«El auténtico arte surge de confrontarse con la verdad»
Debutó en 2015 en el cine de ficción con ‘Bella e perduta’. Películas como ‘Martin Eden’ o ‘Scarlet’ le han situado como uno de los referentes dentro del cine de autor italiano. En ‘Eleonoa Duse. La divina’, se aproxima a la ambigua personalidad de una de las granes divas de la historia del teatro.
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Reacio a rodar un biopic al uso, Pietro Marcello ha optado por acercarse a Eleonora Duse en su declinar, cuando ella misma se aferró a su propia leyenda dejándose agasajar por el fascismo ante la evidencia de un mundo que la sobrepasaba y donde su arte comenzaba a verse cuestionado. El patetismo y el decadentismo inherentes al personaje llegan hasta nosotros gracias a la portentosa interpretación acometida por Valeria Bruni-Tedeschi, protagonista de un film que nos lleva hasta un pasado con evidentes conexiones con nuestro presente.
Cuando uno decide aproximarse a un personaje tan legendario como Eleonora Duse, me imagino que lo más difícil es encontrar el lugar desde donde contarla. ¿Cómo fue en su caso?
Fue difícil porque es un personaje que siempre ha estado envuelto en un halo de misterio. Se ha escrito mucho sobre ella y tenemos algunas fotos pero solo existe un film rodado por Edison donde podemos verla en acción. Hay otro corto mudo donde sale pero aparece de espaldas. No teníamos, por tanto, mucha documentación para saber cómo se movía, cómo actuaba... Y, por otro lado, a la hora de construir mis personajes me siendo cómodo trabajando sobre arquetipos.
De Eleonora Duse, en concreto me interesaba ese perfil como extemporáneo que ella tenía, porque era una mujer muy del siglo XIX que había crecido y se había educado en un mundo patriarcal y que, sin embargo, supo descollar gracias a esa fuerza interior que atesoraba donde convivían lo humano y lo divino. Como artista que era, ella tenía esa cosa frágil y vulnerable que poseen los actores, pero, al mismo tiempo, su activismo político la llevó a estar cerca de los ámbitos de poder, demostrando una gran determinación y una gran fortaleza. Por otro lado, me interesaba la idea de acercarme al personaje en los últimos años de su vida, en su ocaso, por así decirlo.
El biopic es un género que habitualmente lo que narra es una historia de triunfos y a mí no me interesaba eso. La historia siempre la han contado los vencedores y yo, emocionalmente, siempre me he sentido más fascinado por los vencidos que por los vencedores.
«No creo en el arte como un fin en sí mismo. Es como la diferencia entre Buñuel y Dalí. Yo soy más de Buñuel; Dalí me hace pensar en D’Annunzio»
En todo caso, hay algo muy contemporáneo en su manera de aproximarse al personaje.
Es que aquella última etapa de Eleonora Duse vinculada al surgimiento del fascismo creo que tiene muchos puntos en común con la época que estamos viviendo actualmente. Hoy, como en aquel entonces, vivimos inmersos en la incertidumbre, no es una época de grandes esperanzas. La generación de nuestros padres, crecida en los años de posguerra, sí que se enfrentó a una época llena de transformaciones sociales de gran calado que llevaban aparejadas unas ciertas ilusiones.
Hoy, sin embargo, estamos viviendo la agonía de un mundo que no termina por desaparecer y el alumbramiento de un tiempo nuevo que no termina de emerger. Y esa misma sensación fue la que, en cierto sentido, definió el carácter de alguien como Eleonora Duse.
Esos vínculos entre la persona y la Historia están en casi todas sus películas. En el caso concreto de Eleonora Duse, es interesante cómo usted confiere al personaje una complejidad emocional que lo aleja bastante de esa caricatura que siempre se ha hecho de ella como musa del fascismo.
Esa es una etiqueta que le colocó Gabrielle D’Annunzio, lo cual resulta curioso si nos atenemos a que fue este poeta el que confirió una estética al fascismo. Él fue un narcisista fanático que no tuvo problemas a la hora de poner su talento al servicio del régimen fascista y dejarse instrumentalizar por él, cosa que Eleonora Duse no hizo, ella se dejó querer por el régimen pero renunció a todos los honores y a la pensión vitalicia que el gobierno de Mussolini aprobó para ella.
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Duse nunca se vendió, ella creía en un arte puro. Pero sí que tiene algo en común con D’Annunzio y con muchos de los poetas e intelectuales que apoyaron al fascismo y es ese decadentismo que, en cierto sentido, los convierte en espectros patéticos. Y a mí me fascinaba mucho la idea de recrear ese halo de patetismo que tenía el personaje y que, finalmente, es lo que la define como un personaje fuera de su época. Eleonora Duse, como el propio D’Annunzio, tiene un punto anacrónico.
No sé si fue esa voluntad por explorar el propio decadentismo que emana del personaje la que le llevó a incluir imágenes de archivo en el film o si fue más bien la necesidad de ubicar a Eleonora Duse en ese contexto histórico que mencionaba.
Es un recurso que he introducido alentado por la obsesión que me producía una imagen en concreto: ese tren que portaba el féretro del soldado desconocido y que recorrió Italia hasta ser depositado en Roma simbolizando el dolor de tantas madres que perdieron a sus hijos durante la I Guerra Mundial.
