Laurent Perpigna
Periodista / Kazetaria

Abu Ghraib, una herida estadounidense aún abierta en Irak

NAIZ ha podido entrevistar en Irak a dos antiguos prisioneros de Abu Ghraib. Torturados y humillados como cientos de otros iraquíes por soldados estadounidenses entre 2003 y 2004, relatan ahora lo que vivieron y cómo afrontan la salida de las fuerzas estadounidenses del país.

Habitantes de Abu Ghraib, que viven justo enfrente de la prisión donde los estadounidenses torturaron a cientos de iraquíes después de 2003.
Habitantes de Abu Ghraib, que viven justo enfrente de la prisión donde los estadounidenses torturaron a cientos de iraquíes después de 2003. (Laurent PERPIGNA IBAN)

«Estoy tremendamente aliviado de que los soldados estadounidenses se marchen de forma definitiva. Después de lo que me hicieron, lo que lamento es no haber tomado las armas contra ellos». Saad, de 49 años, repite estas palabras una y otra vez. En el polvoriento despacho de su taller mecánico, situado en los suburbios occidentales de Bagdad, vuelve la vista atrás con dificultad sobre unos traumas que el paso del tiempo nunca consiguió borrar.

Saad forma parte de los miles de iraquíes detenidos por el ejército estadounidense poco después del inicio de la invasión de 2003, que precipitó la caída de Saddam Hussein. Fue arrestado por casualidad cuando llevaba encima una importante suma de dinero -destinada a comprar un generador eléctrico- y pasó varios meses recluido en la tristemente célebre prisión de Abu Ghraib. Un lugar que, desde que en 2004 salieron a la luz las torturas y humillaciones cometidas por militares estadounidenses -y documentadas por ellos mismos en fotografías-, permanece como una herida abierta en la historia del país. Las imágenes de presos desnudos, apilados unos sobre otros o incluso sujetos con una correa dieron la vuelta al mundo.

«Cuando echaron a Saddam del poder, aunque los motivos fueran mentira, muchos nos alegramos. Cuando era más joven soñaba con ir a EEUU. Antes de aquello no tenía nada contra ellos», asegura.

Las únicas palabras de inglés -o casi- que conoce son números. Los de su número de prisionero, que nunca se borraron de su memoria. «Por suerte», cree no aparecer en aquellas terribles fotografías en las que sí figuraban muchos de sus compañeros de cautiverio. Pese a conservar todavía marcas físicas visibles, recuerda sobre todo métodos «que en su mayoría no dejaban pruebas». «Nos encerraban a oscuras con una música infernal a todo volumen, nos ponían mantas empapadas en agua sobre la cara mientras dormíamos, nos pisaban. Era una humillación permanente», recuerda con voz entrecortada.

Para él, como para muchos iraquíes, no hay ninguna duda: aquella invasión estadounidense dibujó las tragedias iraquíes del siglo XXI. Primero, una guerra civil entre 2003 y 2009; después, «la toma de control del país por parte de los chiíes, que tuvo como consecuencia la irrupción de Daesh, y luego una segunda e interminable guerra».

«Esta fecha es simbólica. Ya no quedará ni un solo soldado estadounidense en el país. Es una victoria para todos los iraquíes, que por fin podrán tomar su destino en sus propias manos», afirma.

Desconfianza

Abdelhadi Abu Aidi, de 55 años, sigue viviendo hoy literalmente frente a la prisión de Abu Ghraib. Imán por aquel entonces, pasó varios meses al otro lado de aquellos muros. Fue detenido poco después de la llegada de los soldados estadounidenses a la ciudad de Abu Ghraib y permaneció encarcelado ocho meses: «Lo que sufrí dentro de la prisión no tiene palabras. Ocho meses. Ocho meses de tortura. Ocho meses de tortura y humillaciones por nada. Salí sin llegar siquiera a saber por qué me habían detenido».

Describe con minuciosidad los malos tratos infligidos por los soldados estadounidenses, a los que califica de infinitamente perversos. «Querían rebajarnos, constantemente. Bush había dicho que a quienes había enviado aquí eran la élite de su país. Si eso era su élite, me pregunto cómo deben de ser los peores», explica.

Y prosigue: «Hacían venir a aquella estadounidense que te pisaba la cabeza con sus botas militares. Yo tenía dos hijos, de trece y quince años. Me repetían que, si no les daba información sobre Osama bin Laden, los torturarían. Bin Laden estaba en Afganistán y yo era un imán de Abu Ghraib. Era absurdo».

De forma muy paradójica, casi esquizofrénica, admite que lamenta su marcha: «Yo creo que los estadounidenses deberían haberse quedado. Sí, lo digo abiertamente: para contener a las personas que ellos mismos pusieron en el poder y que siguen vengándose de nosotros. La venganza contra los suníes nunca ha terminado».