Los Ángeles de Minab
Mientras Irán presenta 35 casos de crímenes de guerra contra EEUU e Israel al fiscal de la Corte Penal Internacional, el país persa recuerda uno de los actos más aberrantes que violan el derecho internacional humanitario: la muerte de casi 200 niños en Minab, incinerados por misiles termobáricos.
Tronaban golpes en la puerta de mi departamento, eran tan urgentes que amenazaban con derrumbarla. No se trataba de ningún invasor, sino de compañeros de trabajo que me advertían de que había que evacuar de inmediato, porque los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán habían comenzado. Lo tan previsto había llegado una hora después de quedarme dormida, agotada de trabajar toda la noche hasta las 7:15 de la mañana.
En ese breve lapso, el teléfono había sonado incesantemente. Un colega me llamaba para darme aviso de que misiles impactaban en numerosos sitios del territorio iraní, incluido Teherán, donde me encontraba. Eran las 9.45 del 28 de febrero y estábamos bajo fuego.
Veinte y cinco minutos después llega la noticia de la primera y gran masacre. Un crimen de guerra atroz contra 175 niñas y niños inocentes, madres y padres y rescatistas. Casi dos centenares de víctimas atacadas impunemente.
El mundo despertó con la imagen extraída de las crónicas más oscuras: casi 200 ángeles calcinados por la precisión fría de la tecnología moderna, un hecho que abre mis heridas e intensifica el amor hacia mi hija Victoria, mi hermosa niña, mi bebé estrella, que partió al cielo antes de tocar la tierra por el maldito uranio empobrecido utilizado en Irak.
Tras el bombardeo conjunto de las fuerzas de Estados Unidos e Israel contra territorio iraní, el foco del horror se había situado en la ciudad de Minab, donde la escuela primaria Shajareh Tayebeth quedó reducida a cenizas.
Lo que los comunicados oficiales de Washington y Tel Aviv catalogaron como objetivos estratégicos o daños colaterales en su ofensiva contra el país persa es la repetición de un ciclo ritual de violencia.
La destrucción de la infancia en Gaza y ahora en las aulas de Irán refuerza la narrativa que el avance de la hegemonía regional requiere, invariablemente, de la sangre de los más inocentes.
Resulta imposible ignorar la carga simbólica de estos eventos. En la antigüedad, el culto a Baal exigía el sacrificio de niños para asegurar la prosperidad de los imperios y la victoria en la guerra.
Hoy, bajo el estruendo de los misiles y la retórica de la seguridad nacional, la escena se repite: infantes que apenas comenzaban su jornada escolar fueron convertidos en la ofrenda de una guerra que no comprende de humanidad. ¿Su objetivo? La consolidación de un orden geopolítico que parece no tener límites éticos.
Mientras discutimos sobre tratados, derecho internacional humanitario y crímenes de guerra, el humo que emana de las ruinas de la escuela evidencia la historia de un poder que, para sostener sus proyectos de dominio, sigue recurriendo a los métodos más crueles bajo el silencio cómplice de quienes han decidido que la vida de un niño es un precio aceptable para la conquista del mapa.
Tras más de veinte años de coberturas de conflictos, post-conflictos y crisis humanitarias, crucé información, indagué fuentes y con la memoria experimental de estos hechos, evidencié en pocas horas que era claramente un crimen de guerra.
Comprobé rigurosamente y publiqué de inmediato lo que ‘New York Times’ demoró días en anunciar, y lo hice desentramando las falsedades de la evaluación inicial de la Administración Trump, que negaba ser responsable del ataque de doble golpe o double tap-strike –como se lo conoce en el argot de la guerra– convirtiéndose en uno de los incidentes con mayor número de víctimas civiles atribuibles al Ejército estadounidense en décadas.
Infierno termobárico
«Mi hija quedó completamente quemada», relataba el padre de una niña que murió en el ataque y sólo pudieron identificarla por la mochila escolar que aún sostenía. Estaba incinerada.
Incinerados, así murieron por el segundo misil Tomahawk que, con exceso de combustible en el momento del impacto, se convierte en un arma termobárica. Apretaron el botón y lo transformaron en una andanada térmica.
El ataque fue diseñado expresamente para maximizar las muertes en la escuela, porque las fuerzas estadounidenses esperaron a que se congregasen alumnas, profesores y supervivientes para lanzar un cuarto proyectil que sobrevolaba el perímetro recopilando datos para la evaluación de combate.
