«La esperanza es un elemento de movilización de agendas políticas»
Eudald Espluga (Girona, 1990) ha publicado ‘Imaginar el fin. Pensamiento apocalíptico para un futuro postcapitalista’ (Paidós, 2026), libro trufado de referencias culturales donde refuta la idea del colapso inevitable y defiende las narrativas apocalípticas como herramienta de cambio.
En su libro hace mención al conocido meme del perro rodeado de llamas diciendo «This is fine», y señala que hoy sería más una profecía autocumplida que un meme depresivo. ¿Por qué?
Cuando empezó a circular este meme, que venía del cómic de KC Greene -lo publicó por primera vez en 2013 como parte de su tira Gunshow-, se utilizaba como metáfora de ese momento de crisis económica en el cual los miedos eran el aumento de la pobreza, la precarización, la falta de trabajo, la dificultad de acceso a la vivienda... Problemas que podían codificarse dentro del lenguaje político clásico; la lucha por la reducción horaria, por mejores sueldos, mejores servicios públicos, la regulación del mercado de la vivienda. Todo tenía un espacio de regulación en los marcos de las democracias occidentales.
Lo que creo que ha pasado en los años transcurridos desde que se popularizó el meme es la aparición de problemáticas que rebasan los límites de los estados democráticos en el sentido clásico. La emergencia climática, que si bien viene de mucho más atrás ahora la vivimos mucho más presente; la amenaza de los desarrollos tecnológicos ligados a la inteligencia artificial; la escasez de energía y la lucha por los recursos..., son ejemplos de amenazas existenciales que ponen encima de la mesa la posibilidad de la continuidad de la vida sobre el planeta y en particular de la especie humana.
¿De verdad la idea del colapso se ha asentado o tiene algo de impostura, de teatralización?
Creo que sí se ha ido asentando, por lo menos como una forma de pensar culturalmente que antes no estaba tan presente. Hay una serie de realidades cotidianas que de algún modo sí que nos confrontan con esos miedos al colapso. El problema es que a nivel de discurso público se ha construido lo que llamo fantasías colapsistas, que asientan en la ciudadanía una forma de relacionarse con ese posible colapso.
Esa forma de relacionarse tiene que ver con cuatro principios. Uno es el compromiso con una antropología pesimista, pensar que el ser humano es egoísta por naturaleza y a la que haya un mínimo conflicto, una mínima escasez, va a empezar una guerra de todos contra todos por la lucha de los recursos. Lo hemos visto mil veces en películas de zombis, de desastres... Luego habría una lógica de interpretar los sistemas de distribución desde una perspectiva muy mecanicista, que nos hace pensar que se va a producir un efecto dominó en el que la erupción de un volcán en la otra punta del mundo, o como estamos viendo en el estrecho de Ormuz, el bloqueo de un pequeño paso, va a producir un desastre en todo el mundo. Luego estaría una ética del buen morir, que tiene que ver con la idea de que ya que no puedo hacer nada, pues me abandono, disfruto lo poco que me queda. Para qué voy a reciclar o voy a intentar cambiar mi coche de combustibles fósiles a uno eléctrico si, total, ya estamos condenados. Y en último término, una política preparacionista, que es esta idea de prepararte para sobrevivir.
No solo es eso que vemos en TikTok, los vídeos de jóvenes radicalizados que entran en el bosque y aprenden a hacer fuego, que también existe, vivimos en un momento en el que la política también se ha vuelto preparacionista. Lo vemos cuando la UE recomienda tener kits de supervivencia, o lo vemos en las nuevas lógicas geopolíticas de luchas por los recursos, por el petróleo, el cierre de fronteras, el protegernos y asegurar los recursos.
«Es importante visibilizar que el marco de fondo es esta lucha por la supervivencia, porque es ahí donde nacen las fantasías o conspiranoias en torno a la ‘gran sustitución’ o los discursos etnonacionales»
Esas políticas de búnker ahorman una visión del mundo...
Para mí es importante visibilizar que el marco de fondo es esta lucha por la supervivencia, porque es ahí donde nacen las fantasías o conspiranoias en torno a la “gran sustitución”, los discursos etnonacionales... Arrancan de esta necesidad de defender la supervivencia de la especie o de la raza blanca o incluso de una nacionalidad muy concreta, en un contexto donde te “tienes que preparar”. Y esta preparación tiene que ver con el cierre de fronteras, con la expulsión de migrantes, incluso con los discursos antifeministas, porque la relación de la ultraderecha con el antifeminismo también se juega en este marco de lucha por la supervivencia; cuando aparecen fenómenos como las tradwife o se lucha en contra de las políticas del aborto se hace también como una política de control de la reproducción de la especie. Es lo que se está proyectando.