El soldado desconocido lejos de ser un símbolo patriótico, fue una figura que surgió alentada por toda una corriente pacifista que fue apoyada por Eleonora Duse. Sin embargo, cuando el fascismo llegó al poder se apropió de dicho símbolo hasta conferirle un significado renovado, tal y como hizo también con una figura como la Duse. Entonces, a partir de dicha analogía, me pareció interesante confrontar la pureza de ciertas imágenes con el significado que dichas imágenes generan en el espectador después de haber sido instrumentalizadas por una dictadura.
Pero Eleonora Duse ¿fue instrumenralizada o se dejó instrumentalizar? Porque en ella prevalecía esa convicción, un tanto naif, de que el arte siempre está por encima de las ideas y de que la belleza siempre está ahí para salvarnos de la barbarie.
Justamente ese es el tema de la película, el precio de la equidistancia. Aproximarme a la figura de Eleonora Duse me permitía reflexionar sobre esto. Para mí el auténtico arte surge de confrontarse con la verdad, no basta con idealizarla. Pienso en gente como Hemingway; él estuvo en las trincheras durante la I Guerra Mundial, estuvo en España durante la Guerra Civil, bajó al barro y narró aquello a partir de ese compromiso con lo que vio y vivió.
No creo en el arte como un fin en sí mismo, siempre he sido bastante crítico con esa percepción del hecho artístico que sitúa al artista en un pedestal. Es como la diferencia entre Buñuel y Dalí. Yo soy más de Buñuel; Dalí me hace pensar en D’Annunzio.
Aquellos intelectuales que abogan por el arte como un fin en sí mismo, curiosamente, siempre han acabado apoyando, por acción u omisión, a regímenes totalitarios.
Los artistas, por definición, suelen ser seres frágiles, muy pocos artistas poseen la fortaleza necesaria para entregarse, con carácter prioritario, a la defensa de unas ideas. Suelen ser seres narcisistas, egoístas, que asumen que están cumpliendo una misión elevada ya que el arte puede curar almas. Pero con ser cierto esto, no conviene perder de vista que el arte, más allá de esa función sanadora, debe ser una herramienta para la emancipación del individuo.
Eleonora Duse fue una diva de la escena y una actriz que consiguió revolucionar el teatro moderno, triunfó haciéndose valer en un mundo de hombres, lo cual habla mucho de su fortaleza y de su determinación. Fue una mujer admirada por Chéjov, Chaplin, Stravinsky, pero con eso y con todo, al final de sus días, cultivó una cierta ambigüedad política aferrándose a esa idea de que el arte está por encima de todo lo demás.
«Fue una mujer admirada por Chéjov, Chaplin o Stravinsky, pero, al final de sus días, cultivó una cierta ambigüedad política aferrándose a esa idea de que el arte está por encima de todo lo demás»
¿Diría que Eleonora Duse, como tantos protagonistas de nuestra época, fue alguien tan entregado a la defensa de su propio personaje, de su propia leyenda, que carecía de herramientas para comprender el presente?
Lo que ocurre es que ella vivía en la burbuja de su prestigio como diva de los escenarios. Eso te acaba aislando y el paso del tiempo te coloca de frente a un nuevo escenario que ni comprendes ni deseas comprender. Y lo fascinante es que resulta una figura tan ambigua que ha sido históricamente reivindicada tanto por la derecha como por la izquierda. Pero yo con esta película no pretendo reivindicarla, sino contextualizarla.
En un momento del film, Sarah Bernard le dice que a Eleonora que el teatro tiene que estar conectado con el presente. No sé si son unas palabras que haría suyas en el sentido de que muchas veces miramos al pasado, como es su caso con esta película, justamente, para comprender mejor el presente.
Sí, pero sobre todo lo que me interesa a la hora de conectar el pasado con el presente es el tema de la creación de los falsos mitos, algo a lo que somos muy dados ante la urgencia de comprender un presente cuyas claves se nos escapan. Eleonora Duse representaba un teatro antiguo, viejo, decadente y esa idea de mantener su vigencia y su prestigio le llevó a entregarse a un joven dramaturgo de escaso talento en aras de hacerse presente ante las nuevas generaciones.
Aquello, lejos de reportarla ningún prestigio, fue el inicio de su caída, y a mí me interesaba recrear ese momento por toda la carga simbólica que atesora, por cómo refleja esa resistencia que algunos tienen a asumir que su tiempo ya pasó. Eso no significa que no debamos volver al vista al pasado. De hecho, es imposible no hacerlo. Solo comprendiendo el pasado podemos entender el presente, sin embargo, resulta muy peligroso que en ese mirar al pasado quedemos atrapados en las redes de la nostalgia. La creación de los falsos mitos tiene que ver con la idealización del pasado.
¿Valeria Bruni-Tedeschi fue su primera opción para interpretar a Eleonora Duse? Porque lo cierto es que más que encarnar al personaje, lo posee.
De hecho, para esta película no hice casting y el guion lo escribí con Valeria en mente. Me interesaba ese espíritu interior que ella posee y que me resultaba tan aproximado a la idea que yo tenía respecto a Eleonora Duse. Me gusta cuando grita, cuando se agita, cuando mira desafiante... Yo quería ofrecer una visión distinta del personaje y Valeria me ha ayudado a conferírsela. Cada día que pasaba dirigiéndola para mi era como vivir una epifanía, ella ama improvisar y yo, que vengo del documental, valoro mucho esa disposición en los actores.