Irse a casa el 5 de julio

Hay una ley no escrita en Iruñea que nadie recuerda haber aprobado, pero que todo el mundo cumple. Dice, más o menos, que el 5 de julio uno puede proponerse hacer un recado, tomar un café, comprar pan, subir al centro (¡error!) o comprar la última camiseta blanca, siempre que acepte que el plan inicial es tan solo eso, el inicio. Porque el 5 de julio la ciudad empieza a negociar contigo. Y la ciudad suele ganar.
Lo curioso es que nadie sale de casa con la intención de quedarse hasta las tantas. Al contrario. El discurso siempre es impecable. «Una y pa' casa». Es una frase que pocas veces termina bien, pero que pronunciada un 5 de julio, tiene la misma eficacia que correr el encierro en dirección opuesta. Te vas a llevar una buena, y lo sabes.
Irse a casa el 5 de julio es una disciplina imposible. No por falta de voluntad, sino por exceso de ciudad. Porque Iruñea, ese día, empieza a comportarse como ese amigo que te acompaña hasta el portal y termina convenciéndote de volver a dar otra vuelta.
Todo parece conspirar. Todos. Primero está la luz. No la del verano, que esa ya lleva semanas instalada. Es otra que hace que las siete de la tarde parezcan una invitación y las nueve un horario perfectamente razonable para empezar cualquier conversación. De hecho, es probable que hayas salido a echar el vermú y estés leyendo esto con un zurito en la mano intentando escapar del Zuriza.
Después llega la temperatura. Con estos calores que vienen acompañando desde hace semanas a la capital navarra, esa franja de la tarde se presenta como la mejor idea que ha tenido la humanidad desde que alguien, accidentalmente, creó la cerveza hace 6.000 años en Mesopotamia. Mira, un buen tema para alargar esa birra.
Y luego aparece la gente. Porque el 5 de julio uno descubre que conoce a mucha más gente de la que recordaba. Te envalentonas para cruzar Nabarreria, alcanzar y sobrepasar la Herriko y bajar hacia casa. Y antes de llegar a Mercaderes ya has saludado a un compañero del instituto, al primo de un amigo, a la vecina de tu madre, a un antiguo entrenador, al ex de tu pareja, a la pareja de tu ex y a esa persona cuyo nombre nunca recuerdas, pero que siempre te abraza con una seguridad que te obliga a corresponder.
Irse a casa el 5 de julio es como intentar cerrar todas las pestañas del ordenador de algún compañero de trabajo. Siempre aparece otra. O tres. Ni las anteojeras de los caballos te van a salvar. El verdadero problema es que cualquier esquina tiene capacidad para convertirse en destino. Y puede que vivas a cuatro minutos. Pero es que estás a cinco conversaciones.
Y todo el mundo sigue creyendo que se va. «Yo me retiro ya, sí, que mañana si no...» Es probablemente la frase más optimista del calendario navarro. Y es que, quizá, el 5 de julio no pertenece al calendario. Es tan solo una antesala, el ensayo general.

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