Cuando los dioses regían los estudios de Hollywood
Coincidiendo con el estreno de la nueva serie de Ryan Murphy titulada ‘Hollywood’, viajamos al pasado para visitar la trastienda de aquel Hollywood dorado. Un falso paraíso en el que cohabitaron el glamour y la tragedia y que fue gobernado por temibles jefes de estudio como Jack Warner, Samuel Goldwyn, David O. Selznick y Louis B. Mayer.
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Netflix estrena este 1 de mayo ‘Hollywood’, la nueva y esperada miniserie creada por Ryan Murphy –responsable de propuestas como ‘Glee’ y ‘American Horror Story’– cuya trama nos acerca a la trastienda del llamado ‘Hollywood dorado’ y especula en torno a los sueños y anhelos que comparten un grupo de intérpretes y cineastas imaginarios dentro de un entorno en el que se dieron cita el racismo y la homofobia.
A estos personajes se suman otros reales, como Rock Hudson y Vivien Leigh, que otorgan sentido a ese lado sórdido que también albergó la gran factoría de ilusiones que fue el cine estadounidense a mediados del siglo XX.
El propio Murphy definió esta serie como «una carta de amor a la época de oro de Tinseltown y a todo lo que pudo ser si no hubiera existido tanto racismo, sexismo e injusticias».
Para comprender un poco más el enfoque de esta producción, resulta obligado rememorar los pasajes de aquel Hollywood dorado de los grandes estudios.
No existe Dios, solo los jefes de estudio
Tras el brillo de las estrellas y el glamour perfectamente calibrado por los grandes jefes de estudio, se tejieron verdaderas batallas campales y duelos dialécticos que figuran entre lo más ingenioso y mordaz del Olímpo de celuloide.
A modo de prólogo, iniciamos nuestro paseo californiano en los despachos de los grandes estudios, un Olimpo habitado por estrellas irrepetibles que fue gobernado con mano férrea por poderosos magnates de la Industria como Jack Warner, Samuel Goldwyn o David O. Selznick. Una breve estancia en cualquiera de sus oficinas suponía un cursillo intensivo de lenguaje viperino donde la mordacidad alcanzaba cotas extremas.
Eran seres que únicamente rendían pleitesía al dólar y ello los convirtió en semidioses capaces de crear o destruir estrellas con tan sólo un chasquido de sus dedos o un simple comentario como el que enarbolaba Samuel Goldwyn «Dios crea a las estrellas, de los productores depende contratarlas».
Dejándonos llevar por la imaginación, descubrimos que en este preciso instante, el cineasta Raoul Walsh ha salido del despacho del temible Jack Warner. El cineasta relata el comentario dedicado por el jefe de estudio «Warner ha dicho de mi: Para Raoul Walsh una escena de amor es quemar una casa de putas».
Los hermanos gemelos Julius J. y Philip Epstein trabajaron como guionistas asalariados de la Warner y participaron activamente en la elaboración del guión de ‘Casablanca’. En cierta ocasión, ambos recordaron esta secuencia «trabajábamos sólo dos horas al día. Un día llegamos a la una y media o a las dos y nos tropezamos con Warner. Muy enfadado nos dijo: '¡Lean su contrato! Los presidentes de los bancos entran a trabajar a las nueve y ustedes se presentan por la tarde!'. Teníamos un guión a medio acabar en nuestro despacho. Se lo enviamos, diciéndole: '¡Que se lo acabe el presidente de un banco!'».
Jack Warner se encuentra reunido con su jefe de producción Hal B. Wallis. Está ultimando los preparativos de una serie de proyectos destinados a su actor Paul Muni, todo un experto en filmes autobiográficos. En un momento determinado, el productor replica a Wallis «no importa que tipo de personaje histórico sea, cualquiera menos Beethoven. ¡Nadie quiere ver una película sobre un compositor ciego!».
Estimados hermanos Warner
Algunas de las frases más afiladas que han sido dedicadas a los todopoderosos hermanos Jack, Harry y Albert Warner fueron las que el genial Groucho Marx legó para la posteridad en una carta que envió a la compañía Warner Brothers tras haber recibido un documento legal que advertía a los hermanos Marx del proceso judicial que les aguardaba si incluían el nombre de Casablanca en su película ‘Una noche en Casablanca’.
Groucho les envió la siguiente respuesta «afirmáis que poseéis Casablanca y que nadie más puede utilizar ese nombre sin vuestro permiso. ¿Qué me decís de Hermanos Warner? ¿También lo tenéis en exclusiva? Probablemente, tenéis derecho a utilizar el nombre de Warner, pero, ¿y el de Hermanos? Profesionalmente, nosotros éramos hermanos mucho antes que vosotros. Incluso aunque proyectéis reestrenar vuestra película ‘Casablanca’ estoy seguro de que el espectador vulgar tendrá tiempo suficiente para aprender a distinguir a Ingrid Bergman de Harpo. Yo no se si podría, pero desde luego me gustaría intentarlo».
