Veinte años de aquel Mundial, último italiano antes del apocalipsis
El 9 de julio de 2006 la selección azzurra consiguió su cuarto título antes de desaparecer, de hecho, del mapa. Sin encontrar soluciones a esta crisis, lo único que queda es el recuerdo.

Este no quiere ser un valle de lágrimas. Sobre todo porque no lo es. El Mundial está siendo una bonita fiesta de fútbol (no hablaremos de todo el entorno). El tiempo nos dirá si dejará más huellas Messi o Mbappé, Cristiano Ronaldo o Haaland.
Hay una frase de una de mis pelis favoritas de Nanni Moretti, ‘Ecce bombo’, de 1978, donde él habla por teléfono con una persona y le pregunta: «¿Se me nota más si vengo y me quedo aparte o si no vengo directamente?». Y al final este personaje, alter ego del director, no sabemos qué ha elegido. Pues Italia se ha puesto futbolísticamente en plan Nanni Moretti: ¿Se nota más si no participa en el Mundial o si se queda eliminada en primera fase, sin hacer nada particular? Es una duda que en las últimas tres ediciones ni se presenta, porque ha quedad fuera del cuadro.
Si un alienígena llegara hoy a la Tierra y se pusiera frente a una pantalla (no le gustará gastarse un pastizal para asistir a un partido en el estadio) a ver el Mundial, y alguien le recordara que hay una selección ganadora de cuatro títulos que no consigue clasificarse desde 2014, seguramente se echaría a reír.
«¡Pero si están todas!», afirmaría. Y no, no están todas las campeonas: Uruguay, Alemania, Brasil, Inglaterra, Argentina, Francia y España sí, Italia no. Falta la campeona en 1934, 1938, 1982 y 2006. Eliminada en los play-off de clasificación tanto en 2018 como en 2022 y 2026: Suecia, Macedonia del Norte y Bosnia-Herzegovina, una caída inexplicable.
De hecho, 2006 está solo un poco atrás, a la vuelta de la esquina. ¿Dónde estábamos aquel verano en que la azzurra triunfaba en Berlín? Vamos a recordarlo.
Expertos en héroes inesperados
Era un 9 de julio, domingo, en torno a las 22.30 de la noche: Estadio Olímpico de Berlín, majestuoso, solemne. Un partido de fútbol, el partido, la final del Mundial: Francia por un lado, Italia por el otro.
Empate, 1-1, prórroga y tanda de penaltis: una secuencia perfecta, menos un único error, el de David Trézeguet, delantero centro francés, zapatazo contra el larguero. A Italia le sería suficiente acertar los cinco tiros, el último con el héroe más inesperado de aquel mes tan revulsivo: Fabio Grosso, un exenganche zurdo, alto y un poco torpe en sus inicios, reconvertido a lateral izquierdo. La mirada al cielo, la carrerilla, balón cruzado, gol. Celebración por todo lo alto para una selección acostumbrada no solamente a perder contra Francia sino a palmar en las tandas de penalti: contra Argentina en el Mundial en casa en 1990, en la final de la edición de 1994 en Estados Unidos, de nuevo contra ‘Les Bleus’ en 1998, al larguero, en aquel caso, Gigi Di Biagio.
El Mundial siempre deja protagonistas nuevos, a menudos inesperados, siempre inolvidables. En Italia son Rossi en 1982, Schillaci en 1990, Grosso y Materazzi en 2006
El Mundial es una historia infinita que se decide en pocos instantes, a veces con protagonistas nuevos y por eso aún más inolvidables. Es la magia que surge una vez cada cuatro años. Italia había tenido varios: Paolo Rossi en 1982, 6 goles en 3 partidos a Brasil, Polonia y Alemania Occidental fue el primero, un rescate moral y deportivo con pocos antecedentes. Salvatore Totó Schillaci, un parvenu absoluto, salido de la pobreza más dura en Palermo, capaz de convertirse en pichichi del Mundial de 1990 cuando doce meses antes estaba en segunda división. Y finalmente, Fabio Grosso.
