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Margaret Atwood, el dulce desconsuelo

La exitosa autora canadiense despliega en ‘Sinceramente’ (Salamandra, 2026), una colección de poemas escrita en el periodo que va desde 2008 a 2019, las muchas cualidades que esconde su más desconocido, pero en absoluto ajeno para ella, manejo del lenguaje en verso.

Retrato de la autora canadiense Margaret Atwood, autora entre otros de ‘El cuento de la criada’. (L. MORA)

Popularmente conocida por el éxito alcanzado con algunas de sus novelas, principalmente de la mano de ‘El cuento de la criada’ y sobre todo por su representación en la pantalla, sin embargo la poesía no es para Margaret Atwood (Ottawa,1939)  un formato residual, y no solo porque fuera la inaugural disciplina en la que volcó su creatividad, sino por la constante significación que ha ido obteniendo a lo largo de su carrera. Pero incluso más allá de datos cuantitativos, su manera de afrontar el hecho narrativo contiene un claro florecimiento lírico, lo que revela la importancia que dicho idioma tiene en su firma. Un membrete que apela al compromiso desde un tacto sereno y agradable pero capacitado igualmente para dictaminar con determinación un estado de caos colectivo.

Dada la contemporánea fecha de gestación del contenido de este libro, enmarcado durante el primer cuarto de este siglo, el espacio reflexivo al que apela su repertorio viene condicionado por el ya largo itinerario biográfico recorrido por la escritora e inevitablemente como reflejo de un diagnóstico social duramente aquejado por una crisis planetaria. Dos componentes, el íntimo y el global, esparcidos proporcionalmente, y en ocasiones vertido de manera simultánea, en unas páginas que amasan con sutil sensibilidad un material que en su esencia anida una potente carga trágica.

Vivir duele

Lejos de analgésicos emocionales hechos de ilusorias expectativas, Atwood decide alentar su escritura desde ese innegociable abismo al que siempre termina por acercarse demasiado la existencia. «Si no hubiera vacío /no habría vida» es, más que una declaración de intenciones, el punto de arranque para un recorrido que, aunque doloroso, resulta inexcusable ser atravesado. Paisajes donde, por supuesto, el hecho romántico también nace con paso tembloroso para hablar desde la incertidumbre que supone un enamoramiento al que define como «esa demencial carpa de circo de un rojo rosado». Incluso el ámbito erótico y privado se desnuda bajo una interrogante, «dale un beso de despedida, al cuerpo / que una vez fue tuyo», que interpela a ese tránsito que supone la conversión de dos personas en una sola, una mutación aquí escrutada bajo un vacilante enigma.

Lejos de ser únicamente consecuencia de la fascinación artística, la ‘apropiación’ de los versos esgrimidos por Rilke a la hora de nombrar a la poesía como «el pasado que irrumpe en nuestros corazones», supone asumir la naturaleza nostálgica desde una mirada resplandeciente, usando la propia terminología de la autora, que esquive el uso paralizador del que se puede sentir tentado alimentarse ese recuerdo lejano. No es por lo tanto un mero ejercicio de traslación entre fechas, sino la obtención de una nueva perspectiva que permite, lejos ya de oficiar como protagonista in situ, traducir aquellos gestos o situaciones pretéritas. Una iluminadora melancolía que por el contrario no está a salvo de los desmanes del paso del tiempo, efectos especialmente estremecedores cuando la figura materna encarna ese condición «Acurrucada como un helecho primaveral / aunque tiene casi un siglo». Exquisito ejemplo del manejo de una delicadeza metafórica que tampoco desfallece cuando se trata de evidenciar la dictadura del peso cronológico.

Portada de ‘Sinceramente’, de Margaret Atwood.

Rojo femenino y plural Probablemente si tuviéramos que catalogar a esta época actual, a la que Atwood no duda en sentenciar con afilada ironía («Lo sentimos. Nos volvimos estúpidos. / Bebemos martinis y hacemos cruceros»), su marca de agua particular estaría sellada con un rastro mortuorio de casi infinitas bifurcaciones. Una de ellas, primordial en la bibliografía de la escritora, es la padecida por la mujer, receptora de la mayor diversidad estilística a la hora de ser tratada en este libro. Una múltiple morfología que siempre acaba rimando sin embargo con una explícita crudeza, porque si sus obligaciones con el canon estético es una condena «para estar a la moda, o al menos / para que no la maten», el uso desnaturalizado de ciertos iconos termina en una advertencia, por desgracia compulsada con la realidad: «Puedes convertirte en un meme / si tu final es lo suficientemente extraño». Un aviso de emergencia que trasgrede el ámbito simbólico cuando se trata de registrar el trágico balance de feminicidios, algunos ejecutados «por estar tan viva / y no destruida por el miedo» pero todos parte de un necrológico saldo que cuenta con su propio epitafio universal: «A lo largo de los años, miles de años / tantas hermanas perdidas».

¿Quién y sobre qué se cantará en el futuro?

El presente, si bien no interrumpe ese continuo histórico empeñado en manchar el nombre del ser humano, sí que contiene su sello distintivo, nada halagüeño por otra parte, ya que «El mundo arde. Siempre lo ha hecho. / Solo que ahora arde más rápido». Un suicida ritmo de avance hacia la destrucción que, entre anuncios de guerra y sus paisajes devorados por las sombras («Las lágrimas caen y caen. / La lluvia se ha roto»), impide ya respirar a un medio ambiente que cada vez suena más ahogado, probablemente el prólogo de una desaparición anunciada que convertirá a posteriores generaciones en huérfanos de un espacio que solo podrán encontrar en los libros de historia: «!Oh, niños, ¿creceréis en un mundo sin hielo? / ¿Sin ratones, sin líquenes?».

Tal y como decía Bertold Brecht, cada época –por muy sombría que sea– contará con sus propios rapsodas. Una hipótesis que Atwood refuta, y lo hace ya desde la primera página de “Sinceramante”, entonando con determinación, pero acento sutil, un llamamiento a la acción, sabedora de que «Es tarde, es muy tarde; / demasiado tarde para bailar. / Aun así, canta lo que puedas». Una labor de comunicación y transmisión que asume con absoluta conciencia cada uno de estos poemas, amaestrados perfectamente sobre el papel inoculador que desempeñan, cargando con un escueto pero aclarador mensaje hacia su destinatarios: «Toma, es tuyo ahora. Recuérdame». Una donación que no tiene como máxima prioridad encontrar renovados candidatos para poner letra a su propio tiempo, sino la de intentar que la realidad construida por todos nosotros no obligue a dichos versos a reproducir un mapa de horrores, por lo que resulta necesario recordarnos, como hace la escritora en este libro, que las historias «terminan en llamas/ porque eso es lo que queremos: queremos que así sea».