compartir con ellas y soportarlas con sus humores y locuras también es universal.
«‘Lo Peor’ engloba un montón de verbos brutales; secuestrar, asesinar, torturar, etc. Muestra el impacto de la desaparición en quienes se quedan, pero sin nombrar esos verbos imposibles de tolerar»
Y he recibido dibujos reproduciendo el gomero del patio de la casa de los tíos de la niña con la leyenda ‘Salvemos al gomero’, lo que revela una conciencia medioambiental por parte de los niños y niñas. Habiendo entendido lo esencial, el resto, por ejemplo qué fue la Unión Soviética, quiénes fueron los partisanos judíos o los montoneros, es información que se puede googlear.
Como hija de desaparecidos, militó en H.I.J.O.S. desde su inicio. ¿Cómo recuerda esos años de militancia?
A mí y creo que al resto nos aportó tomar conciencia de que no era la única a quien le había pasado eso, que no era especial por ello. Supuso salir de la soledad. Antes de militar en H.I.J.O.S., mi vida era en blanco y negro y de la noche a la mañana entendí que había colores. Además, yo era una de las mayores. Nací en 1971, mientras que la mayoría era de 1976. Tenía 23 años muy de señora, prácticamente no había tenido adolescencia.
En H.I.J.O.S. empezó para mí una vida de adolescente; ir a las asambleas los viernes y volver los domingos, era una fiesta permanente. Fue así durante mucho tiempo.
«Aunque nunca he ido a un cementerio, sí que me gustaría encontrar los restos de mis padres, pero no sé si quiero saber todo con detalle, porque, como te digo, es de una crueldad enorme»
Hasta nuestra irrupción, el campo de la militancia –de las Abuelas, Madres, exdetenidos– partía de la tragedia y, de repente, llegamos nosotros con nuestra loca y alegre militancia; estábamos muy contentos de estar juntos. Las marchas parecían una performance. Para el campo de la militancia fue un poco difícil aguantarnos, porque éramos muy irreverentes.
Cuando nació H.I.J.O.S., los juicios se habían dado por perdidos tras las leyes de impunidad y los indultos. Todos estaban libres e integrados en la sociedad. Nuestra irrupción en los noventa permitió no dar por perdidos los juicios. Siento que ahora pasa algo parecido.
Estamos viviendo una situación horrorosa, delirante. En 2025, exmilitantes de H.I.J.O.S. y otros nos juntamos y formamos Son50. Siento que hay una efervescencia del encuentro y de no volver a dar por perdido que nunca más vamos a saber dónde están.
A 50 años del golpe y con el regreso de la «teoría de los dos demonios», ¿cuántos debates siguen pendientes?
Queda por analizar la militancia de nuestros padres y madres, el por qué optaron por la lucha armada. El prólogo del ‘Nunca Más’, que recopila testimonios que dieron origen al juicio a las Juntas, cristaliza la teoría de los dos demonios, es decir, que se quiso combatir la violencia con una violencia peor.
El terrorismo de Estado es utilizar las fuerzas estatales para destruir personas y hacer daño. De ninguna manera es equiparable y sancionable de la misma manera.
¿Qué supone para usted la reedición del libro?
En lo personal, me supone hablar de mí misma y de mi infancia, algo que no hago habitualmente y es muy movilizante para mí. Por otra parte, me hace mucha ilusión que se publique en el País Vasco, porque siempre ha sido un referente para nosotros en cuanto a la concepción de los vascos de jugárselo todo.

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