Karen Marón
Desde Persépolis (Irán)

Irán: La memoria que la guerra obliga a esconder

En Irán, la guerra empezó a vaciar museos y cerrar palacios antes de que los ataques de Estados Unidos e Israel pusieran en peligro siglos de memoria. Entre Golestán, Hegmataneh y Persépolis, proteger esa herencia exigió ocultarla.

Un fotógrafo toma imágenes del interior dañado del histórico Palacio de Golestán, en Teherán, el pasado 4 de abril. Según fuentes iraníes, los ataques estadounidenses e israelíes han dañado al menos 120 museos y centros culturales.
Un fotógrafo toma imágenes del interior dañado del histórico Palacio de Golestán, en Teherán, el pasado 4 de abril. Según fuentes iraníes, los ataques estadounidenses e israelíes han dañado al menos 120 museos y centros culturales. (Atta KENARE | AFP)

«El palacio, en este momento, se encuentra cerrado por la guerra». Detrás de las rejas ornamentadas de Golestán, antiguo corazón del poder de la dinastía persa Qajar en Teherán, el guardia me lo dijo con una amabilidad que hacía aún más inquietante la frase. Todavía no habían empezado los ataques.

Ese 24 de febrero, minutos antes de querer entrar a la obra maestra que reúne salones de espejos, mármoles, azulejos y jardines persas en una extraordinaria fusión de arte iraní y europeo, grabé frente al Gran Bazar de la capital iraní un informe sobre el despliegue estadounidense: dos grupos navales encabezados por los portaaviones USS Abraham Lincoln y USS Gerald R. Ford, cazas, sistemas antimisiles y bases reforzadas. Sí, la guerra estaba a punto de estallar.

Bajo un sol estridente y un frío que calaba los huesos, el viento levantaba mi cabello suelto mientras describía aquella concentración de fuerzas. Una motocicleta pasó tan cerca que casi me atropelló y tuve que apartarme.

A pocos metros, en los bancos de la calle peatonal de Panzdah-e Khordad, que desemboca en la estación homónima del metro, había madres sentadas junto a los cochecitos de sus bebés.

Sobre las veredas frente al gran mercado tradicional de la capital vendedores callejeros extendían su mercadería en el suelo. El té, el azafrán, las telas y la ropa pasaban de mano en mano. La vida continuaba con normalidad para cientos de almas que vendían y compraban con entusiasmo, aunque las hostilidades se avecinaban con rapidez y las maniobras militares ya tenían una consecuencia concreta: las puertas de Golestán estaban cerradas para poner a salvo la memoria. Cuatro días después, el 28 de febrero a las 9.45, EEUU e Israel iniciaron la ofensiva contra Irán.

Lo que desaparece antes de ser destruido

El 2 de marzo, aquella puerta cerrada dejó de ser una escena aislada. La onda expansiva y los escombros de un ataque aéreo en la plaza Arg habían afectado el Palacio de Golestán, dentro del área de protección que rodea el complejo. Desde lejos pude corroborar el daño.

La destrucción del patrimonio de la humanidad, como en otros conflictos, había llegado. Mientras las acciones militares marcaban alcances, defensas y objetivos, el país embalaba fragmentos de sí mismo.

Esos fragmentos de sí mismo están protegidos por la Convención de La Haya de 1954, de la que Estados Unidos e Israel son parte. La Convención protege los bienes culturales en caso de conflicto armado. El Segundo Protocolo de 1999 fortificó ese régimen y creó una categoría de protección reforzada para bienes culturales de máxima importancia, pero ninguno de los dos países es parte.

Aun así, el derecho internacional humanitario consuetudinario obliga a verificar que los objetivos sean militares, tomar todas las precauciones factibles para reducir daños secundarios y cancelar o suspender un ataque si resulta evidente que el objetivo no es militar. Por eso en una guerra, para que una parte de la historia no desaparezca, primero hay que hacerla desaparecer del mundo visible.

Hamadán, la memoria bajo resguardo

El 18 de julio salí de Teherán rumbo a Hamadán. Iba a verificar sobre el terreno el ataque contra una base aérea de la provincia. A medida que avanzábamos, se sucedían checkpoints –puestos de control– y algunos vehículos eran detenidos.

La antigua capital meda apareció al pie del macizo de Alvand, en los Zagros, con comercios abiertos y gente haciendo sus compras. La normalidad terminaba en Hegmataneh, el sitio arqueológico, cuyo nombre significa «lugar de reunión» y que los griegos llamaron Ecbatana. Paradójicamente estaba vacío.

Mi fixer, el productor local, y yo éramos los únicos visitantes. El calor era excesivo. Ciro el Grande la tomó tras derrotar al rey medo Astiages y los aqueménidas la conservaron como capital de verano.

Cuando me dirigí al museo para comprobar qué había ocurrido con las piezas, encontré las superficies vidriadas de la entrada completamente cubiertas. No podía ver el interior. Un cartel anunciaba que permanecía cerrado y que la colección había sido puesta a resguardo.

Los objetos que habían esperado siglos bajo tierra para regresar a la luz debían desaparecer de la vista: esta vez, no los ocultaba la tierra, sino la guerra. Salí de Hegmataneh con esa imagen.

