La Colombia de De la Espriella, tras la estela autoritaria de Ecuador
Abelardo de la Espriella tiene que cumplir su promesa electoral más ambiciosa: terminar con la violencia. Lo más normal es que fracase y, como ocurre en Ecuador, hunda al país en una espiral de autoritarismo. En este proceso contará con la estrecha colaboración de EEUU, que suma un nuevo aliado.
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Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de Colombia y lo es con la participación más numerosa en la historia del país: acudió a votar el 63,59% del censo electoral y le respaldaron 12.959.542 personas, 250.000 más que al izquierdista Iván Cepeda y casi 1.700.000 más que al presidente Gustavo Petro hace cuatro años.
La capacidad de movilización de los dos candidatos ha sido indiscutible en la cita electoral más reñida nunca vista en Colombia: un 0,96% de diferencia que, debido a los 670.000 votos nulos y en blanco, provocó que ningún candidato superara el 50%, con un 49,66% para De la Espriella y un 48,7% para Cepeda. Una cita llena de récords en la que, aunque la izquierda haya demostrado unidad y rumbo decidido, la ultraderecha es la vencedora final.
Por lo tanto, comienza la era del «tigre» De la Espriella quien, como presidente, tiene que cumplir sus promesas «milagro», sobre todo aplacar la inseguridad, y una cosa es un eslogan electoral y otra bien distinta es la realidad. Y si no, que se lo pregunten a la sociedad en Ecuador, donde la política de mano dura de Daniel Noboa está fracasando. Pese a ello, De la Espriella podría emular el modelo ecuatoriano en Colombia.
Abogado de paramilitares y mafiosos, también relacionado con Alex Saab, el testaferro de Maduro, de familia cercana a Álvaro Uribe, supuesto outsider apoyado por las fuerzas sistémicas, De la Espriella promueve una sociedad de valores conservadores y una economía extractivista con incentivos para los grandes inversores, además de un recorte de un 40% en la burocracia, y tiene en la parcela de seguridad su propuesta más ambiciosa: asegura que terminará con la violencia en poco tiempo. Sería un milagro, sin duda, sobre todo porque el conflicto lleva más de medio siglo activo con disputas territoriales entre guerrillas, grupos del crimen organizado, paramilitares y Estado.
El Gobierno de Petro fue también ambicioso y apostó por la política de «paz total», negociando de buena fe con todos los grupos armados, pero no le funcionó, y la inseguridad ha repuntado en las zonas calientes del conflicto: hay más extorsiones, más secuestros, más desplazamientos forzosos de población.
La política de «paz total» se considera uno de los grandes fracasos del Ejecutivo saliente, o al menos el más capitalizado por la antigua oposición. Si bien Cepeda apostaba por mantener el diálogo a toda costa, la posición de De la Espriella es diametralmente opuesta: romper las negociaciones y recuperar la mano dura.
Su fórmula actualizada del uribismo, que beneficiará de nuevo a grupos paramilitares, tiene además el recurrente toque carcelario del salvadoreño Nayib Bukele. Así, el ultra promete construir diez megacárceles o capturar en poco tiempo otras tantas cabezas de líderes guerrilleros. Una política autoritaria y violenta que ha funcionado en El Salvador, pero no así en Ecuador, país con el que Colombia guarda muchas más similitudes.
Comienza la era del «tigre» De la Espriella quien, como presidente, tiene que cumplir sus promesas «milagro»
Gobernado por Daniel Noboa, que también tiene la nacionalidad estadounidense, Ecuador mantiene una relación tan estrecha con Estados Unidos (EEUU) que hasta ha aceptado instalar en el país el sistema de control social Palantir. Pese a la mano dura y el apoyo de la gran potencia militar y tecnológica del mundo, la violencia no se ha reducido, y la principal promesa electoral de Noboa se diluye ante la cruda realidad.
Además, en un Gobierno con una desaprobación superior al 70%, Noboa está demostrando su autoritarismo con la imposición de estados de excepción constantes, la aprobación de decretos inconstitucionales y los ninguneos a decisiones populares como el rechazo a albergar las bases estadounidenses en el territorio ecuatoriano. De hecho, este modus operandi podría ser el que adopte De la Espriella en Colombia.
Más allá del milagro que sería solucionar los conflictos armados, y además hacerlo en poco tiempo, la mayor debilidad de De la Espriella está en la falta de representación en las instituciones: en las elecciones generales del pasado marzo fue incluido en Salvación Nacional, que solo conquistó cuatro curules en el Senado y un diputado en el Congreso.