Su crescendo a partir de los octavos de final fue digno de un cohete, culminando con el gol decisivo en el minuto 119 contra Alemania en semifinal, hasta el penalti, el último. Había empezado el torneo en el banquillo. El seleccionador Marcello Lippi le dijo claramente antes de la última tanda: «Lanzarás tú el último, porque tú nos has ayudado a llegar hasta aquí». Y así fue, después de los penaltis de Pirlo, Materazzi, De Rossi y Del Piero.
El mes perfecto después de la tormenta
Si Italia no se complica la vida, no puede llegar a grandes éxitos. Esta es la historia del fútbol transalpino a nivel de selección. Si en 1982 el país entero estaba roto por los escándalos políticos y sociales, además de no apostar un duro por un equipo que nadie veía como posible ganador del Mundial de España, en 2006 la situación estaba aún peor. Acababa de estallar el escándalo de ‘Calciopoli’, el descubrimiento de una cúpula al estilo mafioso encabezada por la Juventus que amañaba los campeonatos a través de árbitros y altos cargos de la federación. Justo antes de empezar a preparar las maletas rumbo a Alemania para la Copa muchos medios pedían no ir al torneo, para evitar dar mala imagen.
La reacción de los jugadores consistió en agruparse, rechazar rotundamente la idea de retirarse y formar un bloque compacto, de mármol, con el seleccionador Marcello Lippi haciendo de líder absoluto, protegiendo a sus chavales. Lippi, toscano riguroso, formidable motivador, había ganado todo con la misma Juventus en la década de los 90 y se sentía de alguna manera tildado de cómplice. Sabía tocar las cuerdas morales de los jugadores y supo motivarles a un último gran baile después de una larguísima serie de decepciones y de derrotas dolorosas.
El equipo hizo piña para intentar dar la campanada, porque con respecto a otros Mundiales los azzurri no eran considerados entre los favoritos: pesaban mucho más la anfitriona Alemania, Brasil, Argentina e Inglaterra.
El resultado de esa conjura; en siete partidos a Italia, y a su portero Buffon, nadie le metió un gol que no fuese en propria puerta (Zaccardo, contra Estados Unidos) o un penalti (Zidane, en la final). Era un once que hubiera rechazado a cualquier delantera, y con la calidad suficiente para tener ocasiones y aprovecharlas. Una estadística que demuestra la peculiaridad de aquel grupo fue que anotaron al menos un gol 10 jugadores: Pirlo, Iaquinta, Gilardino, Materazzi, Inzaghi, Totti, Zambrotta, Toni, Grosso y Del Piero.
El equipo hizo piña en una situación adversa en que no tenía ningún favoritismo. Tanta piña que hasta diez jugadores anotaron algún gol en aquellos días
Un clásico italiano, zaga impermeable con el mejor Cannavaro de la historia, y muchas flechas para hacer daño a los rivales: los saques de falta de Pirlo, el genio de Totti (que se había roto el tobillo en febrero), la clase de Del Piero, la garra de Gattuso, la eficacia ofensiva de Toni y por último las sorpresas, Grosso y Materazzi, ‘el villano’. Fueron suyas tres de las jugadas-clave del Mundial azzurro.
La primera, saltar al campo ‘a bocajarro’ durante el tercer partido contra República Checa, encuentro decisivo para pasar a octavos: bombardeada por los zapatazos de Pavel Nedved, obligada por lo menos a empatar, Italia de repente tuvo que sustituir a Nesta, lesionado en torno a la mitad de la primera parte, para poner a Materazzi, cuyo primer balón tocado acabaría en el fondo de la red, un cabezazo tras córner. La segunda, la expulsión (exagerada) en octavos contra Australia, donde la selección de Lippi estuvo achicando agua, ganando en el último segundo gracias a un penalti, sinceramente dudoso, logrado por Grosso y anotado por Totti. Y la tercera, en la final, un carrusel de episodios llamativos: Materazzi provocó el penalti francés, empató de cabeza, ‘ganó’ la expulsión de Zidane y finalmente fue uno de los protagonistas de la tanda desde los once metros.
