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Elena Crespí
Psicóloga, terapeuta sexual y de pareja, autora de “El negocio de los bebés”

«La gestación subrogada es la modernización de la esclavitud»

La psicóloga, terapeuta sexual y de pareja por la Universidad de Barcelona Elena Crespí aborda la gestación subrogada en “El negocio de los bebés” (Akal). En entrevista con GARA desgrana los entresijos de esta práctica, legal en EEUU, Canadá, Rusia, Grecia, Chequia, México, Colombia o Israel.

La reconocida psicóloga, terapeuta sexual y de pareja Elena Crespí acaba de publicar el libro “El negocio de los bebés” (Akal). (Oriol CLAVERA)

La gestación subrogada, conocida por la técnica de reproducción en la que una mujer acepta llevar un embarazo y dar a luz a un bebé para otra persona o pareja, nueve cada año unos 20.000 millones de euros, que podrían alcanzar los 74.630 millones en 2031. En base al discurso según el cual el dinero nos permite satisfacer nuestros deseos, varias empresas buscan cualquier resquicio para promover una práctica que ya es legal en Estados Unidos, Canadá, Rusia, Grecia, Chequia, México, Colombia o Israel.

En el Estado español, pese a no estar regulada, los futuros progenitores no tienen demasiados problemas para registrar a una criatura nacida de una subrogación en un tercer país.

De ello habla Elena Crespí en “El negocio de los bebés” (Akal), un libro donde la reconocida psicóloga, terapeuta sexual y de pareja de la Universidad de Barcelona, difunde sus conocimientos en torno a una técnica que juega con la vulnerabilidad y el control que padece la mujer en el actual sistema económico patriarcal.

A través de la escritura y otras vías de comunicación, sabemos que la gestación subrogada ya era habitual en el Mesopotámico, los primeros asentamientos humanos que tuvieron lugar el año 4000 a. C. ¿Qué ha sucedido para que todavía exista?

Las mujeres siempre han estado sometidas al hombre, que usa su cuerpo para marcarle una dominación de clase y de género. Si se mantiene es porque, con la exacerbación del capitalismo, las diferencias socioeconómicas se han polarizado como nunca, provocando que, quien dispone de más dinero, pueda cumplir sus deseos.

Angela Davis lo compara con las prácticas reproductivas que se registraban en las plantaciones esclavistas.

¿Quienes comercializan con los bebés se aprovechan de su vulnerabilidad?

Intentan romantizar la idea de que gestar es un acto feliz y admirable. Pero, cuando investigas más allá de este relato, observas que nunca se hace por altruismo, sino por necesidad, ya que, si las gestantes tuvieran recursos, no lo harían.

¿Puede influir el hecho biologicista que confiere a las mujeres el deber de reproducir la especie para asegurar su descendencia?

Sin duda el papel de las mujeres se ha articulado alrededor de la maternidad, de manera que las que han vivido la infertilidad o la esterilidad, han visto roto su proyecto vital. Pero aquí hay una perversión, porque en la gestación subrogada nada es natural ni libre ni fraternal.

 

«En la gestación subrogada nada es natural ni libre ni fraternal. Es inducido por una opresión, que tiene un claro sesgo de clase, aspecto físico y procedencia» 

 

Es inducido por una opresión, que tiene un claro sesgo de clase, aspecto físico y procedencia, razón por la cual habría que preguntarse qué precio estamos dispuestos a pagar para conseguir un bebé y si no empleamos a las mujeres como meros receptáculos destinados a gestar y punto.

Dicha opresión ya se discutía en el Código de Hammurabi, escrito en Babilonia en 1750 a. C. ¿Siempre ha habido denuncias por los abusos que implica la gestación subrogada?

Hay precedentes que hablan de esos perjuicios. Pero, aún y con eso, la industria ha recurrido a la propaganda y, en un contexto dónde el individualismo parece imponerse, promueve aquel viejo refrán de «Ande yo caliente, y ríase la gente», que exalta el bienestar propio y el beneficio personal por encima de cualquier otra consideración.

¿Qué otras falsedades utilizan los partidarios de la gestación subrogada?

Una de ellas es que el bebé no contiene material genético de la gestante, cuando en su cuerpo queda transferido parte de su información biológica. De hecho, en los casos donde se invierte más dinero, se hace un proceso de eugenesia selectiva para que los futuros padres tengan el máximo de información. A mi criterio, todo ello traspasa la línea de lo que es aceptable.

¿Se vulneran los derechos de la gestante?