El primero impactó en la escuela y dos en almacenes vacíos. El último al explotar –con efecto termobárico– quemó vivas a las niñas y al resto de personas que yacen ahora en el cementerio local.
Como en tantas otras guerras, nuevas hileras de tumbas se multiplican frente a mí. Siempre el mismo estremecimiento. Veo entonces la fotografía ya viral de un niño con anteojos despidiéndose de su madre por última vez y las listas con decenas de nombres de niños y adultos fallecidos –algunos con las edades y otros datos de identificación– figuran en los ataúdes.
Este es Mikaeil Mirdoraghi un niño irani despidiéndose de su madre antes de ir a la escuela. Lo que paso después ya lo conocemos.
— Principe Vegeta BTC (@princevegetabtc) March 8, 2026
Los sionistas lo llaman daños colaterales, yo lo llamo asesinato.
Descansa en paz Mikaeil. pic.twitter.com/5z5byTPDU6
Pero hay familias que seguirán llorando sin siquiera tener un lugar al que acudir porque las bombas termobáricas han desintegrado sus cuerpos con intención criminal: los combatientes tienen la obligación de hacer todo lo posible para verificar que un objetivo sea un blanco legítimo y de adoptar todas las precauciones posibles para evitar o minimizar los daños a la población civil.
Pero, al producirse un ataque de doble golpe, ¿se puede inducir que el objetivo civil estaba claramente identificado y el principio de precaución fue descartado intencionalmente, cuando las víctimas eran principalmente niñas y niños y gran parte del edificio escolar quedó destruido mientras se impartían clases?
Hay familias que seguirán llorando sin siquiera tener un lugar al que acudir porque las bombas termobáricas han desintegrado sus cuerpos con intención criminal
Sí, se puede inducir porque fueron quemados vivos deliberadamente. Un perpetrador que ataca a civiles actúa para cumplir con el requisito de ocasionar un crimen de guerra donde se cumple con el estándar de «mens real»: la intención criminal ante un ataque indiscriminado.
Pero al ser consultados sobre el ataque a Minab, funcionarios del Gobierno estadounidense, entre ellos el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Defensa Pete Hegseth y la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Levitt, afirmaron que Estados Unidos no atacaría deliberadamente una escuela ni a civiles.
El senador John Kennedy –republicano por Luisiana– calificó el ataque como «un error», justificando futuras acciones que implicarían apuntar más certeramente contra la población civil, lo que llaman aberrantemente daño colateral. Sin embargo, hacía años que la escuela tenía actividad en línea, disponible públicamente y fácilmente accesible. Las fotos en su sitio web también mostraban a las niñas.
Política de aniquilamiento
Más allá de Minab, existe un patrón más amplio y sistémico que posibilitó el infierno termobárico y que podría propiciar mayores ataques.
Desde el inicio del segundo mandato de la Administración Trump, el secretario de Defensa Hegseth manifestó públicamente su escepticismo sobre la utilidad de las restricciones impuestas a los combatientes y debilitó sistemáticamente las protecciones internas estadounidenses destinadas a garantizar el cumplimiento de las leyes de los conflictos armados.
En septiembre de 2025, Hegseth, desde el Despacho Oval, anunció un enfoque en «la máxima letalidad, no en una legalidad tibia».
En un discurso dirigido a generales y oficiales de alto rango en Quantico, anunció el fin del Ejército «progresista», descartando las «estúpidas y excesivas reglas de enfrentamiento», sugiriendo que pretendía «dar libertad a nuestros combatientes para intimidar, desmoralizar, perseguir y matar a los enemigos de nuestro país».
En septiembre de 2025, Hegseth anunció un enfoque en «la máxima letalidad, no en una legalidad tibia», dando libertad para «perseguir y matar a los enemigos de nuestro país»
Días antes de la masacre, Hegseth también amenazó públicamente con que «no se dará cuartel» a los iraníes, al tiempo que ordenó que no se tomarían prisioneros, lo que constituye un crimen de guerra.
Esta retórica ha ido acompañada de un intento por desmantelar las estructuras y los procesos que se habían establecido previamente para promover un mayor respeto al derecho internacional humanitario.
Trump quiere convertirse en la fuerza más letal del mundo: matar y matar en una guerra de agresión ilegal, donde no se están respetando las leyes internacionales.
Con un Pentágono que lleva a sus espaldas nueve millones de toneladas de bombas lanzadas en las últimas ocho décadas, Trump insiste en hacer desaparecer a Irán de la faz de la Tierra con el riesgo de aniquilar el planeta.