Marco Materazzi, defensa del Inter, el jugador más odiado por parte de los hinchas que no fuesen de su equipo, sería recordado como el rostro de portada: un defensa descaradamente duro viniéndose al suelo con el cabezazo recibido por Zidane (primer episodio de VAR antes del VAR, porque el arbitro Elizondo no había visto nada y tuvo que corregirse mirando a las pantallas del estadio del Berlín), casi como un sueño hecho real para quienes lo detestaban.
La noche de la semifinal
Fue el único Mundial que vi ganado por Italia; en julio de 1982 estaba todavía en el útero de mi madre. Vivirlo fue algo que nunca olvidaré, sobre todo porque fue mi primer verano como trabajador periodístico. Estaba haciendo un stage, palabra mítica por aquel entonces, en un periódico llamado ‘Il Giorno’, muy importante en la historia de Italia de posguerra, que tenía su sede en una calle lateral al fondo de la ‘Gran Via de Milán’, el Corso (Avenida) Buenos Aires.
A mitad entre becario y esclavo, tenía la obligación no escrita de llenar 2-3 páginas al día con noticias sobre todo locales. Sin embargo el objetivo era llegar a la noche para salir de fiesta con mis amigos que, como yo, hacían práctica en otros stage procurados por la escuela de periodismo donde estudiábamos.
El día de la final no fui a trabajar: el domingo pasaban los inspectores laborales, se decía (nunca los he visto), y si hubieran encontrado a un tío sin contrato hubiera sido tela marinera para ‘Il Giorno’. Lo que guardaré para siempre en el corazón, eso sí, fue la noche del 2 de julio, la semifinal contra Alemania, un partido en la previa cargado de insultos y provocaciones por parte de los anfitriones, con la prensa acusando a los italianos de ser solamente un pueblo de come-pizzas mafiosos. Aquel encuentro fue una gozada, nunca había visto a la selección jugar en campo contrario con tanta personalidad. Y una noche larguísima entre trabajo y ocio, que empecé haciendo un aperitivo en casa de una de mis amigas periodistas en la otra punta de Corso Buenos Aires: estuve hasta el descanso allí para luego volver, andando (20 minutos), a la redacción de ‘Il Giorno’ para acabar con mis páginas sobre hechos locales banales en un día veraniego. Saludé el redactor-jefe justo después de que un zapatazo de Zambrotta sacudiese el larguero, desde fuera del área. «No ganaremos nunca, qué pena», fueron las palabras del director de “Il Giorno”, que estaba allí al lado en aquella habitación llena de humo, todos mirando la televisión.
Sobre las 23.00 volví con mis amigos, de nuevo andando, en aquella Milán desierta, con todos juntos en casas para ver el partido: Corso Buenos Aires normalmente es un hormiguero, y más de noche con sus locales, pero aquel día no había gente ni coches ni motor alguno. Aquella sensación de poder hacer cualquier cosa mientras el mundo estaba comprometido con el calcio todavía no me la puedo quitar.
Una vez que llegué de nuevo donde mi amiga, en la puerta de este palacio del centro superchulo, alguien me abrió la puerta, entré, y mientras estaba esperando al ascensor para subir a la duodécima (!) planta de repente surgió un grito, más bien un terremoto: ¡Goooool!». Alguien había anotado, y probablemente tenía que ser Italia, y lo era Grosso. Pero según mis cálculos no podía ser, había salido de ‘l Giorno’ al inicio del segundo tiempo de la prórroga.
Mientras subía con el ascensor iba imaginándome de todo, hasta entrar por la puerta del piso y ver, en directo, grande como un apocalipsis, el segundo gol de la selección, una contra perfecta coronada por Del Piero. Me puse a abrazar a amigos, a amigos de amigos, a desconocidos. Era todo perfecto, celebramos por todo lo alto. Con 23 años ves a Italia ganar una semifinal mundial y te sientes el emperador del mundo.
Antes de la final estaba seguro de que íbamos a ganar. Y así fue. ¿Qué ocurrió después? ¿Tres Mundiales seguidos sin ganar? No tengo la solución, algo encontrarán. Pero sé que muchas selecciones nos echan de menos. Ahora no es el tiempo del valle de lágrimas, os lo había adelantado. Volveremos.

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