En la misma ciudad, otra parte de aquella memoria permanecía a la intemperie, imposible de trasladar o esconder. Subí las escaleras del mausoleo de Ibn Sina, conocido en Occidente como Avicena. El sol del atardecer atravesaba la torre abierta y dibujaba luces y sombras sobre la piedra. Junto a la plaza, árboles y flores enmarcaban las doce columnas del monumento.

Avicena fue médico, filósofo, científico y poeta. Su Canon de la medicina reunió saberes griegos, persas e islámicos y ocupó un lugar central en los estudios médicos europeos durante siglos.

El monumento seguía abierto, pero abajo, el museo estaba cerrado. Nuevamente, los vidrios estaban cubiertos y no permitían ver hacia el interior. Una hoja escrita en farsi anunciaba que la colección había sido retirada para protegerla de los ataques. Afuera, en cambio, las flores estallaban de color.

Ese contraste daba otro peso a una advertencia de meses atrás. El 7 de abril, el presidente estadounidense Donald Trump había escrito: «Toda una civilización morirá esta noche y no podrá recuperarse jamás. No quiero que eso suceda, pero probablemente sucederá».

Pero más tarde, en el mausoleo de Baba Taher, el gran místico sufí, aquella posibilidad dejaba de ser abstracta: la onda expansiva había quebrado piedras y ornamentos del edificio donde se elevan ocho columnas de granito: una geometría heredada de la antigua construcción funeraria selyúcida. En el mármol seguían inscritos sus versos sobre el dolor, la soledad y el anhelo de unión con lo divino.

Adentro, el aire no se movía. Mohammed, vinculado a la tradición sufí, alzó el ney, una flauta de caña que se toca colocando el extremo entre los incisivos superiores y guiando el soplo con la lengua. Entonces comenzó a tocar.

Aquel sonido venía cargado de siglos. Rumi, poeta persa y maestro espiritual del siglo XIII, abrió el Masnavi, su gran poema místico y didáctico de seis libros, con el lamento del ney separado del cañaveral, convertido en la voz de quien ha sido apartado de su origen. Y en Irán, la urgencia estaba un paso antes: impedir que la guerra alcanzara lo que todavía permanecía intacto.

La piedra también es una forma de poder

En medio del cese al fuego quebrado y con ataques dispersos en todo el país, llegué a la monumental Persépolis para verificar hasta dónde había llegado la guerra en uno de los grandes centros ceremoniales del Imperio aqueménida que se levanta sobre la llanura de Marvdasht. Aquel día la temperatura rozó los 38 grados. El sol quemaba y el calor salía de las piedras. Éramos apenas una decena de visitantes en un recinto concebido para multitudes. Las ruinas permanecían abiertas, pero el museo estaba cerrado. La colección había sido retirada y puesta a resguardo.

Persépolis seguía intacta, pero las bombas también habían caído cerca cuando el 6 de abril se produjo un ataque estadounidense-israelí contra el complejo petroquímico de Marvdasht, situado a unos quince kilómetros de una de las grandes expresiones del poder de la antigua Persia.

Al atravesar la Puerta de Todas las Naciones, entre los toros monumentales y las inscripciones de Jerjes en persa antiguo, elamita y babilonio, sentí temor de que Persépolis fuera destruida. Recordé a Palmira, el gran enclave arqueológico del desierto sirio, donde el Daesh, conocido también como Estado Islámico, demolió algunos de sus monumentos. Evoqué también la ciudad vieja de Alepo, gravemente dañada durante años de combates. Había recorrido ambas antes y después de aquellos estragos. Pero aquella magnificencia ya había conocido la destrucción y podía volver a sufrirla. Alejandro Magno incendió Persépolis en 330 a. C., durante la conquista. La arqueología confirma el incendio; el motivo sigue en discusión.

Pasargada, donde nació el imperio de Ciro

En Pasargada, capital fundada por Ciro el Grande para la dinastía aqueménida, seis niveles de piedra blanca sostienen su pequeña cámara funeraria. Frente a su tumba regresé por un instante a mis diecisiete años, cuando estudiaba el Cilindro de Ciro en la cátedra de Derechos Humanos de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Con el tiempo comprendí que llamarlo la primera carta de derechos humanos imponía categorías modernas a un texto del siglo VI a. C. 

El poeta que Irán todavía consulta

A Shiraz me llevó la guerra. Fui a documentar sus huellas en el patrimonio histórico de la ciudad. El 21 de marzo, un proyectil impactó en el patio de la antigua municipalidad, hoy Museo de Historia de la Educación. La onda expansiva derrumbó parte de la fachada y dañó puertas, ventanas, yeserías, pisos y escalera. Casi todas las piezas habían sido puestas a salvo antes de la explosión. El edificio, en cambio, quedó expuesto.

La tumba de Hafez no había sufrido daños, pero seguía bajo amenaza. Los comercios funcionaban con normalidad y el mausoleo permanecía abierto. Subí las escaleras hasta el pabellón. Las flores acompañaban todo el ascenso. Bajo la cúpula sostenida por ocho columnas reposaba su lápida de mármol.

En Irán, su Diván –la recopilación de sus poemas– se abre al azar para buscar orientación o una respuesta: el fal-e Hafez. «Cuánto padecieron los ruiseñores el invierno, con la esperanza de que regresara otra primavera» escribió en uno de sus gazales, los breves poemas líricos de la tradición persa. Entre aquellas flores, no hacía falta explicar el verso.