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Cannes se rompe en bandos, solo algunos interesantes

Cristian Mungiu levanta costras con la provocación ‘Fjord’ en el Festival de Cannes, Arthur Harari alimenta el misterio en ‘L’inconnue’ y ‘La perra’ de Dominga Sotomayor te anima a volver a terapia.

Cristian Mungiu (centro), en la presentacion de ‘Fjord’ en Cannes. (Valery HACHE | AFP)

La segunda mitad de la 79ª edición del Festival de Cannes arranca con debates, algunos cinematográficamente más productivos que otros. Vista en la Quincena de Cineastas, ‘La perra’, primera selección en Cannes de Domingo Sotomayor (Mejor Dirección en Locarno por ‘Demasiado tarde para ser joven’), es lo que beber un expreso para calmar la sed. Propone la chilena un viaje a las razones del intenso afecto de una mujer (Manuela Oyarzún) por la perra que rescata del mar y que la acompaña en su vida isleña. Un idilio tranquilo que, sin embargo, Sotomayor somete bajo el trueno constante de las olas del mar y del viento, y cuya belleza analógica, parecida a la de Mark Jenkins (‘Enys Men’), sabe a mar y a grano de sal. Argumentalmente, la mecha se apaga pronto: todo apego viene de un trauma infantil, y todo trauma es difícil de ver… «Podría haber sido un corto».

Cristian Mungiu denuncia la mejor de las intenciones en ‘Fjord’

Palma de Oro veinte años atrás por ‘4 meses, 3 semanas, 2 días’ está decidido a demostrar qué tan racista y adoctrinante es el engranaje público noruego, cuyas violencias son perfectamente equiparables a las pequeñas correcciones que la familia cristiana de ‘Fjord’ ejerce sobre sus hijos. Eso son, castigos físicos y un lavado mental religioso de primer orden.

Con el espíritu ejemplificador de ‘R.M.N.’, Cristian Mungiu se ampara en las hipérboles de la farsa para demostrar el excesivo castigo sobre estos pobres tipos de la ‘vieja escuela’, Sebastian Stan y Renate Reinsve como el padre, de origen rumano, y la madre noruega. Para ello, repleta larguísimas tomas de diálogo entre un tapiz de caras de póquer mal disimuladas (Stan y Reinsve se llevarán el crédito por un coro de extras que no sabe adónde meterse), todas puestas sobre las paredes feas de juzgados, despachos y geriátricos. Interiores públicos y debidamente decorados para una Navidad que, todo el mundo sabe, será incómoda.

Con el beneplácito ‘equidistante’ de un par de breves incisos sobre los efectos del caso en Rumanía, Mungiu prefiere descubrir satisfecho como el Estado, sus vigilantes morales y su burocracia, han convertido en última instancia a la familia tradicional cristiana en una minoría. Simplista y machacona, increíblemente larga, la farsa del húngaro se alimenta de los discursos irreconciliables de una división que nunca fue así.

Otro caso irresoluble tras ‘Anatomía de una caída’

Después de recoger el Oscar por ‘Anatomía de una caída’, Arthur Harari se ha permitido adaptar su propia novela gráfica, ‘El caso David Zimmerman’, por fortuna, sin ponerse ni caer en la evidencia. Estrena a Competición ‘L’inconnue’, un body swap entre Eva (Léa Seydoux) y David (Niels Schneider), que rehuye todo atajo o divertimento característico del género del equívoco y las noches de verano de Shakespeare para abrazar, en cambio, en horror existencial absoluto que depara vestir las carnes de alguien que no eres tú. ¿Quién entonces? Harari simulará organizar una trama de investigación sobre una suerte de virus que se desplaza por contacto sexual, pero si el francés comparte algo con ‘It Follows’, eso es el ambiente cargado, tóxico y en ningún caso, explicable.

En la línea de Antonioni y su ‘Blow Up’, ‘L’inconnue’ agujerea su silencio terco y rumiante llevando a sus dos personajes de paseo por entre ciudades, tiempos y personajes que fueron valiosos para esta pareja de títeres desapegados al estilo de ‘Dolls’ de Takeshi Kitano. Mientras, Seydoux ahonda en una parálisis del sueño (o disforia) sosteniendo abismos existenciales en carne viva, con la mandíbula desencajada en un ejercicio de pura volumetría del body horror.

Leer ‘L’inconnue’ en clave disfórica resulta tentador –al fin y al cabo, incluso antes del cambio David andaba deprimido–. Sin embargo, la maestría de Harari y un continuo en su carrera (‘El caso Goldman’) pasa por mantener en carne viva la apertura de lectura de las imágenes, cuidando el misterio como lo haría un Hitchcock moderno. Aquí sí aplaudimos con las orejas.