Por ello, antes incluso de vencer en las urnas, De la Espriella empezó a retar a estas instituciones, a las que pidió no ser un obstáculo ante las medidas urgentes que necesita implementar. Sin embargo, si quiere gobernar democráticamente, tarde o temprano tendrá que acercarse a «los de siempre» que tanto ha criticado, y no solo está obligado a llamar a la puerta del uribista Centro Democrático, sino que necesitará sumar más apoyos en un Parlamento dominado por el Pacto Histórico.
Colombia es el último peón, uno valioso, con dos mares, que permitirá a EEUU el acceso a información privilegiada en Inteligencia y el establecimiento de bases militares
Por eso, el ultra insiste en que gobernará a base de decretos, aunque lo más preocupante es el posible abuso del estado de excepción bajo la excusa de combatir el crimen como hace Noboa en Ecuador, donde esta medida excepcional se utiliza para restringir constantemente los derechos políticos y de asociación de la sociedad.
Por lo tanto, ante un representante que seguramente tensionará los límites legales, la imparcialidad de la Justicia tendrá una prueba de fuego en Colombia. En la anterior legislatura, los tribunales revocaron decretos del Gobierno de Petro por, entre otras razones, excederse en sus competencias.
Ahora, las cortes tendrán que confrontar a un presidente que gobernará con decretos y que promueve medidas que requerirían un proceso constituyente como retirar al país de la ONU o de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Además, es probable que la manifiesta sumisión de De la Espriella a EEUU traiga constantemente al debate su tendencia por favorecer los intereses estadounidenses en detrimento de los colombianos.
Y como el ultra tiene la nacionalidad estadounidense, hay expertos constitucionales que plantean un posible conflicto de intereses, más si cabe con la decidida apuesta pública por estrechar lazos militares y económicos con EEUU, que cuenta con una nueva pica en el tablero latinoamericano.
La política de «paz total» se considera uno de los grandes fracasos del Ejecutivo saliente. Si bien Cepeda apostaba por mantener el diálogo, la postura de De la Espriella es diametralmente opuesta
De la Espriella ha anunciado que, desde el día uno de su mandato, Colombia restablecerá relaciones con el Estado israelí y será parte del Escudo de las Américas, una coalición que supuestamente lucha contra las redes de narcotráfico, pero que en realidad vela por los intereses regionales de EEUU.
Colombia es el último peón, uno valioso, con dos mares, que permitirá a EEUU el acceso a información privilegiada en Inteligencia y el establecimiento de bases militares. Una injerencia que, como demuestra Ecuador, no garantiza el éxito. Pero eso es secundario para EEUU, que persigue sus propios objetivos y busca afianzar el control total sobre Latinoamérica.
Y no lo disimula: quiere hacerlo o por las 'buenas', como estamos viendo en las últimas elecciones latinoamericanas en las que Trump apoya abiertamente a candidatos ultraderechistas, o por las malas, como vimos con la operación militar contra Maduro en Venezuela. La doctrina Monroe está de vuelta, asentándose, y solo aguantan centros políticos de izquierda en Nicaragua, Guatemala, Uruguay, México y Brasil.
El momento álgido de la izquierda ha pasado en Latinoamérica, que ahora está dominada en su mayoría por formaciones de derecha tradicional y ultraderecha, cuyo auge tiene matices, pero elementos recurrentes que fluyen entre las preocupaciones de la sociedad: el extendido sentimiento anticomunista, el auge de la criminalidad en las calles.
Valiéndose con destreza y juego sucio de las redes sociales, la ultraderecha ha sabido explotar el miedo y el enemigo antagónico e imponer un tablero de juego en el que no existen los matices. Porque es ahí, en la polarización, donde mejor se mueve, poniendo en un extremo posiciones de izquierda que bien podrían considerarse moderadas. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido en Perú y Colombia.
Pese a la victoria de la ultraderecha, el futuro no es gris para la izquierda en Colombia. Al contrario: hay esperanza, fuerza popular. El Pacto Histórico lleva un rumbo consistente, y no puede obviarse que ha obtenido el apoyo de la mitad del país, con un millón y medio de votos más que hace cuatro años, y ha mantenido la cohesión entre una amalgama de grupos con diferencias ideológicas históricas.
Además, la izquierda está movilizada y cuenta con estructuras en barrios y distritos. Por eso, toca aprovechar las fortalezas propias y las debilidades de Abelardo De la Espriella y dirigir la oposición en las calles y en la Asamblea. Y sin amilanarse ante las amenazas del ultra, como exhortó el lunes Iván Cepeda cuando subrayó que es imposible aplastar a la mitad de un país y aseveró que ellos no tienen miedo a las amenazas, que la resistencia histórica del movimiento izquierdista está de sobra demostrada en Colombia.