Menciona autores que están teorizando respecto a todo esto; ¿estas reflexiones deberían llegar también a un ámbito más formal, académico?
Creo que en el ámbito universitario sí se está discutiendo, porque muchos autores y autoras que cito están trabajando a medio camino, dentro y fuera de la universidad. Para mí es importante que casi más que en los ámbitos propiamente académicos esto se aborde en la cultura popular.
Un elemento del que parte el libro es del cuestionamiento de esa frase que se ha repetido mil veces de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, que es la frase que Mark Fisher hizo famosa y en la que de alguna forma se nos venía a decir que tenemos una incapacidad cultural de imaginar una alternativa al mundo actual. Y yo intento darle la vuelta diciendo que lo que tenemos que hacer es pensar el fin del capitalismo a través de los imaginarios del fin del mundo. Y es aquí donde creo que la cultura popular jugará un papel importante, porque las amenazas son objetivas, científicamente demostradas, pero la forma como lo metabolizamos culturalmente es donde creo que está la batalla real por tener futuros distintos y por tener alternativas.
«Las amenazas son objetivas, pero la forma como lo metabolizamos culturalmente es donde creo que está la batalla real por tener futuros distintos y alternativas»
En un escenario en el que el control de los medios de producción y reproducción está cada vez más concentrado en una parte muy pequeña de la población es muy complicado librar esas batallas.
Es muy difícil, pero creo que en muchos casos hay instrumentos. Incluso sin controlar los medios de producción, solo con normativas estatales, se puede regular por ejemplo la presencia que empresas como Palantir tienen en nuestro país, y no externalizar ciertas cosas. O Amazon, que también es una empresa de plataforma, y al final el desgaste que hace de nuestras ciudades no tiene que ver solo con si compramos online sino con grandes centros de distribución, con camiones pasando por nuestras carreteras, con una ocupación de los espacios urbanos. Sobre todo esto tenemos herramientas, desde los planes de uso a nivel municipal hasta los planes urbanísticos que pueden limitar ciertos usos.
Es decir, hay muchas formas de regulación que tienen que ver con la normativa urbanística, de transparencia, con normativas en torno a lo digital, que pueden ser campos de batalla en presente. Evidentemente, siempre existe la aspiración de ir mucho más allá, pero uno de los objetivos que también tenía en este libro al plantear cómo me enfrentaba a temas como son estos riesgos existenciales era no dejarlo en una simple declaración de intenciones, de que lo que necesitamos es la revolución, como hacen autores que han intentado dar respuesta a ese desafío de Fisher de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo.
Por eso me gusta mucho ir a Rebecca Solnit y a otras autoras que hablan de unos éxitos sin victorias. Es decir, en el momento en el que nos encontramos quizá debamos fijarnos en los pequeños éxitos; en los supermercados públicos de Mamdani (alcalde de Nueva York), en la transformación urbana de Barcelona, en esos pequeños cambios que pueden marcar un camino. Pequeños éxitos que nos están enseñando, igual que cuando entras en una biblioteca, que el poscapitalismo ya está funcionando en muchos espacios de nuestras sociedades. Creo que es aquí donde debemos agarrarnos. Todas esas batallas están ahí desde hace mucho, pero hay otras que pueden plantearse para empezar a crear estos otros imaginarios.
Esos pequeños éxitos pueden alimentar cierta esperanza de que no hay que dejarse llevar, que es posible revertir esto.
Sí, y de hecho yo en el libro quizá lo busco por la vía más indirecta posible, que es la de la imaginación apocalíptica. Frente al colapsismo, a mí me parece como que hay una esperanza, que es la esperanza apocalíptica. Frente a una amenaza del fin de un mundo se trataría de pensar que las cosas no se terminan, sino que podemos transformarlas colectivamente. Que sería una transformación violenta, porque implica unos cambios que desestabilizan. La esperanza no es mero optimismo, no es pensar que las cosas saldrán bien, la esperanza es un elemento activo de movilización de las agencias políticas. Y creo que es aquí donde debemos agarrarnos y, cuando hablamos de amenazas existenciales, dejar de verlo como algo que nos desmoviliza para verlo como algo que nos debe movilizar todavía más.