En aquel Hollywood dorado fueron legendarias las constantes disputas que Bette Davis mantuvo con Jack Warner. Este no dudó en calificarla de adúltera, asesina, egolatra, lúbrica, torturadora... ella, con su eterno cigarro entre los labios y aquella mirada magnética, se limitó a mantener su particular código de conducta «cuando el público me ve en la pantalla, está viendo muchos años de sudor. He llegado a la cumbre a fuerza de mucho arañar, e incluso hubiese empleado el asesinato para conseguirlo».
Goldwyn, el lenguaje del dinero
Es el turno al despacho del no menos todopoderoso Samuel Goldwyn. Ahora mismo se encuentra reunido con Billy Wilder:
Goldwyn -«¿En qué andas trabajando actualmente?
Wilder -En mi autobiografía.
Goldwyn -¿Y de qué trata?».
Mientras Wilder se aleja del estudio con un gesto que entremezcla la sorpresa y la risa, las secretarias se sobresaltan en cuanto escuchan un bramido que proviene del despacho de su jefe.
Con el rostro enrojecido por la furia, Samuel Goldwyn agarra por la solapa al ex-actor y productor Frank Ross cuando se entera que su esposa, Jean Arthur, está embarazada y no puede actuar junto a Cary Grant en la película ‘La mujer y el obispo’.
El colérico Goldwyn escupe a la cara de Ross «¿Sabes lo que has hecho, desgraciado? ¡No la has jodido a ella! ¡Me has jodido a mi!».
El cineasta de origen vasco Henri d´Abbadie d´Arrast también sufrió en sus propias carnes el sarcasmo de este magnate de Hollywood cuando le dijo «señor Goldwyn, usted y yo no hablamos el mismo lenguaje», a lo que el jefe de estudio le replicó «de acuerdo. Pero es mi dinero el que está pagando el lenguaje».
Selznick y su percepción musical
Tercer despacho, David O. Selznick –productor de ‘Lo que el viento se llevó’– entra a escena. En su flamante despacho conversa con el compositor Dimitri Tiomkin acerca de la banda sonora de ‘Duelo al sol’.
-«Tiomkin, me va a odiar usted por esto, pero no me sirve. Es demasiado bonito.
-¿Qué es lo que le molesta, señor Selznick?
-No, gustarme sí me gusta, pero no es música de orgasmo. No es un ñaca-ñaca. No es mi manera de follar.
-Señor Selznick, usted folla a su manera y yo follo a la mía. En mi opinión es música de follar».
Selznick respondió de esta manera a Katharine Hepburn cuando le negó el papel de Scarlett O´Hara. «Simplemente, querida, no me imagino a Clark Gable corriendo detrás de ti durante diez años».
Mayer el esclavista
Judy Garland rememoró de esta manera el sistema esclavista impuesto por Louis B. Mayer –quien se refería a Garland como «mi querida jorobadita»– en la larga lista de películas que protagonizó junto a Mickey Rooney: «Nos hacían trabajar de noche y de día, sin parar. Nos administraban pastillas estimulantes para que nos sostuviéramos en pie mucho tiempo después de encontrarnos extenuados. Luego nos llevaban al hospital del estudio y nos ponían fuera de combate con pastillas para dormir. Mickey Rooney derrumbado en una cama y yo en otra. Luego, al cabo de cuatro horas, nos despertaban y volvían a administrarnos pastillas estimulantes a fin de que pudiéamos trabajar otras 72 horas. Seguidas. La mitad del tiempo parecía que estábamos en las nubes, pero el sistema se convirtió en nuestra forma de vida».
Louella Parsons, la gran y temible cotilla de Hollywood
Lejos de ser una simple cronista de Hollywood, Louella Parsons dictó a través de sus columnas escritas buena parte del rumbo que tomarían las estrellas que estaban destinadas a brillar o, por el contrario, las que estaban condenadas al crepúsculo. Su poder fue total y su firma temida.
Truman Capote la definió así: «el descubrimiento de Louella Parsons es tan simple como demoníaco; la intimidad, lo más secreto de lo secreto, lo vergonzoso, hace que la cotidianidad de las vidas ordinarias adquiera puntualmente relevancia».
De esta manera, lo íntimo –la privacidad– se transformó en carnaza y ella se nutrió de los constantes escándalos que animaban las veladas nocturnas de Hollywood. El secreto de su poder se resumía en que daba todo tipo de detalles pero siempre ocultaba el nombre de sus víctimas, lo que provocaba que las estrellas de cine se sintieran al unísono señaladas.
Joan Crawford lo explicó muy claro. «Cada vez que Lolly decía que una bellísima estrella del cine había sido sorprendida en un lugar de dudosa fama, la acusación recaía sobre todas nosotras sin excepción. Todas sufríamos las consecuencias». Cuando William Randoph Hearst la contrató, su poder aumentó considerablemente. La propia Lolly dijo «el mundo se convirtió en mi ostra. Hollywood ponía la salsa».
Sus artículos fueron publicados en más de 500 periódicos de todo el mundo. No obstante, y cuando su propia estrella agonizó, acabó sus días olvidada en un geriátrico desde donde prolongó su interminable cadena de cotilleos.
Cuando falleció el 9 de diciembre de 1972, Joan Crawford acudió a su entierro. A sabiendas de que fue una de las actrices más atacadas por Parsons, alguien le preguntó por el motivo de su presencia. Crawford se limitó a responder: «he asistido solo para comprobar que estaba muerta».