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La nostalgia melódica de Paul McCartney

El veterano músico inglés edita un nuevo trabajo, ‘The Boys of Dungeon Lane’ (Capitol Records), el decimoctavo en su trayectoria en solitario, donde se sirve de los diversos manejos que del pop de guitarras ha exhibido a lo largo de su carrera para tejer un recorrido por su infancia.

Paul McCartney publica el decimoctavo trabajo de su trayectoria en solitario. (Mary MCCARTNEY)

Los lugares que han visto nacer nuestros primeros años de contacto con la realidad no son un mero decorado inerte, representan toda una cartogafría de ilusiones, heridas –físicas y emocionales– y por supuesto alegrías. Recordarlas, la única manera de atravesarlas de nuevo, significa abrir un libro de fotografías que destila ciertos antecedentes con los que ayudar a traducir nuestro presente. Una ruta a la que se encomienda Paul McCartney (Liverpool, 1942) en su nuevo álbum, un viaje a los orígenes de quien todavía, en aquellas épocas pretéritas, desconocía estar caminando con destino a la leyenda.

Cantar al pasado desde el presente

Como respuesta a esa pulsión inherente a la condición humana, donde la urgencia por salir al encuentro de episodios remotos se acentúa cuando el recorrido biográfico se acerca a su tramo final, el octogenario compositor acude a esa inspiración lírica fundida en blanco y negro pero sometida a  coloración gracias a un extenso rango armónico y estilístico. Un contenido integrado por un espíritu humanista e introspectivo suficientemente identificativo como para responder a la osada interrogante que los oyentes, en una clara extralimitación de sus funciones, suelen plantear sobre la conveniencia  de alargar con nuevos capítulos carreras ya instaladas en el epicentro de la cultura popular. Único soberano en cuanto a dicha decisión, McCartney nos conmina a una excursión hacia el pasado que actúa también de decálogo resiliente apto para ser utilizado en nuestra cotidiana actualidad.

Valdría, tratándose del protagonista de estas canciones, recubrir con su característico y dulce sentimiento pop un relato conjugado en pasado para salir bien parado. Pero este álbum tiene otras intenciones, como demuestra el protagonismo compartido en la producción con el joven y premiado Andrew Watt, no solo acompañante de estrellas del mainstream que responden al nombre de Justin Bieber o Lady Gaga, sino revitalizador de rudos roqueros como Ozzy Osbourne o Iggy Pop, siendo el caso del buen uso que hizo de ‘sus satánicas majestades’ en su último título, ‘Hackney Diamonds’, uno de los ejemplos más elocuentes de esa doble virtud. Su presencia junto al ex Beatle define las aspiraciones de un álbum que pretende reunir en un mismo catálogo los ancestros de un sonido con la escenificación más contemporánea del mismo.

Precarios pero útiles aprendizajes

Trasladar el título del álbum al mapa británico supone situarnos en una pequeña calle que conectaba con la urbanización Speke, residencia de un púber McCartney que hoy, con una voz desgastada pero que sirve con dulce solemnidad de narradora perfecta para la sustancia de estas canciones, luce como veterano trovador en una inicial ‘As You Lie There’ que, a modo de declaración de intenciones, se lamenta de ese no correspondido amor juvenil que no necesita más que un furtivo cruce de miradas para convertirse en el centro del universo. Una epopeya de candidez romántica que musicalmente atraviesa desde la psicodelia hasta la violenta arenga. O lo que es lo mismo, un viaje que va desde The Quarrymen, fase fundacional de los ‘fab four’, pasando por los Wings hasta esa faceta ‘desconocida’ (aunque visible majestuosamente en, por ejemplo, la icónica ‘Helter Skelter’) de ruidoso compositor. Personalidades diversas encarnadas por un nombre legendario que rinde tributo a los precedentes que le han convertido hoy en una excelencia artística.

Un mapa de cauces biográficos a los que pone color, olor y sonido a través de revivir ese rock primigenio que late en ‘Lost Horizon’, y que se bifurcan en ‘Down South’, bajo una interpretación dotada de una profundidad digna de Johnny Cash, hacia una historia de precariedad, compartida junto a George Harrison, donde una furgoneta puede ser el paraje más idílico cuando conversar sobre música oficia de vínculo indeleble. Pero no es la única figura de ese histórico combo que habita en estas canciones, porque de la literalidad pasamos a la corporeidad con la presencia de Ringo Starr, primera colaboración entre ambos, que en ‘Home to Us’, y con los coros de Chrissie Hynde y Sharleen Spiteri, cantante de Texas, significa una celebración – y como tal dinámica y luminosa– de esos duros tiempos que ejercieron de escuela no deseada pero finalmente efectiva, ya que nacer en un Liverpool convaleciente de la II Guerra Mundial, siendo uno de los lugares más castigados por las bombas, era un buen entrenamiento para convertir los discos en el único lenguaje digno de ser recordado.

Un itinerario memorístico, en el que se intercalarán tentativas muy poco estimulantes de ‘disfrazar’ al veterano músico de ídolo contemporáneo con odas casi pastorales de folk y jazz, que acude a su parte más costumbrista y emotiva cuando se abren las puertas de un hogar donde un matrimonio en constante crisis, económica y sentimental, se mantiene a flote con el único acicate de sostener la unidad familiar. Un ejercicio en el que la madre de McCartney, figura indispensable –sobre todo tras su pérdida antes de su adolescencia– a la hora de abocar a aquel joven a construir entorno a su guitarra un mundo nuevo, se muestra casi como una heroína del neorrealismo italiano cargando sobre sus hombres el destino colectivo. Piezas, tituladas ‘Salesman Saint’ y ‘Momma Gets By’, que, como induce su condición lírica, escogen un sentido musical mas relajado e introspectivo, donde instrumentos de cuerda y viento reflejan el halo melancólico pero épico que anida en estas  estampas sucedidas intramuros.

‘The Boys of Dungeon Lane’ es un disco desconcertante, con todo lo que eso significa, porque su loable aspiración de alimentar un contexto versátil llega a desnaturalizar, con un uso excesivo y abigarrado de la ornamentación, la sustancia de ciertas composiciones, generando un heterodoxo muestrario de temas que acusa una desconexión con cualquier equilibrio formal. Probablemente lo más encomiable y digno de reseñar en cuanto a los logros del álbum es su soporte conceptual, donde con brillantez convierte ese retrato nostálgico en un apunte biográfico pero también en una alabanza a esa sana ingenuidad por la que, más que derramar lágrimas, conviene brindar. En este traslado hacia décadas pasadas expuesto por Paul McCartney, por qué no dejarnos embaucar por la fantasía que todo recuerdo aloja e imaginar que este disco es pretendidamente irregular consecuencia de su fidelidad por retratar aquellos años de aprendizaje que nunca fueron fáciles ni perfectos, pero sí inolvidables.