El contrato que está obligada a firmar limita su autonomía, pues durante el periodo perinatal se le exige una determinada pauta alimentaria, abstenerse de mantener relaciones sexuales, hacerse pruebas e informar de ellas a la pareja contratante, además de responsabilizarse del bebé si este nace con alguna malformación o enfermedad congénita.

 

«La criatura experimenta una ruptura súbita con la gestante, lo que, según el neonatólogo Nils Bergman, le producirá una ‘herida primal’ cuyos efectos se prolongarán a lo largo de su vida»

También, en caso de querer abortar, se arriesga a ser sancionada con multas que pueden llegar a un millón de euros. Sin obviar los riesgos que para su salud tienen estas y otras exigencias.

¿Cuáles son los peligros más relevantes?

De entrada, la ingesta de diez medicamentos, cuyos efectos pueden acarrean graves secuelas, pruebas dolorosas o tener el parto programado por inducción o cesárea. Sin contar con la posibilidad de padecer depresión postparto, complicaciones en su recuperación y otras adversidades para las cuales no recibirá ningún apoyo o acompañamiento. Nos intentan vender que es un proceso aséptico y carente de dificultades, cuando es todo lo contrario: los impactos para ella, pero también para el bebé, son numerosos.

¿Cómo le afecta a la criatura?

Experimenta una ruptura súbita con la gestante, lo que, según el neonatólogo Nils Bergman, le producirá una «herida primal» cuyos efectos se prolongarán a lo largo de su vida. Así lo demuestran varios estudios, según los cuales tendrá dificultades para crear vínculos afectivos durante la adolescencia y le será complicado manejar la ansiedad, el estrés u otras situaciones que requieren autocontrol.

Por eso, los psicólogos calificamos al bebé como «el tercer excluido», pues dicha herida condicionará su futuro.

¿Al producirse sobre todo en zonas empobrecidas, la gestión subrogada viene a convertirse en un extractivismo humano de carácter colonial?

Así es. Hay una deslocalización de la subrogación, como lo muestra la adquisición de bebés en India y otros países dónde los requisitos legales son mucho menores. Eso deriva en lo que afirma la activista y filósofa Silvia Federici: «Igual que en el trabajo doméstico, en la procreación son las mujeres de las regiones del mundo antes colonizadas las que llevan a cabo esta tarea mecánica y despojada de todo componente afectivo». De ahí que, retomando las palabras de Angela Davis, se puede decir que la gestación subrogada es la modernización de la esclavitud.

¿En algún supuesto sería aceptable?

Algunos países la admiten si es voluntaria, sin contrato y en el ámbito intrafamiliar, pues se entiende que la gestante apoya a una persona querida y estará siempre presente en la vida de la criatura.

 

«También, en caso de querer abortar, se arriesga a ser sancionada con multas que pueden llegar a un millón de euros. Sin obviar los riesgos que para su salud tienen estas y otras exigencias»

 

Pero también esa vía me suscita contradicciones éticas, pues las parejas con problemas de fertilidad no tendrían que sucumbir a la idea de que con dinero pueden resolver sus frustraciones.

Entonces, cuando se les presenta esa oportunidad, ¿qué podemos decirles?

Habrá que cuestionarles si comprar un bebé mediante un contrato que acarrea tantas repercusiones para la gestante y el bebé es ético. De todas formas, más que la pareja en sí, el problema radica en la actitud de la industria, que emplea el término de «vientres de alquiler», «gestación por sustitución» u otros eufemismos para blanquear dicha técnica.

Incluso, en sus web ofrecen la modalidad de gestación Low Cost o Premium en función de la capacidad económica de los progenitores. Un hecho que, en mi opinión, convierte esa técnica en una «explotación reproductiva» cuyos principios chocan frontalmente con la sociedad que tendríamos que defender.

¿Qué alternativas habría que plantear?

Las principales son la adopción o la acogida, opciones para las cuales hay que mejorar los mecanismos de acceso. De todas maneras, volvemos a lo mismo: la industria nos quiere convencer de que no es deseable adoptar porque el bebé no se parecerá a ti o porque, tarde o temprano, dará problemas, cuando cualquier niño biológico también puede darlos.

¿La clave es un cambio de paradigma en cuanto a la maternidad?

Hay que evitar que prevalezcan los intereses de la empresa que, con su publicidad, hace que la población interiorice como normal y posible la gestación subrogada. Y eso pasa por ofrecer la adopción o la acogida y, en un sentido más amplio, promover el pensamiento crítico.

Necesitamos salir de la polarización y las recetas simples para avanzar hacia una sociedad basada en los cuidados en donde, frente al individualismo y el mercantilismo, la comunidad sea el espacio donde se afronten los retos que se presentan en este y otros ámbitos.